Su voz a mis espaldas

LETRAS Y MÁS LETRASGRETEL QUINTERO ANGULO

Gretel Quintero Angulo

7/27/20252 min read

Las casas viejas siempre tienen un montón de sonidos extraños: crujidos, tintineos, el silbido de una brisa que se cuela, agua que parece fluir por donde no debería, bisagras que rechinan cada vez que se abre o se cierra una puerta. Esto no es algo que uno espere en un apartamento moderno, donde todo reluce y está bien amortiguado.

Los primeros días fueron muy confusos. O quizás no. Quizás ya estaba claro y era yo quien intentaba ignorarlo. A fin de cuentas, cuando se vive con alguien nuevo hay que acostumbrarse a su olor, a su voz, a sus movimientos; a su presencia, real o anunciada. Si una ventana se cierra de repente, si la cafetera echa a andar y uno la escucha, si se descarga el baño o nos llega el fragmento incomprensible de una frase, es solo la otra persona existiendo, y eso no tiene por qué asustar a nadie.

Desde el primer momento, algunos de los ruidos de la vida de mi nueva compañera de piso me resultaron sospechosamente familiares. Al mismo tiempo, su presencia a través de ellos se me hacía tan normal como si ya hubiéramos convivido antes. Pero ella lleva ya una semana afuera y estos sonidos no han abandonado la casa.

Al principio me pareció bonito. Pensé que así, aunque ella no estuviera, el saber que vivía y que en algún momento iba a regresar me ayudaría a no sentirme tan sola como en mi casa anterior: evadir un poco mi aislamiento fue uno de los motivos que me animaron a mudarme. Sin embargo, estos últimos días he comenzado a dudar que esos ruidillos —sobre todo aquel que parece querer comunicarse— nos pertenezcan.

Si no es la mía ni la de ella, ¿de quién es esa voz que se siente como un susurro en la distancia? ¿De algún vecino, quizás? Si este fuera el caso, debo ser sincera: quien produce la voz debe de haber sido mi vecino también en la otra casa. Nunca he entendido lo que dice; no logro reconocer la lengua en la que habla. Por un tiempo pensé que podría tratarse de un programa de televisión o de radio, pero me he dedicado con religiosidad a explorar todas las emisoras posibles, sin lograr identificarla.

Tampoco sé con exactitud de dónde viene desde una perspectiva espacial. Me he movido en todas direcciones dentro del apartamento, intentando acercarme o alejarme de la fuente, mas su volumen no cambia. He subido y bajado las escaleras del edificio, he salido, le he dado la vuelta a la manzana e incluso me he alejado algunas cuadras, y hasta ahora, nada. Nada me explica o me libra de esta vocecita incómoda que, cada vez con mayor frecuencia, llevo a mis espaldas y que en mi vivienda anterior podía justificar tan bien, achacándola a una antigüedad de siglos que dotaba a la otra casa, de manera lógica y hasta natural, de extrañas, pero aceptables, resonancias.