Migrar entre mundos imaginados

ISLA PERDIDAGRETEL QUINTERO ANGULO

Gretel Quintero Angulo

9/24/20269 min read

Cuando me mudé a Alemania, intentando evitar la vergüenza que siento por la situación actual de mi país, prefería pensarme llegando a Europa desde La Habana del ballet y los festivales de cine, por cuyas calles hoy andrajosas caminaron, en sus tiempos de gloria, mis queridos Virgilio Piñera y José Lezama Lima. Por otra parte, igualmente mirando al pasado, iba yo hacia la Alemania de Bach y Mozart; profesionalmente, a la de los padres de la mecánica cuántica; y como mucho, a la del fútbol, la salchicha y la cerveza; pero nunca, nunca pensé en que llegaría a la del techno, los Steuer y el hiking. Así que sí, adaptarse ha sido difícil, pero además de las dificultades que compartimos con cualquier migrante, los cubanos quizás enfrentamos algunas otras que, creo, tienen sus raíces en nuestro contexto. Esa al menos ha sido mi experiencia; si es también la de otros coterráneos, tendrán que leer y decírmelo.

El mundo propio como promesa

Desde 1959, Cuba ha sido una promesa de la cual nuestra realidad cada vez está más y más lejos. Cuando el alejamiento comenzó, hará casi unos setenta años, a través de las carencias económicas y la violencia, llegó la fe, esa que nuestro (des)gobierno ha pedido tantas veces y cada vez con mayor frecuencia, aunque no sepamos exactamente en qué, ya que el comunismo cubano fue, al menos hasta hace unos años, profundamente antirreligioso.

Muchos cubanos, creamos o no en algún dios, hemos crecido y vivido en la fe, en la ilusión, en lo que debería ser, pero no es. De alguna manera, todos solemos tener en nuestra mente una imagen ideal del mundo, más o menos colectiva, y nos frustramos y resentimos con la vida cuando la realidad de las cosas entra en contradicción con ese ideal al que nos aferramos. No lo sé, quizás esa locura colectiva en la que hemos vivido las más recientes generaciones nos ha inculcado la idea de que, de alguna manera, la sociedad, el gobierno o hasta los planetas deberían alinearse siempre a favor de lo que cada uno considera mejor o más lógico. O quizás no, quizás ha sido solo la falta de caminos y soluciones reales lo que nos ha llevado a esta sutil forma de evasión. 

Por otra parte, esa misma contradicción, esa imposibilidad de hacer coincidir la realidad con nuestras expectativas, ha hecho a muchos vivir en el “cuando”: cuando la pirámide laboral se invierta, cuando la situación mejore, cuando volvamos a la Cuba de antes del '59, cuando aquello se termine, cuando esto cambie… En el fondo, por mucho tiempo ya, en Cuba ha sido todo tan urgente como transitorio, nos acostumbramos a considerar la dureza de la realidad de la Isla como una especie de sufrimiento temporal, preámbulo de algo mejor que eventualmente va a llegar, porque, a fin de cuentas, no cabe duda de que en estos casi setenta años los cubanos hemos sufrido. Y así nos va, entre la aceptación y el enfado, esperando a que todo se arregle sin que tengamos que hacer nada, o a que alguien lo arregle por nosotros, que es peor.

Por eso, cuando se emigra desde Cuba, el viaje no es solo espacial, económico, lingüístico o tecnológico, sino temporal. Uno viene de un pasado floreciente y, a veces también heroico (eso depende de la historia que se quiera contar cada uno), y de un futuro glorioso que ya no fue; y cae sin aviso previo en un presente simple y llano. El presente del mundo, pero también el de uno mismo. Y terminas enfrentándote entonces a un sentimiento hasta ese momento desconocido: el del poder individual para modificar y experimentarse en la propia realidad, el de estar en un mundo en el cual el desarrollo tanto propio como colectivo es posible en muchos sentidos, pero para que ocurra debemos tomar acción, ya que ninguna potencia política o sobrenatural nos debe nada; un mundo donde podríamos disfrutar de una libertad más allá de toda la que en la Isla nos imaginamos, siempre y cuando seamos capaces de acallar, lo más pronto posible, a ese ser iluso que traemos dentro. 

Abandonar la fe es difícil porque siempre nos brinda algo mejor de lo que ya tenemos. Y si además comienza a combinarse con la nostalgia de nosotros viviendo nuestra propia fantasía y de ese pasado floreciente de Cuba al que muchos cubanos miran hoy en busca de una nueva promesa, terminamos con la añoranza equívoca de querer vivir en un país con las comodidades económicas del primer mundo y la riqueza cultural de hace un siglo; un lugar que no existe, no ha existido nunca y no va a existir en el futuro cercano. Yo creo que despedirnos de este lugar es para muchos de nosotros el verdadero desarraigo.

El mundo exterior como mito

Durante décadas hasta el 2013, en Cuba existió lo que se conocía como el permiso de salida: cada cubano que quisiera viajar al extranjero necesitaba, además de la visa del país de destino, una autorización del gobierno cuyo otorgamiento dependía de las circunstancias profesionales y personales de cada uno. Por ello, organizar un viaje desde Cuba no solo era un problema financiero, sino legal e incluso hasta político. Esto, de conjunto con el aislamiento informativo que a pesar del mayor acceso a internet aún persiste, convierte a todo lo extranjero en una especie de mito construido a partir de fragmentos, de pequeñas ventanas abiertas por el cine, la literatura o las narraciones de personas que han ido o viven “allá” y que cuentan, desde la fascinación, el extrañamiento, la incomprensión y, a veces también, la exageración y la mentira, su experiencia en otros países. Atisbar el extranjero desde la Isla se vuelve entonces algo así como pretender conocer en serio una ciudad tan solo a través de sus postales.

Pero incluso habiendo visitado otros países por tiempos relativamente cortos, como yo había hecho muchas veces antes de emigrar con motivo de la participación en conferencias científicas, uno no logra tener una dimensión completa de lo que es el mundo a día de hoy, porque la cosa está no solo en tener la información, sino en comprender el contexto. El atraso tecnológico y social que se expresa ahora quizás en su mayor intensidad en Cuba, pero que se ha ido afianzando poco a poco a través de muchos años, provoca que muchos cubanos apreciemos las oportunidades de mejorar nuestra calidad de vida en la medida en que estas consisten en cosas que directamente se nos negaban en la Isla: una buena alimentación, una buena atención médica o el “derecho” a alojarte en un hotel –que sí, eso tampoco en un momento dado los cubanos lo tuvimos–, pero nos impide ver lo amplia que puede llegar a ser la vida en la actualidad. Y muchas veces no salimos de ese mundo pequeñito que traemos de la Isla, porque simplemente no sabemos cómo; como inmigrantes, los cubanos partimos de un desconocimiento tan profundo de los mecanismos más evidentes o “naturales” de la vida moderna que en ocasiones ni siquiera tenemos idea de las preguntas que debemos hacernos para empezar. En muchos sentidos uno se siente desvalido, abandonado, indefenso, sobrepasado por ese nuevo mundo, y también un poco avergonzado, no solo de nuestro desconocimiento, sino de haber tenido la audacia de creer que no lo teníamos.

Para mí, por ejemplo, antes de vivir en Alemania, “invertir” era algo que hacían solo los brokers de Wall Street, especulando con millones de dólares, estafando a terceros y corriendo tantos riesgos que eventualmente acababan saltando desde uno de los pisos terminales de un rascacielos. Yo simplemente no concebía que una persona normal, con un sueldo corriente, pudiera tener inversiones para ayudar a mejorar sus finanzas, o como una provisión a futuro, sin andar haciendo transacciones bancarias millonarias ni arriesgar su vida.

Otra cosa que contribuye a esa deslocalización temporal e ideológica del extranjero en la mente de los cubanos es la existencia de límites generacionales poco claros entre los cubanos nacidos entre las décadas de 1970 y 1990, pues todos crecimos aproximadamente compartiendo las mismas experiencias, excepto quizás la música. Vimos las mismas caricaturas (Voltus V, 1977; Elpidio Valdés, 1979; El lobo y la liebre, 1969; Tom y Jerry, 1940; etc.), estudiamos por los mismos libros de texto, tuvimos las mismas experiencias escolares (las escuelas al campo, las asambleas de emulación, los trabajos voluntarios, las fiestas de los CDR, los campismos…); fuimos educados en un mismo discurso a futuro –ese en el que el mundo mejor que estábamos construyendo en breve acabaría con el feroz y malvado capitalismo–, y vivimos durante todo este proceso bajo la misma tensión que provoca el estar viéndole las grietas al sistema sin poder hablar de ello en voz alta.

Especialmente los millennials de la Isla llegamos con retraso a la globalización y nos perdimos varias de las experiencias culturales y tecnológicas que marcaron a nuestra generación en otras regiones geográficas: la llegada de internet a los hogares, el auge de YouTube y las redes sociales, el streaming, y el acceso prácticamente instantáneo a la cultura global. Sin contar que cosas tan sencillas como pedir algo por Amazon, o hacer y pagar una reserva de avión online desde la Isla sigue siendo imposible. Estas cosas por supuesto que uno logra aprenderlas y disfrutarlas, pero esta especie de llegada con retraso hace que muchas veces no solo nuestras perspectivas sean distintas a las de personas de otros países, sino que también dificulta el entendimiento y la comunicación con ellos. O bien andas cada dos palabras del otro pidiendo explicaciones para entender cómo funcionan las cosas aquí, o te quedas sin saber, o eres tú quien, con la frase más inesperada, te pones en la obligación de explicar alguna de las particularidades de Cuba, y Dios nos coja confesados si la particularidad de turno es de esas que deja a media humanidad horrorizada, a la otra mitad con la boca abierta y a ti queriendo que la tierra te trague cuando caes en la cuenta de las miserias humanas que transmite lo que estás diciendo.

El colapso de ambos mundos: la llegada al presente

La caída del mito y la promesa no se producen de una vez y de manera automática cuando una llega al extranjero, sino de a poco, a través de una cadena densa de pequeñas realizaciones, en la que de vez en cuando algunas grandes realizaciones se cuelan de golpe. Uno de mis primeros golpes directos al mito sucedió durante una conversación con mis colegas del trabajo, en la que discutimos el hecho de que hace ya tiempo que los jóvenes alemanes no se interesan en el estudio de las ciencias naturales. Para mí eso era muy raro, y así lo dije, dada la fuerte tradición científica alemana, en especial en la física moderna, ya que prácticamente fueron alemanes todos los padres de la mecánica cuántica; quiero decir que ellos tienen a Schrödinger, a Heisenberg, a Einstein… A lo que mi interlocutor respondió: “¡Ay, pero eso pasó hace cien años!”. Cien años y –yo agrego– con cierta guerra mundial, el levantamiento y la caída de ciertos muros, una reunificación y unas cuantas cositas más de por medio. Y la verdad es que sí, que esa Alemania fue la de los tatarabuelos de los jóvenes de hoy, y por más que a mí, por motivos personales y profesionales, pueda gustarme esa etapa de la historia de la física, la pregunta que debo hacerme es en realidad cuán cercana soy yo a la Cuba de mis tatarabuelos, y la verdad es que así rápido ni siquiera puedo situar bien la época.

Pero la destrucción final de la promesa llegó de una forma mucho más cruel, cuando tuve la desafortunada idea de comentar, frente a alemanes, que la ciudad en donde vivo se parece a La Habana. Lo que para mí era, por absurdo que pueda parecer, un elogio a su arquitectura, para ellos fue casi una ofensa: la expresión cordial no tardó en borrarse de sus caras y pasaron un par de segundos extraños hasta que uno de ellos me dijo con el tono más solemne posible: “Perdóname, pero no sé cómo puede ser que se parezcan, nosotros tenemos corriente y transporte público”. Esa respuesta fue como un cubo de agua fría para mí, estuve de mal humor el resto de la semana y en su momento odié profundamente a esa persona, porque en mi cabeza yo pensaba que realmente comparar a cualquier ciudad con La Habana es hacerle a esa ciudad un favor, pero como se puede deducir de lo antes dicho, yo no estaba pensando en La Habana actual, sino en la que fue o en la que eventualmente podría llegar a ser.

Sin embargo, peor que aceptar la irrealidad de la ciudad de nuestros sueños, fue comprender que ese país destruido, símbolo de las carencias más inconcebibles, es lo que nos representa ante el mundo a los cubanos de hoy. Ni la belleza de las playas, ni el tabaco, o el ron, o los autos antiguos; ni nuestra música, ni la imagen idílica de la mulata cuya sexualización tanto solía molestarme. Cuba ya no es más que la isla de la miseria y los apagones, donde los medios de izquierda internacionales van a grabar a las personas recogiendo agua de los charcos de la calle para usarlos como parte de su discurso contra Donald Trump. Esta realización me ha costado, y me imagino que también a muchos otros, una parte de mí, además de toda la frustración, el rencor y la vergüenza por la destrucción casi total de un país a la que todos sus nacionales hemos contribuido, aunque sea al no haberla podido evitar.

Por suerte, aún queda mundo por revelarse a nosotros; el desconocimiento también puede ser el camino a la sorpresa y la maravilla, y hasta cierto punto nos trae la esperanza de hallar un sitio donde podamos expandirnos y sentirnos seguros y cómodos en él. Creo que, dentro de todo lo posible, eso es lo más importante que emigrar puede ofrecerle a un cubano ahora mismo: la posibilidad de un lugar propio para reconstruirse a sí mismo, donde en de verdad existir y ser.

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