Son las tres y veintidós de la madrugada y el radiador emite su chasquido, ese tac metálico que se repite cada cuarenta y siete segundos. Lo he contado. Una física cuenta las cosas. Es lo que hacemos cuando el mundo se nos desordena por dentro.
Afuera nieva. Lo sé sin mirar porque el silencio tiene otra densidad cuando nieva, algo que ningún instrumento ha sabido cuantificar todavía. En La Habana el silencio no existe, ni siquiera a las tres de la madrugada. Allí siempre hay un perro, un dominó lejano, una canción de radio que se cuela por la ventana entreabierta. Aquí el silencio llega entero, compacto, como un bloque de hormigón blanco que alguien depositase sobre la ciudad mientras duerme.
Pero yo no duermo. Llevo catorce meses sin dormir de verdad.
Me levanto y enciendo la luz de la cocina. El apartamento cabe en el salón de mi madre. La beca cubre el alquiler, el seguro, setecientos euros al mes. En mi solicitud escribí que investigaría la distribución de materia oscura en galaxias enanas del Grupo Local. Lo que no escribí es que también investigaría la distribución de la soledad en una mujer de treinta y ocho años que ha cruzado un océano para perseguir unas partículas que nadie ha visto nunca.
Pongo agua a hervir. En el armario hay una caja de Kräutertee, esa infusión alemana que sabe a campo mojado y a nada más. En la maleta traje un paquete de hierbabuena seca que me dio mi madre la mañana del aeropuerto. Se acabó en octubre. Es febrero y me queda media caja de Kräutertee.
Mi madre. Seis horas de diferencia. Allí serán poco más de las nueve de la noche; estará todavía despierta. No la voy a llamar. No quiero que note la grieta en mi voz. Además, la conexión siempre es mala. La última vez hablamos nueve minutos antes de que se cortara. Nueve minutos para decirle que estoy bien, que el trabajo avanza, que el invierno no es tan duro. Nueve minutos de mentiras piadosas repartidos en frases cortas para que la señal no se coma las palabras importantes.
Me siento junto a la ventana con la taza entre las manos. El vapor dibuja un velo delante de la calle vacía. A esta hora, la Kaiserstraße es un río congelado, las farolas punteándola como estrellas frías. Pienso en la materia oscura. Es lo que hago cuando no duermo.
La materia oscura constituye aproximadamente el 27% del universo. No emite luz, no absorbe luz, no interactúa con la luz de ninguna manera. Sabemos que existe porque sin ella las galaxias se desintegrarían: las estrellas giran demasiado rápido, la gravedad no basta para mantenerlas unidas. Tiene que haber algo enorme e invisible sosteniéndolas desde dentro.
El pasaporte, el billete de avión, la beca, el despacho con vistas al río: eso es lo que se ve. Lo otro —el peso de lo que dejaste atrás deformando tu trayectoria como la masa curva el espacio-tiempo— tira de ti, altera cada una de tus decisiones, y no aparece en ningún formulario.
Mi hermana Dania me mandó una foto ayer. Mi madre en la mecedora del portal, más delgada. Detrás, la pared con la humedad de siempre, la del rincón junto a la puerta, esa mancha con forma de isla que lleva ahí desde que yo era niña. Nunca la arreglaron. No había con qué. Amplié la foto hasta que los píxeles reventaron. En astrofísica existe el límite de difracción: la incapacidad de un instrumento para distinguir detalles por debajo de cierta escala. Mi teléfono tiene su propio límite y me impide saber si mi madre sonreía o fingía.
La noche antes de irme, cocinó arroz con pollo. El de siempre, con aceitunas y pimientos asados, cerveza en la salsa, y ese sofrito largo que solo ella sabe hacer. Comimos en la mesa de la cocina, con el ventilador girando sobre nuestras cabezas. Me habló de la vecina que se operó de la vesícula, del precio de los tomates, de que había que cambiar la goma de la olla de presión. Cosas pequeñas, domésticas, dichas como quien no quiere la cosa. Solo al final, cuando ya estábamos fregando los platos, dijo: «Adela, allá va a hacer mucho frío. Llévate la manta aquella, la de cuadritos».
No dijo más. No hacía falta.
La manta está en mi cama ahora mismo, doblada a los pies. Demasiado fina para un invierno de menos siete grados, pero la tengo.
Pienso en Marcos. No debería, pero a las tres de la madrugada la disciplina fracasa. Marcos se quedó en La Habana. Acordamos que vendría después, que buscaríamos la forma. La forma nunca apareció; en Cuba las formas suelen derrumbarse antes de tomar consistencia, como los edificios de Centro Habana. Un día dejó de escribir. No hubo despedida, solo una deceleración progresiva, un satélite perdiendo órbita. Lo sentí antes de entenderlo, de la misma manera que se detecta la materia oscura: por el efecto gravitatorio de su ausencia.
Ahora miro curvas de rotación galáctica en la pantalla y busco anomalías. Galaxias que no se comportan como deberían. Escribo artículos, planteo modelos, ejecuto simulaciones. Ninguno me explica qué sostiene a una mujer que lleva catorce meses despierta en un país donde no conoce el nombre de los árboles. No conozco el nombre de los árboles.
En La Habana sé distinguir una ceiba de un jagüey a doscientos metros. Aquí me rodean troncos desnudos cuyos nombres no puedo pronunciar. Linden, Eichen, Buchen. Los aprendo y se me olvidan. El alemán es una lengua precisa, eficiente, con sus verbos al final de la frase como un remate seco. El español es otro animal, sinuoso, que se enrosca y se permite rodeos. Cuando doy una charla en inglés, me concentro. Cuando hablo en español por teléfono con mi madre, respiro. No sé en cuál de las dos lenguas estoy viva de verdad.
El Kräutertee se ha enfriado. Lo caliento en el microondas. Mi madre decía que recalentar una infusión era una falta de respeto al agua. Aquí el agua sale caliente del grifo, siempre, sin cortes. Puedes ducharte veinte minutos. Puedes llenar una bañera hasta el borde. Es un lujo que no me acostumbro a no agradecer.
A las cuatro y treinta y siete suena el primer tranvía. No lo veo, pero reconozco el siseo eléctrico, ese deslizarse limpio sobre los raíles. Pienso en Dania, que toma la guagua de Monte todas las mañanas, tres cuartos de hora de pie, aplastada entre cuerpos sudados, para llegar al hospital donde trabaja de enfermera por un salario que no alcanza ni para el desayuno. Yo, sentada en un apartamento con calefacción central, investigo la estructura invisible del universo. Ella cura heridas visibles con gasas recicladas.
Abro el portátil. La pantalla ilumina la pared con un resplandor azul. Tengo que revisar simulaciones, preparar la charla del jueves, contestar correos. Pero mis manos no van al teclado. Van al cajón donde guardo un cuaderno de tapas blandas que compré en una papelería de la Obernstraße. En la primera página hay una integral de distribución de masa. En la segunda, una lista de la compra en español. En la tercera, tres líneas que escribí una noche como esta: «Mi madre se está haciendo pequeña. En cada foto la encuentro más reducida, como una estrella que colapsa sobre sí misma, cada vez más densa, cada vez más lejos de mi alcance».
Escribo. No ecuaciones. No resúmenes de artículos. Escribo lo que no puedo decir en nueve minutos de llamada, lo que no cabe en un correo, lo que no se traduce. Sobre la manta de cuadritos y el arroz con pollo. Sobre los árboles sin nombre y el siseo del tranvía. Sobre la materia oscura, que sostiene las galaxias pero que nadie ha tocado. Porque no estoy entera.
En el instituto soy la Frau Doktor Herrera, rigurosa, eficiente, con publicaciones en las revistas donde hay que publicar. En el supermercado soy la extranjera que tarda en entender la pregunta de la cajera. En las noches soy esto: una mujer con una manta fina y un cuaderno.
Amanece. Es lento el amanecer en febrero, como si al sol le costara trabajo justificar su presencia. La luz entra gris por la ventana y la nieve de la calle se vuelve azulada, casi lunar. Cierro el cuaderno. No he dormido. Hoy daré mi charla, corregiré las simulaciones, comeré algo tibio en la cantina, sonreiré a los colegas.
Y esta noche, cuando el radiador vuelva a su chasquido y la Kaiserstraße se congele bajo las farolas, volveré a abrirlo.
Lo que nos sostiene no siempre se ve.
1er Lugar Concurso Literario "Voces del Insomnio" 2026.
Manuel Alejandro del Rosario Urbín (Las Palmas de Gran Canaria, España. 1978). Escritor, traductor técnico y profesor de inglés en secundaria, licenciado en Traducción por la ULPGC. Cultiva poesía, narrativa breve y dramaturgia. Premiado con el Lorenzo Gomis (poesía), Carro de Baco (teatro) y Leopoldo de Luis (narrativa). Su obra explora tecnología, memoria, identidad y los mecanismos del autoengaño emocional.
