Magia, ciencia y religión: tres formas de mirar al mundo
MUNDOS PARALELOSGRETEL QUINTERO ANGULODESTACADOS
La curiosidad es inherente a la condición humana. Desde las causas reales del divoricio de esos amigos que solíamos creer la pareja perfecta, hasta los motivos del retraso de un tren o el origen del universo, siempre hay alguien que quiere saber cómo y también porqué. Entender no solo entretiene, sino que calma la ansiedad y el miedo al hacer que la realidad parezca algo más predecible y controlable. Así que tanto si es por puras ganas de chisme como por altruismo científico, los seres humanos no podemos evitar preguntarnos espontáneamente el cómo y el por qué de todo aquello que nos llama la atención.
Las respuestas que nos damos, así como sus matices, dependen muchas veces de la época y de las creencias de quienes las construyen o encuentran. En ellas pueden coexistir distintos puntos de vista —el científico, el mágico y el religioso— que, aunque suelen presentarse como incompatibles, llevan nutriéndose unos a otros a lo largo de la historia. Hoy, en el día de Halloween, una celebración que resume siglos de evolución de leyendas y culturas, intentaré yo resumir en unos pocos párrafos la relación entre estas tres formas de pensamiento, en un artículo que más que un estudio exhaustivo pretende abrir al lector una puerta hacia la fascinante historia de los esfuerzos de la humanidad para dar respuesta a los grandes –y pequeños– misterios de nuestra existencia.
Una misma realidad, tres interpretaciones diferentes
Magia, religión y ciencia se diferencian entre sí no sólo en qué partes del mundo explican o influyen, sino en cómo lo hacen y en qué considera cada una válido como verdad. Desde la magia se cree que se puede influir en la realidad mediante rituales, símbolos o fuerzas ocultas. Funciona mediante analogías, correspondencias o intenciones; por ejemplo, cuando se supone que realizar una determinada acción provoca un resultado sin que exista necesariamente una relación causal demostrada. En muchas de sus formas tradicionales, no establece una separación tajante entre los procesos naturales y las fuerzas sobrenaturales.
La ciencia, en cambio, explica el mundo mediante la observación, la experimentación y la contrastación de hipótesis. Busca identificar regularidades, formular teorías y elaborar explicaciones que permitan comprender y, en determinadas condiciones, predecir los fenómenos. Sus afirmaciones deben poder someterse a pruebas y revisión crítica, aunque no todas las cuestiones científicas puedan resolverse mediante un experimento directo.
La religión, por su parte, se apoya, según la tradición, en la fe, la revelación, la autoridad sagrada o la experiencia espiritual. Aborda cuestiones relacionadas con el sentido de la existencia, los valores, el propósito y la relación del ser humano con lo sagrado. No depende necesariamente de la verificación experimental, aunque algunas religiones también formulan afirmaciones sobre el mundo físico que pueden entrar en conflicto con los conocimientos científicos.
A pesar de las diferencias obvias entre ellas, estas tres formas de pensamiento buscan, además de comprender y dotar a la realidad de sentido, alcanzar cierto grado de control sobre el mundo. Sin embargo, si bien tanto la ciencia como la magia parten de la idea de que existen relaciones entre causas y efectos (estén estas verificadas experimentalmente o no), la religión suele situar parte de las causas en manos de una voluntad superior cuyo favor se puede ganar o perder mediante determinados rituales o comportamientos, pero cuyas decisiones (efectos) escapan, en última instancia, al control y deseo humano.
Nótese que tanto magia como ciencia son cosas que se “aprenden”. Por eso existen libros de magia al igual que existen libros de cocina. Por eso en la saga de Harry Potter, y en muchas otras obras de ficción que incluyen magia, los pequeños magos asisten a una escuela especializada para aprender sus embrujos, de la misma manera que los futuros investigadores asisten a universidades para estudiar sus ciencias. En ambos casos se asume la existencia de reglas que, sin importar cómo han sido establecidas, si se usan bien, funcionan siempre, con independencia de quién las ponga en práctica. Y si están pensando que en la mencionada saga los magos necesitan de una predisposición o capacidad innata para poder hacer magia, les recuerdo que uno de los mitos más extendidos sobre los científicos es que estos cuentan con ciertas características intelectuales por encima de la media, y que son estas las que les permiten comprender y crear la ciencia.
Para terminar de entender que la relación entre magia y ciencia es más cercana de lo que usualmente se piensa, basta recordar que muchos de los procesos naturales que en el pasado intentaron alcanzarse o controlarse a través de la magia, son a día de hoy exitosos campos de estudio de la ciencia. Aunque podría mencionar muchos ejemplos, mi favorito será siempre la transmutación de los elementos, algo que buscaron con insistencia varias generaciones alquimistas en su afán por hallar la piedra filosofal, es decir, la sustancia a la que se atribuía el poder de convertir metales comunes en oro. Y es mi favorito porque hoy sabemos, gracias a la física nuclear, que la transmutación de los elementos es posible. A día de hoy podríamos perfectamente producir oro a partir de otros elementos mediante reacciones nucleares, aunque a la larga haya resultado mucho más rentable aprovechar la fisión del uranio para generar electricidad.
La relación entre magia y religión también es estrecha y, de hecho, en muchas prácticas religiosas actuales puede apreciarse esta naturaleza mixta. Es el caso, por ejemplo, del Palo Monte cubano, donde, a pesar de existir una divinidad suprema y creadora, Nsambi, cuya voluntad escapa al control de los hombres, existe todo un sistema de prácticas rituales mediante las cuales se pretende influir directamente en determinados aspectos de la realidad. A través de ellas se busca producir efectos concretos, como obtener protección, curar enfermedades o modificar determinadas circunstancias, atribuyéndose su eficacia tanto a la correcta ejecución de los rituales como a las relaciones espirituales que ponen en juego. Algo que, aunque de una forma muy diferente, también puede encontrarse en el catolicismo, donde prácticas como el uso del agua bendita, las medallas, los escapularios o las reliquias han llegado a adquirir, en determinadas expresiones de la religiosidad popular, un significado protector y una eficacia que se aproxima a la lógica del pensamiento mágico. No obstante, debo aclarar que la doctrina católica no les atribuye un poder autónomo, sino que los entiende como signos de la bendición y la gracia divinas.
La relación entre religión y ciencia ha sido quizás la más conflictiva de las tres. Mientras que la magia ha conseguido sobrevivir e incluso infiltrarse de forma más o menos disimulada en las otras dos, desde el Renacimiento la ciencia y la religión suelen representarse como enemigas irreconciliables. Sin embargo, la existencia de un dios creador, o incluso de uno que intervenga en la vida humana, no es necesariamente incompatible con la comprensión de los procesos naturales. El problema está en los detalles: en las doctrinas de cada religión, en las posiciones de cada corriente científica y, sobre todo, en las relaciones de poder que se establecen entre ellas en cada momento histórico.
Quizás ningún episodio ilustra mejor este conflicto que la disputa entre geocentrismo y heliocentrismo en la Europa renacentista. Se suele recordar a Giordano Bruno (1548-1600) como mártir de la ciencia y a Nicolás Copérnico (1473-1543) como el hombre que demostró que la Tierra giraba alrededor del Sol, pero la historia es bastante más compleja. Bruno fue ejecutado por la Inquisición en 1600 por un conjunto de posiciones consideradas heréticas, entre las que se encontraban sus ideas cosmológicas, aunque no fueron las únicas. También se ha señalado que, junto con sus ideas, sus conflictos con personas poderosas y su carácter polémico contribuyeron a su final. Copérnico, por su parte, nunca llegó a aportar pruebas observacionales concluyentes del heliocentrismo y murió defendiendo todavía que los planetas describen órbitas circulares alrededor del Sol. Esta idea sería finalmente superada gracias al trabajo de Johannes Kepler (1571-1630), quien, utilizando las observaciones de Tycho Brahe (1546-1601), estableció que las órbitas planetarias alrededor del Sol son elípticas y formuló unas leyes que servirían de base a Newton para desarrollar la ley de gravitación universal. Tampoco suele contarse que, desde el punto de vista matemático, es posible describir los movimientos celestes tomando como referencia tanto la Tierra como el Sol, pues la elección del sistema de coordenadas no cambia los fenómenos observados. Por eso, el modelo geocéntrico de Claudio Ptolomeo (c. 100-170), desarrollado en su Almagesto hacia el año 150, permitió calcular las posiciones de los astros durante más de catorce siglos con una precisión notable para su época; aunque a la larga el modelo heliocéntrico lo haya sustituido al explicar los movimientos planetarios de una forma mucho más sencilla y coherente.
Sin pretender despojar a Bruno y a Copérnico de la importancia del papel que jugaron en la evolución de la ciencia, la verdad es que muchas veces solemos recordar mejor a quienes protagonizan los grandes conflictos que a quienes, con su trabajo, consiguen resolver los problemas. En el caso de la relación entre religión y ciencia, esta forma de contar la historia no es del todo inocente: está muy influida por las filosofías positivistas del siglo XIX, que tendieron a presentar el desarrollo del conocimiento como una marcha progresiva desde la superstición y la religión hacia la razón científica. Así, el conflicto entre ciencia y religión terminó convirtiéndose en uno de los grandes relatos sobre el progreso humano, aunque la historia real haya sido bastante más compleja.
Del pensamiento a la vida práctica
La separación moderna entre ciencia, religión y magia se afianzó progresivamente en Europa entre los siglos XVI y XIX, con el desarrollo de la ciencia moderna, el surgimiento y la consolidación del método científico, y una separación cada vez más marcada entre las explicaciones naturales y sobrenaturales. Este proceso sería descrito posteriormente por Max Weber (1864-1920), no solo como una racionalización del mundo moderno, sino también como su desencantamiento: un proceso por el cual las explicaciones mágicas y religiosas fueron perdiendo terreno frente a formas racionales y científicas de comprender y organizar la realidad.
Más o menos por esta misma época, James George Frazer, en La rama dorada (1890), propone una evolución conceptual: magia → religión → ciencia, que hoy se considera una interpretación demasiado simplificada y lineal, pero que en su momento fue muy influyente para el desarrollo posterior de la antropología y de los estudios sobre la religión y la magia. (Por cierto, si no han leído este libro, corran a buscarlo; les aseguro que el tamaño de su mundo se va ampliar muchísimo incluso antes de que lo hayan terminado). A día de hoy, la relación entre magia, religión y ciencia no se entiende como una línea de progreso, sino como tres formas distintas de relacionarnos con la realidad que, si bien tienen puntos en común, persisten porque cada una nos aporta algo que las otras no ofrecen, cumpliendo así un rol diferente en el marco de la organización social. Quizás esto último es más evidente en el caso de la religión, pues además de proporcionar al ser humano un sentido trascendente, también puede brindarle un propósito de vida y una forma de organizar la comunidad. Por ello, para la antropología, las religiones son sistemas culturales complejos más que simples conjuntos de creencias. (Un sistema cultural es un conjunto organizado de creencias, valores, símbolos, normas, prácticas y formas de relacionarse que comparten los miembros de una sociedad y que les permite interpretar el mundo y organizar su vida colectiva.)
La ciencia, por su parte, además de aportar explicaciones contrastables de los fenómenos de la naturaleza, es también una institución y una práctica cultural que, lejos de desarrollarse al margen de la sociedad, está ligada a la historia, el poder y la economía. De ahí que influya también en la cosmovisión y organización de las sociedades, convirtiéndose, a veces, en una especie de autoridad implacable e invisible. Esto último suele ocurrir cuando se aceptan sus afirmaciones sin entender el contexto en el que estas se producen y se olvida que la ciencia real es un proceso crítico en construcción constante, en el que también intervienen la interpretación y el debate, y no solo los resultados.
La magia es quizás la más ignorada en la sociedad actual, ya que, en muchos aspectos, ha quedado relegada a la literatura y el cine como algo puramente imaginado. Sin embargo, el pensamiento mágico persiste a día de hoy y resurge en muchas situaciones límite, ya que este aporta control simbólico en momentos de incertidumbre y ayuda a proporcionar seguridad psicológica y social cuando no existe un poder tecnológico, político o económico que permita ejercer un control real. Ejemplos de esto podemos encontrarlos en la cultura actual de las rutinas milagrosas y la autoayuda en redes sociales; en la idea de que levantarse a las cinco de la mañana, ducharse con agua fría, meditar, escribir afirmaciones positivas y seguir un plan perfectamente estructurado terminará atrayendo el éxito, la prosperidad o la felicidad. Algunas de estas prácticas pueden tener beneficios reales, pero el componente mágico aparece cuando se les atribuye una capacidad casi automática para transformar la realidad, como si cumplir determinados rituales garantizara resultados independientemente de las circunstancias.
Con respecto al pensamiento mágico, resulta también interesante que, como dijera Arthur C. Clarke en su tercera ley, formulada en 1962: «Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Y aunque quizás él se refería a las diferencias tecnológicas entre civilizaciones, incluso extraterrestres, yo voy a aplicar la frase a nuestro presente. Dado el alto grado de especialización de la ciencia actual, es difícil que alguien logre comprender el funcionamiento de toda la tecnología existente hasta el último detalle. Muchos podemos tener una idea, una comprensión básica que desmitifique el aparato, pero para miles de personas con poca o ninguna cultura científica la tecnología se experimenta como algo mágico, algo cuyos mecanismos no alcanzamos a entender. De ahí la sorpresa y el miedo de muchos ante una IA que responde como si «pensara» o como si tuviera sentimientos, ante redes sociales que «saben» nuestros gustos o ante aplicaciones que predicen rutas, compras, música, etc. La tecnología no necesita ser sobrenatural para producir una experiencia de fascinación muy parecida a la que tradicionalmente se asociaba con la magia.
Y es que ni magia ni religión ni ciencia son inmutables. Todas se transforman, incorporando nuevos saberes y adaptándose a nuevas circunstancias. Y todas, al igual que nuestras concepciones de la verdad, están condicionadas por los sistemas de poder, que influyen en la forma en que el conocimiento se produce, se transmite, se acepta y adquiere autoridad.
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Pero magia, ciencia y religión no solo coexisten e interactúan a nivel social o colectivo, sino también en el plano individual. Un investigador puede estar en su laboratorio realizando el experimento más riguroso desde el punto de vista del método científico, profesar una religión que dota a su vida y a su trabajo de un sentido que trasciende a ambos y, al mismo tiempo, usar siempre la misma «camiseta de la suerte» cada vez que tiene que presentar en público sus resultados.
Una misma persona puede pensar científicamente, recurrir a supersticiones y encontrar sentido en la religión sin percibir una contradicción en ello porque el cerebro humano no funciona exclusivamente mediante el razonamiento lógico. Nuestra mente ha evolucionado para detectar patrones, anticipar peligros y encontrar relaciones entre acontecimientos. Esta capacidad resulta extraordinariamente útil, pero también puede llevarnos a percibir conexiones donde solo hay coincidencias y abrir paso al pensamiento mágico, porque conocer racionalmente un fenómeno no elimina nuestras respuestas emocionales. El científico puede saber que no existe evidencia de que su camiseta lo haga presentar mejor sus resultados y, aun así, sentirse más tranquilo si la lleva puesta.
Pero si magia, ciencia y religión aún coexisten no es solo porque, aunque a veces se solapan, satisfacen necesidades diferentes; sino también, porque más allá de sus contradicciones, ellas comparten algo esencial: las tres tienen un espacio reservado al misterio. Cada una, a su manera, reconoce los límites de las capacidades cognitivas del ser humano. Las religiones dejan las decisiones finales a una voluntad incomprensible para las personas y, por tanto, sobre la que no podemos influir. La magia, en muchas de sus expresiones, no busca ninguna explicación más allá de la efectividad de sus hechizos y, para la ciencia, parafraseando a Frazer, la verdad es la hipótesis que mejor se adapta a los hechos, dejando así la puerta abierta para que esta verdad cambie con la llegada de nuevas y más amplias evidencias. De este modo, hay en las tres una comprensión tácita de que, al final, como Sócrates, solo sabemos que no sabemos nada, y por eso sus distintos caminos hacia el conocimiento nos brindan, además de respuestas, una vía para asumir nuestra finitud y reconciliarnos con ella.
