Mucho se discute hoy sobre el uso del hiyab o la burca, sus variaciones en el contexto del islam y la posición de inferioridad en que estas prácticas colocan a las mujeres. Una discusión que, aunque tiene muchísimas aristas, en Occidente parece saldada: exigir a la mujer que cubra casi la totalidad de su cuerpo es una violación de su dignidad como ser humano, una traslación hacia ellas de una responsabilidad que corresponde al hombre —la de respetarnos— y un signo de machismo, barbarie y, a la larga, del peligro potencial que se atrubuye a esta religión para nuestra libertad. Pero ¿es realmente tan diferente el pensamiento occidental con respecto al cuerpo femenino?
Y antes de que nos pongamos a la defensiva, un breve disclaimer: no pretendo negar que, en términos legales y religiosos, las libertades de las mujeres en Occidente suelen ser mayores que las de quienes viven bajo normas musulmanas. Mi objetivo es mostrar que la idea del cuerpo femenino como tentación —sexual, por supuesto— que debe ser enmascarada para proteger al hombre de sí mismo campea libremente en la idiosincrasia occidental, aunque nosotras tengamos el permiso social de llevar minifalda.
Entre la inevitabilidad y la vergüenza
No creo que a nadie le quepa duda de que, a pesar de que hasta cierto punto podemos modificarlo, el cuerpo es algo que nos viene dado. Aun así, desde niños, como parte de nuestra educación, aprendemos y nos adaptamos a un enorme conjunto de ideas, a veces incluso contradictorias, acerca de cómo debería ser la relación de los demás y de nosotros mismos con nuestro cuerpo. Ideas que lo colocan en el foco de la vida tanto privada como social.
No todos los cuerpos son igualmente buenos o válidos. Pagan un precio, que depende de la situación, quienes, por los motivos que sean, no cumplen con el canon físico del momento. Y a las mujeres, desde pequeñas, nos queda claro lo polémico que los nuestros pueden resultar al estar sometidos todo el tiempo a la posibilidad de ser valorados desde un punto de vista sexual, queramos nosotras o no.
En mi caso, las advertencias comenzaron de manera consistente alrededor de los once o doce años, cuando empecé a recibir la recomendación de no salir a la calle en licra —lo que hoy llamamos leggins, pero entonces hechos de ese material—, para que el contorno incipiente de mi cuerpo adulto no atrajera la atención de los hombres. Este consejo provenía siempre de otras mujeres, en las que no pienso hoy como personas mojigatas, machistas o excesivamente conservadoras, sino como seres con los pies bien puestos en la tierra, conscientes del mundo en que vivimos y deseosos de ahorrarme la exposición a groserías y “confusiones” que pudieran resultar en algún tipo de acoso sexual. Sin embargo, esto no quita que me haya llevado años no solo atreverme a usar leggins en público, sino hacerlo sin culpa, incluso cuando ya entendía que si algún hombre me decía un piropo vulgar (porque, por lo menos a mí, ninguna mujer me ha piropeado con groserías en la calle), no era mi responsabilidad que esa persona no tuviera la educación suficiente como para no verbalizar todos los pensamientos que se le cruzan por la cabeza.
No obstante, mi primer golpe de realidad sobre el hecho de que las mujeres somos vistas ante todo como “cuerpo” lo recibí ya siendo profesora en la Universidad de La Habana. Una mañana, al llegar a mi oficina, un superior elogió la maleta ejecutiva que llevaba con la laptop y los papeles de mis clases, diciendo que estaba muy bonita y que con ella le daría envidia a nuestros colegas. Yo respondí que exageraba, que al fin y al cabo era casi una carpeta con asa y nadie se iba a fijar en ella. A lo que él replicó que no, que sí la iban a notar: “porque cuando la llevas colgada del hombro, te queda a la altura de las nalgas, y eso es lo que todo el mundo te mira a ti”. Escuchar algo así en un entorno laboral donde se supone que lo principal son tus capacidades pedagógicas y tu conocimiento es desalentador, pero lo cierto es que ni las profundidades de la física teórica ni las alturas intelectuales de la academia nos salvan a las mujeres de estos momentos en los que algunos hombres intentan reducirnos a un pedazo de carne.
El problema es de hecho aún más grave, porque nuestro cuerpo no es un pedazo de carne “neutral”; al contrario, todo parece indicar que tiene de manera natural la capacidad de despertar en los hombres una atracción que puede llegar a ser para ellos imposible de controlar. Esta última forma de pensar la tenemos tan adentro que ha llegado incluso a formar parte de las reglas de ciertas instituciones. Y no, no estoy hablando de cuando, en el siglo XIX, mostrar un tobillo femenino era un acto tan transgresor que podía causar vergüenza y hasta excitación (y si no me creen, vayan y lean el último tomo de Los miserables), sino de cuando, en 2013, matriculé en un curso ofrecido por un centro de estudios de La Habana regido por una congregación religiosa.
Las clases susodichas tenían lugar en la planta baja del monasterio, mientras que las habitaciones de los monjes estaban en la planta alta. El primer día, la coordinadora del curso nos dio varias informaciones, entre ellas algunas aclaraciones referidas al reglamento del centro, haciendo énfasis en el código de vestimenta, en especial en relación con las mujeres. Se nos advirtió que debíamos tener cuidado de no ir muy descubiertas, evitando el uso de faldas muy cortas (como en cualquier institución educativa cubana) y de blusas o vestidos de tirantes, aunque estos fueran gruesos, algo que sí es aceptado en la Isla como ropa apropiada para el trabajo dadas las altas temperaturas que solemos tener casi todo el año.
La coordinadora insistió en el tema de los tirantes, enfatizando que no debíamos llevar escotes muy pronunciados ni los hombros al aire. Las alumnas teníamos que entender que estábamos en un monasterio, que al asistir a clase nos cruzaríamos con los monjes y que no debíamos ir mostrando mucha piel frente a ellos porque podrían sentirse provocados y tenían un voto de castidad. De forma tal que, de repente y ante mi asombro, cuidar la honra de un grupo de hombres que, en el libre ejercicio de su voluntad, prometieron castidad a un dios en el que no creo, se convirtió también en mi responsabilidad. ¡Y yo pensando que la cosa se trataba de resistir la tentación, no de evitarla!
Si alguna duda nos quedó ese día de que la regla del cubrimiento no aplicaba de igual forma a los hombres, tuvimos luego plena confirmación cuando durante todo el curso pudimos apreciar cómo uno de los monjes —un hombre muy atractivo— se paseaba o se paraba a fumar en el patio interior del monasterio con su ropa de gimnasio, mostrando sus brazos fuertes, sus piernas musculadas y su pecho sobresaliendo bajo la ligera camiseta, mientras atraía las miradas de hombres y mujeres por igual. Pero no: éramos nosotras las que teníamos que cubrirnos... los hombros.
Instinto y razón
Pensar a las mujeres ante todo como “cuerpo”, mientras que al hombre se lo toma principalmente como “intelecto” viene de una larga tradición en Occidente, no solo cristiana, sino incluso anterior, pues puede rastrearse hasta la Grecia clásica. En ese marco, la mujer, considerada opuesta al hombre —asociado a lo creativo y racional—, se vincula con lo irracional, lo sentimental, lo instintivo o “animal”; en resumen, con aquello de lo que el ser humano debería alejarse para parecerse más a “dios”, entendido aquí como el máximo modelo de raciocinio o creatividad intelectual.
No obstante, este planteamiento es, cuando menos, contradictorio. Desde un punto de vista biológico, animales somos todos. Por otra parte, eso que solemos llamar “instintivo” en el ser humano de hoy contiene una enorme carga ideológica y cultural. Y, en última instancia, si la mujer es menos “racionalidad” y más “sexo”, ¿por qué son los hombres “los que no se pueden controlar”?
I
Los seres humanos somos en nuestro cuerpo. Incluso si aceptásemos la existencia de un alma incorpórea, inmortal o no, la vida de dicha alma se realiza en un cuerpo, y hemos de convenir que, hasta el momento, no conocemos otra manera de existir. Solo a través del cuerpo podemos reconocer y orientarnos en nuestro entorno, comunicarnos con otros, apreciar el sabor de una comida, disfrutar la música, entender una idea o alcanzar el éxtasis religioso. Solo mediante él es posible satisfacer las necesidades más básicas de la existencia biológica que compartimos con el resto de los animales, y al mismo tiempo atender aquellas otras que llamamos espirituales y consideramos exclusivas de la humanidad.
Por eso, aunque el ser humano lleva siglos intentando considerarse algo más que un “simple” animal, a lo único que ha conducido esto es a ignorar una realidad biológica palpable: más allá de nuestro sexo y demás características individuales, la forma en que hombres y mujeres existimos y experimentamos el mundo a través de nuestros sentidos, y lo impactamos con nuestra presencia, es, en última instancia, similar. Todos tenemos la capacidad de pensar, imaginar, destruir y crear; y también de generar sensaciones y sentimientos en los demás, incluidos los de naturaleza sexual, aunque estas capacidades varíen de individuo a individuo.
Y si alguien piensa que las diferencias entre los sexos determinan de manera estricta estas capacidades, conviene recordar que la misma biología muestra que, entre los extremos ideales de la clasificación hombre-mujer clásica basada en los órganos sexuales externos existe toda una gama de características que se combinan de manera diversa, generando individuos con mezclas de rasgos tradicionalmente atribuidos al otro sexo. Incluso el hecho de que las mujeres llevemos a cabo la gestación de los nuevos humanos no nos hace, por sí mismo, mejores o peores que los hombres. Aunque algunos intentan argumentar que esta capacidad es un regalo subestimado por muchas de nosotras, y a veces también se usa para justificar privilegios o roles específicos, la capacidad de gestar no nos hace especiales desde una perspectiva biológica. Es un hecho asombroso, que cada madre vive de forma distinta, pero esto no determina ni su valor como ser humano ni el resto de sus capacidades.
De forma que, si bien podemos afirmar que, en tanto seres humanos, las mujeres estamos tan aptas para las actividades intelectuales como los hombres, también deberíamos reconocer que los cuerpos masculinos son susceptibles de ser sexualizados, despertando deseo y fantasía en nosotras. Lo que me resulta aquí irónico, y hasta gracioso, es que, a la par de personas convencidas de que las mujeres somos, en general, menos capaces intelectualmente, también me he encontrado muchas otras que sostienen que las mujeres básicamente no tenemos deseo sexual, y que, si lo tenemos, somos capaces de regularlo siempre muy bien. Y aunque en los tiempo que corren ser demasiado “seria” tampoco es adecuado, una mujer que expresa abiertamente su deseo sexual aún es susceptible de ser tildada de “puta” por los propios hombres que se benefician de este, incluso aunque haya tenido relativamente pocas parejas.
Pero esto último ya está relacionado menos con las dinámicas físico-químicas que regulan el cuerpo y más con el segundo gran conjunto de fuerzas que modulan el comportamiento humano: las normas sociales. Esas que determinan, dentro de nuestra cultura, lo que se espera de nosotros según edad, género, clase, posición social, etnicidad y contexto. Y es que la evolución biológica del ser humano siempre ha ido de la mano de su evolución intelectual y cultural: nuestros instintos existen, sí, pero hay una enorme influencia social en la forma en que los interpretamos y gestionamos.
II
A la par de todos los organismos vivos, los humanos necesitamos alimentarnos para vivir. Y está claro que, en situaciones extremas, hasta el más remilgado sería capaz de comer lo que sea, como hacen muchas personas en tiempos de guerra o hambruna. Sin embargo, a los ojos de los estándares de la vida occidental moderna, no es lo mismo cenar en un puesto de comida rápida que en un restaurante gourmet, ni es igual comprar el producto más barato de un tipo que uno similar de lujo o bio. Cada una de esas opciones, aunque a la larga satisfacen una necesidad indispensable para la vida humana, es además un indicador de posición social, posibilidades económicas y hasta de convicciones o pensamiento político. Así, aunque alimentarse nos es imprescindible, cómo alimentarse se convierte también en una elección —sea que esta pueda hacerse o no—, en un estilo de vida y en un medio de expresión y realización de nuestros valores individuales.
De igual modo, el deseo sexual y la búsqueda de pareja responden a un instinto biológico compartido con el resto de los animales. Sin embargo, para los humanos, no es lo mismo una relación basada en la supervivencia, la conveniencia o la imposición que otra mediada por ideales de amor romántico, compromiso emocional o realización personal. De esta forma, un impulso puramente biológico se ha transformado en un fenómeno social cargado de normas, expectativas, jerarquías, ritos y valores morales que aplican de forma distinta según las circunstancias de cada persona, y que tienden a regular las formas en que se expresa y se vive el deseo sexual.
En la Antigüedad clásica, por ejemplo, el placer, lejos de ser un tabú, formaba parte de una reflexión más amplia sobre la belleza, la virtud y la formación del ciudadano (categoría en la que ya no entraban las mujeres), y el problema no era tanto a quién se deseaba, sino la incapacidad de gobernar ese deseo con mesura. Con la consolidación del pensamiento cristiano en la Edad Media, el instinto sexual pasó a ser visto como una amenaza constante al orden moral y espiritual. El placer corporal quedó asociado al pecado, y la virtud se redefinió como renuncia, al punto de que dentro del matrimonio el deseo debía subordinarse a la reproducción y no al goce.
Esta concepción medieval comenzó a relajarse nuevamente a partir del Renacimiento, cuando empezaron a aparecer tensiones entre la moral cristiana y una revalorización del cuerpo, del placer y de la experiencia sensible, especialmente en el arte y la literatura, aunque sin cuestionar todavía de forma frontal la moral sexual dominante. No obstante, no fue hasta los siglos XIX y XX, con el desarrollo de la medicina moderna, el psicoanálisis, los movimientos feministas y, más tarde, la llamada revolución sexual, que la asociación automática entre placer, pecado y culpa comenzó a ser puesta en cuestión de manera más amplia y explícita.
En la actualidad, aunque los discursos sobre libertad sexual y diversidad han ganado espacio, las huellas de esas tradiciones restrictivas persisten. A fin de cuentas, la mayoría de los que hoy somos adultos en el mundo occidental fuimos criados en un entorno en el cual el deseo sexual masculino se celebraba como signo de fuerza y virilidad, mientras que hablar abiertamente de la sexualidad de las mujeres no solo rompía convenciones, sino que provocaba sorpresa, incomodidad e incluso rechazo. Por eso, mientras una mujer es más probable que escoja vías relativamente discretas, sutiles o privadas para expresar su deseo sexual, hay hombres que aún se sienten con el derecho de gritarle a una perfecta extraña, en medio de la calle y sin ahorrarse detalles, todo lo que le harían si estuvieran con ella en una cama.
Y es que, aunque partimos de una pulsión biológica que puede llegar a ser igual de urgente para cada sexo, nos encontramos ante ella, como ante tantas otras situaciones, con que un mismo hecho se valora de manera diferente de acuerdo con el género, trayendo para cada uno pros y contras distintos. Pues si bien a nosotras la sexualización de nuestro cuerpo puede juegarnos en contra en los momentos más inesperados o inconvenientes, en muchos otras —hay que decirlo— es algo que nos beneficia o que incluso podemos usar a nuestro favor. Mientras tanto, los privilegios de los hombres en este sentido les dan la libertad de actuar con muchas menos restricciones y de disfrutar de su sexualidad abiertamente, pero también pueden jugarles en contra cuando son juzgados, criticados o rechazados por ciertos comportamientos considerados insuficientemente masculinos.
No obstante, la presión que sufren los hombres de reaccionar ante la más mínima señal de provocación, así como el sentimiento de merecimiento y la impunidad para traspasar espacios personales, insistir, irrespetar e incluso forzar, se sostienen, a la larga, en la existencia de una permisividad social: la de saberse no solo tolerado, sino además celebrado. Por eso, las que todavía tenemos que taparnos y cuidarnos de ser consideradas “fáciles” bajo el riesgo de no ser tomadas en serio en el resto de los ámbitos de nuestra vida; los cuerpos del deseo y, por tanto, del delito; los que hay que esconder y regular, seguimos siendo nosotras.
¿Deseo o delito?
Mientras escribía, he pensado si el título debía ser Los cuerpos del delito o Los cuerpos del deseo. Usar la palabra deseo me parecía una romantización, y la palabra delito la hallaba, en un inicio, quizás demasiado fuerte. Pero ahora que he llegado al final, estoy convencida de que delito se ajusta mejor a la situación que existe alrededor de las interpretaciones del cuerpo femenino, en tanto esta implica restricciones, tabúes, mutilaciones, represión y una gran carga de culpa repartida que casi siempre va a parar a nosotras.
Culpa, pero también penalización. Porque si usted, que es hombre, me mira como algo que antes que individuo es objeto sexual, cuyo fin más importante es satisfacer el deseo de los hombres, es difícil que entre nosotros medien relaciones equitativas, que me vea como un igual, incluso aunque usted no pretenda satisfacer sus deseos específicamente conmigo. No obstante, tampoco estoy de acuerdo con esas versiones del feminismo que hoy se escandalizan también ante una mirada o un piropo oportuno y respetuoso. No, no todo es acoso. El deseo existe y es natural, y a todos nos gusta encontrar personas que despierten el nuestro y, al mismo tiempo, provocarlo en otros. Eso es humano y el problema no está ahí.
El problema es pensar que el deseo sexual hacia una mujer justifica la violencia o el acoso hacia ella, que este deseo es incontrolable en los hombres, y que, por tanto, la única solución posible es esconder nuestros cuerpos de las miradas masculinas. Tampoco tenemos que reprimirnos ni disimular. No tenemos que ser una dama en la calle y una puta en la cama, como escuché tantas veces cuando era niña. Nuestro deseo no debe ser castigado, ni nuestra sexualidad medida en función de lo que conviene al hombre. Y, sobre todo, no tenemos que justificar nuestra existencia en función del otro. No somos tentación: somos personas, con historias, deseos y derechos. Mrecemos respeto no por cómo vestimos, sino porque existimos. Y eso basta.
