La pasión por las letras asomó en aquella época en la que creía que a las palabras se las llevaba el viento. Me repetía a mí mismo “a las palabras se las lleva el viento” cuando lo interrogaba a mipadre acerca del significado de algún vocablo hallado en el texto que él mismo me había impulsado a leer. Le preguntaba que quería decir tal o cual palabra, y él todavía no sé cómo, las sabía todas. Un día, quizás harto de responder a tanta demanda o tal vez para que yo descubra un libro llamado diccionario, me empezó a esquivar, a decir “fijate vos que esa no la sé”. Era mentira. Quería quitarme de encima pensé enaquélmomento,perotiempodespués descifré que lo que en realidad deseaba era abrirme la puerta hacia otro universo, uno que existía dentro del diccionario.
Siempre me capturó la idea de que las palabras son una especie de código misterioso, que solo en un libro mágico puede revelarse la clave para acceder al significado secreto. En ese entonces me entretenía pasando las hojas y deteniendo el impulso al azar, alojando al índice en cualquier parte para dar con una que la mayoría de las veces era desconocida para mí:
Sacamantecas: no, no es un instrumento industrial utilizado para extraer manteca. Es un ser imaginario que asusta a los niños. Atarván: persona mal educada o de modales groseros. Brequear: moderar, parar con el freno. Y muchas veces buscaba otras que había escuchado en mi dirección y pronunciadas por la misma persona, como Mocoso: que tiene mocos. Imberbe: que notiene barba. Pendejo: pelo que nace en el pubis, y la lista sigue. Yo las recibía con el gesto perdido, ese que presiente algo malo pero sin saber exactamente qué. Hoy podría responderle: Brequeá sacamantecas, no seas atarván; solo para reencontrar en otro un gesto de confusión que alguna vez fue mío.
Otra de las maravillas del mundo de la literatura es que los términos no tienen un significado arbitrario, o divino, sino que son producto de una historia, de una etimología: detrás de cada palabra se agazapa un relato. Etimología significa origen de las palabras. Todo el mundo sabe lo que es una tarantela, pero muy pocos saben que tarantela proviene de tarántula y que su definición originalmente era algo así como el baile de la tarántula: los antiguos aldeanos de la provincia de Tarento, Italia, creían que la mordedura de esta araña producía grave melancolía y mucho pesar que sólo se disipaba agitándose mucho ya que las toxinas eran eliminadas por los poros. Esto lo supe indagando. Indagar etimológicamente significa seguir la pista de un animal. También descubrí que negocio es la negación del ocio, es decir, lo que no es ocio, y que considerar (siderar proviene de estrella) es algo así como pensar mirando las estrellas.
Advertí que no iba terminar jamás de encandilarme con el diccionario, que era un organismo vivo y se nutría a diario de acepciones nuevas, ansiosas de ser pronunciadas, comprendidas, y que se me parecían bastante. Las palabras son más parecidas a nosotros de lo que entendemos. Aun cuando nosotros estamos hechos de carne y hueso, y ellas de consonantes y vocales, nos une un comportamiento similar: son sociales porque adoran las reuniones y encuentros, les gusta vivir en comunidad, dentro de una oración en la que cada una cumple una función específica. Al Igual que las personas que cuando habitamos un propósito fluimos en la vida, a ellas les sucede en la frase. Pero la sustancia, sea carne, hueso, vocal o consonante es una anécdota cuando hallamos el espíritu. En algunas frases, si aguzamos la vista pero más aún el entendimiento podemos intuir el alma de la oración. El descubrimiento del alma en una frase hizo que escribir tenga sentido. A veces me pregunto si es posible cierta correspondencia, si ese espíritu que acabo de hallar sobre la hoja es capaz de ver el mío observándolo.
Las palabras son tan similares a nosotros que incluso presentan profesiones o personalidades marcadas: están las médicas, que son las que sanan o alivian, las violentas que intentan herirnos, las simples, las complejas, las abogadas (que utilizamos para entendernos con las complejas), también las hay de clase baja, clase media, y clase alta; las hay filósofas que suelen terminar en signo de pregunta, maternales como “abrigate, comé, ojo al cruzar”, y la lista sigue.
Tampoco son indiferentes a las crisis, a muchas no les alcanza el salario, que dicho sea de paso, salario proviene de sal (salario era la compensación que se le daba a los soldados para que pudieran comprar sal, un recurso muy valioso en la antigüedad). Así, las palabras para lograr subsistir, al igual que nosotros necesitan otro empleo. Nosotros nos volvemos poliempleados y ellas polisemias, es decir que tienen diversas acepciones. Por ejemplo “Enervar” viéndose eclipsada por su compañera sinónima “debilitar”, se volvió algo nerviosa, tanto que desde hace tiempo todos la asocian con su nuevo empleo que es “poner nervioso”. O bizarro, que alguna vez supo ser gallardo, valiente, hoy se lo observa de reojo como a alguien raro. Estos cambios produjeron tensión entre las letras, momentos álgidos. Y entendamos por álgido a un estado crítico, caliente, aunque en el pasado supo significar “que hiela o que enfría”.
Como en toda organización imperfecta hay cargos que no están cubiertos por nadie, la silla está vacía; es decir, definiciones sin palabras designadas. Y a la inversa, a veces hay dos vocablos haciendo el trabajo que podría hacer uno solo, los ñoquis literarios, como lo son escorpión (con aire griego) y alacrán (con aire árabe) señalando exactamente al mismo artrópodo.
Y finalmente, como nosotros, tienen etapas de vida: nacen (cuando son neologismos), envejecen (cuando se sobre utilizan o se agotan en las páginas de abusadores y repetidores profanos), y mueren de orfandad (cuando son arcaísmos, las hojas secas del idioma) a veces porque no se las escribe por ser anticuadas, o en el peor de los casos por la llegada de un neologismo arrogante y con idéntica significación.
Pero como enunrelato de ficción también están las inmortales. Porque al fin de cuentas, solo perecerán las palabras que no formen frases, las que carezcan de vínculos pero sobre todo de ese peso sutil y suficiente que les proporciona el espíritu. Solo aquellas, las carentes de alma, serán las palabras que se llevará el viento.
Mariano Gabriel Zotelo (Argentina, 1975). Escritor de narrativa y poesía. Profesor nacional de música con especialidad en piano. Autor de Molinos (nouvelle y relatos).
