Las horas que nos quedan

GANADORES VOCES DEL INSOMNIO 2026

Elena Marcela Reyley

5/9/20267 min read

Mención Concurso Literario Voces del Insomnio 2026

La noche masca su tabaco negro en las cornisas y vos, desvelado, contás las goteras del techo como si fueran las únicas monedas que te quedan. Afuera, la ciudad respira con ese pulso cansino de los barrios donde el asfalto se pudre de silencio. No hay luna que valga, ni siquiera esa luz amarillenta de los faroles rotos que tiemblan en los charcos como si tuvieran frío.

Te levantás. Siempre te levantás. El insomnio tiene eso: te condena a presenciar la vida cuando todos la olvidan. Caminás descalzo por las baldosas frías y el mundo se reduce al crujido de tus huesos, a ese rumor de tuberías quejumbrosas que cantan en las cañerías como viejas borrachas. Tu mujer duerme del otro lado de la puerta —o eso creés—, pero hace semanas que los sueños de ella ya no son los tuyos, que su respiración acompasada te suena a idioma extranjero.

La heladera ronronea en la cocina. Abrís la puerta y la luz te escupe la cara con su vómito blanco. No hay nada que buscar, lo sabés. Una cerveza tal vez, aunque el alcohol te devuelve siempre al mismo pozo: la conciencia de que estás solo, de que la soledad no es un estado sino una puta condición del alma. Cerrás de un golpe y el imán con forma de manzana —ese que compraron en aquel viaje a la costa, cuando todavía creían en los atardeceres— cae al piso y se parte en dos.

No lo levantás.

Te asomás a la ventana. La avenida está desierta, pero no vacía. Porque las cosas nunca están vacías, che: están llenas de ausencia, que es peor. Un perro cruza con esa dignidad culpable de los que hurgan en la basura. Un colectivo pasa como un barco fantasma, las luces prendidas, el motor tosiendo nafta y desgano. Adentro, un solo pasajero dormita con la cabeza contra el vidrio, y vos pensás en todas las vidas que no vas a vivir, en todos los cuerpos que no vas a tocar, en todas las palabras que se te pudrieron en la boca por no escupirlas a tiempo.

Te acordás de tu viejo. Cómo no.

Tu viejo también padecía la noche. Lo veías desde la puerta de la cocina, cuando tenías ocho años y te levantabas para mear: él sentado en la misma silla donde vos estás ahora, mate amargo, diario doblado, la mirada perdida en un punto fijo del azulejo. Nunca te decía nada. A veces alargaba la mano y te pasaba los dedos por el pelo, apenas, como quien espanta una mosca. Después vos volvías a la cama y lo oías toser, ese carraspeo hondo de los que tienen el pecho lleno de humo y de fracaso.

Tu viejo murió un martes. Te acordás porque era día de feria y él siempre decía que los martes había mejor verdura. Murió en el hospital, con una sonda metida en la nariz y los ojos abiertos mirando un techo que no era el suyo. No te dijo nada. No te dijo "cuidá a tu madre" ni "portate bien" ni ninguna de esas frases hechas que la gente repite en las películas. Se limitó a apretarte la mano con una fuerza que ya no tenía, y después aflojó, como quien suelta un lastre.

Vos tenés cuarenta y tres años y todavía no aprendiste a soltar.

El reloj de la iglesia da las tres. Siempre las tres, siempre esa hora maldita en que los cristos bajan de las cruces para estirar las piernas y los muertos se dan vuelta en la cama. Sacás un cigarro del atado arrugado, lo encendés con el yesquero que te regaló tu primera novia —veinte años, Dios mío, veinte años y ella sigue flotando en algún rincón de tu memoria con su pollera de flores y su risa de cascabel— y el humo sube lento, dibujando espirales que se deshacen contra el vidrio.

Pensás en los hijos que no tuviste. En la mujer que duerme en la otra habitación y que mañana te va a preguntar "¿dormiste bien?" y vos vas a mentir, siempre mentís, como si el insomnio fuera una enfermedad vergonzosa, una tara secreta que escondés bajo la almohada.

Pensás en el trabajo, en ese escritorio de oficina donde pasás ocho horas moviendo papeles de un lado a otro, papeles que no significan nada, números que no te pertenecen, informes que nadie lee. Tu jefe te odia y vos lo odiás a él, pero se saludan todos los días con esa cortesía de plástico, ese "buenos días" que suena a cuchillo envainado.

Pensás en el país, en esta ciudad que se desangra por las esquinas, en los pibes que duermen en los cajeros automáticos abrazados al paco, en las viejas que hacen la cola del comedor comunitario desde las cinco de la mañana, en ese olor a miseria que flota en el aire como si fuera parte del paisaje, un elemento más, como la humedad o el smog.

Y pensás en Dylan, claro.

Siempre vuelve Dylan cuando la noche aprieta. Ese galés borracho que cantaba a la muerte como quien canta a una amante, que embellecía la podredumbre con palabras de fuego. "No entrar dócilmente en esa buena noche", repetís en voz baja, y las sílabas se te enredan en la lengua como caramelos. "Rabia, rabia contra la muerte de la luz." Pero qué sabés vos de la luz. Vos vivís en las tinieblas, en esta penumbra perpetua de los que miran la vida desde detrás de un vidrio empañado.

El cigarro se consume entre tus dedos. Lo aplastás en el cenicero, junto a los otros, ese cementerio de colillas que atestigua tus vigilias. La ciudad empieza a desperezarse: un camión de basura, un par de borrachos que discuten en la esquina, el primer bondi que pasa con su carga de almas en pena rumbo al centro.

Pronto va a amanecer.

Pronto el sol va a trepar por los edificios como un ladrón, y vos vas a seguir ahí, pegado a la ventana, con los ojos irritados y la boca pastosa, viendo cómo la luz devora las sombras, cómo el mundo se llena de ruidos y de prisas, cómo los vivos salen de sus cuevas a cumplir con la farsa de otro día.

Tu mujer se levanta. La oís mover los pies, arrastrar las pantuflas, abrir la canilla del baño. El agua corre un buen rato, como si ella también quisiera lavarse algo más que la cara. Después la puerta se abre y aparece en el marco del living, el pelo revuelto, los ojos todavía con legañas, ese camisón viejo que le queda grande.

—¿Otra vez sin dormir? —pregunta, y hay en su voz un cansancio que no es de sueño.

—Ya sabés —decís vos, y no decís nada más.

Ella se acerca, te roza el hombro con la mano, un gesto automático, casi distraído. Después se mete en la cocina, prende la pava, empieza a preparar el mate. El ruido del agua cayendo, el golpe seco del azúcar contra el vidrio, el silbido del gas: todo suena a rutina, a costumbre, a ese amor de escombros que todavía los mantiene juntos pero ya no los sostiene.

Vos seguís mirando la calle.

Un pibe pasa en bicicleta, el guardapolvos blanco flotando al viento, la mochila saltándole en la espalda. Va temprano a la escuela, como ibas vos, como iba todo el mundo antes de que el mundo se volviera este desierto de expedientes y facturas impagas.

—¿Mate? —la voz de ella te llega desde la cocina.

—Dale.

Pero no te movés. Seguís ahí, clavado en la ventana, viendo cómo el día se instala, cómo las nubes se abren para dejar pasar un sol pálido de otoño, cómo los primeros autos empiezan a atascar la avenida. En algún lugar de la ciudad, una sirena aúlla. En algún lugar, un tipo como vos también está pegado a una ventana, también está viendo la misma luz, también se pregunta cuándo fue la última vez que sintió algo que no fuera este vacío, esta modorra del alma, esta costumbre de estar vivo sin saber bien para qué.

Ella aparece con los dos mates. Te alcanza uno, caliente, recién cebado. El calor te quema los dedos pero no soltás. Ella se sienta a tu lado, en el borde de la mesa, y los dos miran hacia afuera sin mirarse.

—Hay que cambiar la bombilla —dice ella—. Está picada.

—Sí —decís vos.

—Y la del gas también. Ayer vino el muchacho y dijo que pierde.

—Sí.

Un silencio. El ruido de la ciudad, el mate que pasa de mano en mano, el roce de las alpargatas de ella contra el piso de madera.

—¿Pensás en él? —pregunta de repente.

—¿En quién?

—En tu viejo.

Vos te quedás callado. La yerba se te mete entre los dientes, amarga.

—Siempre —decís al final.

Ella asiente, como si lo supiera, como si desde siempre hubiera sabido que tu insomnio no es más que un diálogo con los muertos, una conversación pendiente que nunca vas a terminar.

—Mi papá también —dice ella, y es la primera vez en meses que menciona a su padre, ese hombre que se fue un día con la excusa de comprar cigarrillos y nunca volvió.

Vos alargás la mano y le tocás la cara. La tenés fría, las mejillas húmedas. Ella está llorando sin hacer ruido, como lloran los viejos, como lloran los que ya no tienen edad para lágrimas.

—Perdón —murmura.

—¿Por qué?

—Por no saber qué decirte. Por no poder ayudarte. V

os negás con la cabeza. Acercás tu frente a la de ella y cerrás los ojos. Adentro, muy adentro, algo se mueve, algo que creías muerto, una brasa mínima entre tanta ceniza.

—Estás acá —decís—. Eso es suficiente.

Y es mentira, claro. No es suficiente, nunca es suficiente, pero es lo único que tienen, lo único que les queda: este mate compartido en la madrugada, este silencio de dos, esta luz que empieza a llenarlo todo.

El sol ya está arriba. La ciudad ruge. Los pibes van a la escuela, los laburantes toman el bondi, las viejas hacen la cola en el comedor. En una ventana del octavo piso, vos y ella miran el día sin verlo, sostenidos apenas por ese hilo finísimo que todavía los une.

En la vereda, un perro olfatea la manzana partida que alguien tiró desde un balcón. La levanta con cuidado, la muerde, y se aleja moviendo la cola.

Adentro, el mate se enfrió. Ella apoya la cabeza en tu hombro. Cerrás los ojos. Por un momento, apenas un momento, el insomnio afloja la garra.

Pero no te engañás.

Ya va a volver.

Siempre vuelve.

Elena Marcela Reyley (Argentina, 1977). Elena Marcela Reyley escribe desde El Chaltén, Patagonia. Autodidacta, su obra transita el ensayo, el relato breve y la poesía con foco en la memoria, los vínculos y la observación poética de lo cotidiano. Influida por diarios y correspondencia de autores fundamentales, busca una voz propia madurada en la lectura constante y la práctica solitaria.