Mención Concurso Literiario Voces del Insomnio 2026
El aire en Quilmes, esa noche de principios de primavera, se sentía denso, casi masticable. No pesaba solo por la humedad persistente que subía del Río de la Plata; lo espesaba el perfume dulzón de las glicinas y ese eco de cumbia que lograba filtrarse por las cortinas, enredándose con el rastro del incienso y el olor químico del lustrador de metales. Don Alfredo, el relojero de la calle Rivadavia, se había acostado temprano, pero el sueño se le presentaba como una pieza mal encajada, un mecanismo que, por más que intentara forzar, se negaba a iniciar su ciclo.
Su insomnio no era una simple ausencia de sueño, sino una forma de resistencia. En la penumbra de la habitación, su mente operaba con la frialdad de un forense, hurgando en los restos de su vida con Lucía como quien busca el engranaje roto en un mecanismo inservible. Quizás un médico habría intentado explicar su desvelo como un cortocircuito de neurotransmisores, un sistema de alerta disparado en un bucle ciego que se negaba a apagarse. Pero para Alfredo, no era una cuestión de química, sino de física elemental: la incapacidad de aceptar la entropía. Lucía se había marchado hacía casi un año, y con ella se había disipado la constante que mantenía en equilibrio su universo. Ahora se percibía como uno de esos relojes de péndulo a los que alguien le ha robado la cuerda; conservaba la caja de madera lustrada y el cuadrante impecable, pero había perdido la oscilación que justificaba su existencia.
La memoria, reflexionaba mientras escrutaba las sombras del techo como quien busca una falla en un plano de diseño, no era un registro fiel, sino un proceso de reedición constante. En ese montaje, la mente juega a ser un cineasta melodramático: reinventa el pasado, lima los bordes afilados de las discusiones y satura los colores de los momentos felices hasta convertirlos en mitos inalcanzables. Alfredo se sentía asfixiado por una sociedad que exige una resiliencia mecánica. Habitamos la era de la 'obsolescencia programada' del sentimiento, donde se nos insta a descartar el duelo con la misma frialdad con la que se reemplaza un teléfono móvil. Si un engranaje se detiene, la consigna es sustituirlo; pero el alma de un viejo relojero está forjada con piezas que no tienen repuesto en el mercado de la inmediatez.
Se durmió de golpe, no por haber hallado la paz, sino por un colapso del sistema, un apagón tras el desgaste acumulado. El agotamiento terminó por derrotar a la angustia y el sueño lo atrapó con la violencia de una red de arrastre. No hubo una transición suave; fue, más bien, un salto de dimensión: de pronto, la realidad lineal se quebró.
Flotaba sobre una versión etérea de Quilmes. Debajo de él, la calle Rivadavia no era de concreto, sino una geometría de luz vibrante. Las casas ya no eran estructuras inertes; respiraban con un ritmo biológico y los árboles de las plazas extendían sus ramas como terminaciones nerviosas en busca de señales. Alfredo comprendió que su percepción había mutado: ya no veía objetos, veía procesos. El pavimento reflejaba un cielo que no era el de Buenos Aires, sino un mapa de entrelazamientos que conectaba cada rincón de la ciudad. Los postes de luz no emitían electricidad, sino pulsos de información que danzaban al compás de una melodía matemática, una armonía de frecuencias puras que sostenía el orden de lo visible.
Don Alfredo, despojado de la carga de la gravedad, comprendió que su conciencia ya no era un ente aislado, sino una fluctuación en un campo de energía unificado. El aire, antes denso y húmedo, se había transmutado en un éter puro, un fluido superconductor capaz de transmitir pensamientos con la misma nitidez con la que un cable de cobre transporta la corriente. Mientras se deslizaba sobre los techos de tejas rojizas, algo detuvo su deriva: un colibrí. Pero no era un organismo sujeto a las leyes de la biología convencional. Sus plumas, de un verde esmeralda que parecía emitir su propia luz, vibraban con una iridiscencia que desafiaba cualquier espectro conocido. Sus alas no batían; oscilaban en una frecuencia tan alta que generaban una distorsión en el espacio-tiempo, un halo donde el presente parecía diluirse en un continuo de memorias.
Lo más extraño era su comportamiento. El colibrí no buscaba el néctar de las flores. Se posó con una precisión orbital en el alféizar de la ventana de la antigua casa de Lucía. Allí, el ave comenzó a 'beber' una sustancia invisible que emanaba de la madera y el vidrio. Alfredo lo comprendió sin necesidad de ecuaciones: el colibrí extraía la melancolía residual, esos restos de energía emocional que quedan atrapados en la materia física. Era un recolector de entropía sentimental, un reciclador cósmico que transmutaba el dolor estancado en energía cinética, en puro movimiento.
Don Alfredo intentó gritar el nombre de Lucía, pero en ese plano la voz no se emitía con las cuerdas vocales, sino con la pura presión del deseo. El colibrí, detectando la perturbación en el campo vibratorio, giró su pequeña cabeza. Sus ojos no eran los de un ave; eran orbes oscuros que contenían la densidad de un agujero negro, capaces de absorber y procesar hasta el último fotón de luz. En esa mirada, Alfredo sintió que su alma era desnudada y, finalmente, comprendida. No había juicio en aquellos ojos, solo la aceptación de una ley física fundamental.
—La tristeza no es una avería en el sistema, Alfredo —resonó una voz que parecía brotar de la oscilación de sus propios átomos—. Es simplemente energía que ha perdido su vector, una fuerza que ha olvidado su dirección. ¿Crees que el amor es una propiedad de la materia? No; es una propiedad de la geometría del universo. El amor es la ley de conservación aplicada a lo invisible: nada muere, solo cambia de frecuencia.
El ave se elevó y comenzó a trazar espirales de luz en el aire de la noche quilmeña. Con cada giro, el colibrí proyectaba fragmentos de la vida de Alfredo: el tintineo de las pinzas en el taller, el aroma del café compartido en el silencio del alba, la risa de Lucía que solía suavizar la rigidez de los segunderos. Pero estas imágenes ya no pinchaban como espinas; ahora eran partículas de información que se integraban en su propia estructura. Eran datos, una memoria preciosa que ya no pesaba, sino que le otorgaba una nueva gravedad.
La escena mutó. Alfredo ya no sobrevolaba la ciudad, sino que se descubrió en un plano de existencia que evocaba un prado infinito bajo un cielo de cobalto. Las estrellas allí no eran puntos estáticos de luz, sino núcleos que pulsaban con un ritmo vital. A su lado, el colibrí esmeralda continuaba su danza; de cada aleteo brotaban flores blancas de jazmín que nacían y se marchitaban en un suspiro, recordándole que la belleza no necesita permanencia para ser verdad.
—La cultura en la que habitas te ha enseñado a temer a la ausencia porque la confunde con el vacío —continuó la voz, ahora con una gravedad reflexiva—. Pero en la arquitectura del universo, el vacío es una ilusión. Lo que llamas 'nada' es un hervidero de fluctuaciones. Lucía no ha sido borrada de tu sistema; se ha entrelazado con él de una forma no local. Ella es ahora una constante en tu ecuación personal, una frecuencia que no requiere de la presencia física para sostener su realidad.
Don Alfredo sintió una oleada de comprensión que horadó su escepticismo de relojero. Siempre había visto al tiempo como un tirano, un dictador que avanzaba segundo tras segundo hacia la decadencia y el óxido. Pero allí, frente a la vibración del colibrí, comprendió que el tiempo es solo una escala de la percepción. La red que conectaba su banco de trabajo con el movimiento de los planetas, y su pérdida con la energía de las estrellas, era una sola maquinaria infinitamente compleja, donde cada ausencia es también una pieza fundamental del engranaje.
No se trataba de que Lucía regresara para satisfacer esa demanda cultural de finales cerrados y posesiones perpetuas. Se trataba de aceptar que su conexión era un hecho físico irreversible. Al igual que dos partículas que han interactuado una vez permanecen entrelazadas sin importar la distancia, ellos estaban unidos por esa 'frecuencia de la ausencia' que era, en su esencia misma, una forma de presencia.
El colibrí se posó en su hombro. El calor que emanaba de aquel cuerpo ínfimo atravesó su piel de sueño, devolviéndole una paz que creía extraviada en su infancia.
—Ella reside en la arquitectura de tus recuerdos, en la termodinámica de tu aliento, en la luz que tus ojos procesan cada mañana —susurró la voz, fundiéndose ahora con el timbre real de Lucía—. Nunca hubo una ruptura, Alfredo, solo una transición de fase. Como el agua que se vuelve invisible al hacerse vapor, ella es ahora el aire que te sostiene.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Don Alfredo, llevándose consigo meses de rigidez. Comprendió que la melancolía no era una celda, sino un portal. El colibrí esmeralda, ese mensajero de lo invisible, le había enseñado que el amor no es un objeto que se posee, sino una frecuencia que se sintoniza.
Cuando despertó, el sol de Quilmes ya se filtraba por las persianas, dibujando líneas de polvo dorado que bailaban en suspensión. El insomnio, ese viejo carcelero, se había marchado. La ausencia de Lucía permanecía, pero ya no como un ruido estridente, sino como una melodía de fondo, armónica y constante.
Caminó hacia su taller. Tomó el reloj de bolsillo de un cliente, una pieza descuidada y devorada por el óxido. Al abrirlo, no sintió la urgencia de batallar contra el tiempo, sino la serenidad de participar en su flujo. Mientras aceitaba los engranajes, una vibración distinta nació en su pecho. Era el pulso de un tiempo nuevo, uno que no se mide en segundos, sino en transformaciones. Don Alfredo sonrió. Afuera, el brillo de una hoja de glicina mecida por el viento le recordó que el amor, al igual que la energía, no se destruye. Simplemente, como el colibrí esmeralda, aprende a volar en una frecuencia que solo el corazón, en su infinito insomnio, es capaz de descifrar.
Néstor Rubén Giménez (Argentina, 1956). Néstor Rubén Giménez Arias nació en Argentina, el 22 de octubre de 1956. Actualmente vive en Quilmes, ciudad del sur de la provincia de Buenos Aires, sobre la costa del Río de la Plata. Escritor de relatos costumbristas y de novelas policiales fantásticas. Ha obtenido premios en Argentina, España, Bolivia, México, Guatemala, Puerto Rico, República Checa y Brasil. Suele usar el seudónimo: “Atribulado”.
