Mención Concurso Literario Voces del Insomnio 2026
El sereno llegó al pueblo a comienzos del invierno, cuando el frío todavía no era una certeza sino una amenaza que se insinuaba en los charcos endurecidos de la madrugada. Nadie lo fue a buscar a la terminal. Bajó solo del micro, con un bolso liviano y la sensación —no del todo incómoda— de no estar siendo esperado por nadie.
La garita del cruce quedaba a unas seis cuadras de la plaza. Se la habían mostrado esa misma tarde, junto con el monitor nuevo, el tablero eléctrico y una carpeta de hojas foliadas donde alguien había anotado, con letra prolija, los procedimientos básicos.
—Hace años que no pasa el tren de pasajeros —le explicó el delegado municipal—. A veces circula alguno de carga, sin horario fijo. Igual, el sistema es automático.
Dijo “automático” como quien dice “confiable”, y después agregó, tras una breve duda:
—Pero siempre es mejor que haya alguien.
El sereno no preguntó por qué. Había aprendido, en trabajos anteriores, que los pueblos ofrecen la información a su propio ritmo. Parecía que hablar demasiado rápido podría desordenar algo que necesita permanecer quieto.
La primera noche fue simple. El viento corría sin obstáculos entre los galpones vacíos y hacía vibrar una chapa suelta en el techo de la garita. Preparó un mate, revisó el ángulo de las cámaras y se dejó envolver por esa forma particular del silencio rural, que no es ausencia de sonido sino un tejido leve de ruidos mínimos: algún perro a lo lejos, el crujido de la tierra enfriándose, un motor que tarda demasiado en apagarse.
A las dos y trece de la madrugada apareció la interferencia. Duró menos de un segundo. Un parpadeo gris en la pantalla del cruce. El sereno pensó en un insecto pasando frente al lente o en una falla de señal. Bajó apenas el brillo del monitor y siguió cebando. No volvió a ocurrir.
Hasta la noche siguiente.
Esta vez la imagen se detuvo un instante más, lo suficiente para insinuar una forma vertical junto a la vía. Amplió el cuadro, pero el sistema devolvió una trama granulada donde cada píxel parecía resistirse a formar una figura reconocible. Revisó el exterior. No había nadie. El frío empezaba a afirmarse.
Durante el día preguntó en el almacén si las cámaras solían fallar. El tendero se tomó un segundo antes de responder.
—Son nuevas —dijo—. No deberían.
Y enseguida, como si necesitara cerrar el asunto:
—A lo mejor es la humedad.
El sereno asintió. Todavía no sabía que, en ese pueblo, las explicaciones climáticas servían para más de una cosa.
La tercera noche distinguió la silueta con claridad suficiente como para entender que no era un poste ni un efecto de sombra. Parecía una persona sentada. Inmóvil. Exactamente sobre uno de los rieles. Sintió el impulso inmediato de salir, pero algo —tal vez el modo en que la figura ocupaba el espacio, sin moverse ni un centímetro— lo retuvo frente a la pantalla unos segundos más.
Cuando por fin abrió la puerta de la garita, el aire le devolvió una quietud intacta. La vía estaba vacía. Regresó al monitor. La grabación mostraba lo mismo que había visto: la forma detenida, apenas deformada por el ruido digital. Rebobinó. Amplió. Los píxeles se deshicieron justo donde debería haber estado el rostro.
No comentó nada al día siguiente. Se limitó a preguntar, con tono casual, cuánto tiempo llevaban instaladas las cámaras.
—Unos meses —contestó la farmacéutica, mientras buscaba un analgésico en el estante—. Después de… bueno.
No terminó la frase. El sereno esperó, pero la mujer ya había apoyado la caja sobre el mostrador.
—Las noches acá son tranquilas —agregó, con una sonrisa breve—. Cuesta acostumbrarse al silencio.
Pagó y salió con la certeza difusa de haber llegado a una conversación empezada mucho antes.
La figura volvió a aparecer dos madrugadas más tarde. Esta vez no dudó: guardó las llaves en el bolsillo y caminó hasta el cruce con una linterna. El haz recorrió los durmientes húmedos, la grava oscura, el borde de la banquina donde crecían yuyos bajos. Nada. Ni una marca. Al regresar notó algo que no había visto antes: el cartel de advertencia estaba apenas inclinado, como si la tierra hubiera cedido bajo uno de los postes. No recordó haberlo visto torcido el primer día.
Esa noche no durmió en su descanso de la tarde. Se quedó revisando grabaciones antiguas. La figura estaba allí también la semana anterior. Y la otra. Y otra más. Siempre a la misma hora. Siempre inmóvil. Apagó el monitor. Por primera vez desde su llegada, el silencio no le pareció hospitalario.
La historia empezó a filtrarse por los lugares donde se compra pan, remedios o combustible, no por la municipalidad. Fue el vecino de mal carácter, el que vivía frente al taller mecánico, quien soltó la primera pieza con un tono que no pedía respuesta.
—Ahí se sentó —dijo una tarde, señalando con la barbilla hacia la vía—. Como un santito. Piernas cruzadas. Las manos así.
Hizo un gesto vago, apoyando las palmas sobre las rodillas. El sereno esperó el nombre, pero el hombre no lo dijo.
—¿Quién? —preguntó al fin. El vecino lo miró con un fastidio casi paternal.
—El que no entendió —respondió—. El que quiso hacerse el justo.
Se alejó antes de que el sereno pudiera repreguntar. En la estación de servicio, el playero lo miró como se mira a alguien que está por pisar un alambre pelado.
—No se meta —le dijo, sin levantar la voz—. Usted hace su trabajo y ya.
—Mi trabajo es mirar —contestó el sereno. El muchacho sonrió, sin humor.
—Entonces mire otra cosa.
En el almacén, el tendero fingió no comprender.
—Acá pasó una inundación grande —dijo, acomodando latas—. Eso es lo único que pasó.
—¿Y después?
El tendero apoyó una caja sobre el mostrador con un golpe demasiado exacto.
— Después se siguió —dijo—. ¿Qué quiere que le diga? El agua baja. La gente sigue.
La farmacéutica fue la única que habló sin defensas visibles, tal vez porque estaba acostumbrada a escuchar desgracias con calma práctica.
—Hubo una comisión —dijo, mientras contaba pastillas en una bandeja—. Para la ayuda, para reconstruir. Todo el mundo colaboró como pudo.
—¿Y?
Ella se quedó quieta un segundo, con el frasco abierto en la mano.
—Y a veces el barro se mete en todos lados —dijo por fin—. No sólo en las casas.
No explicó más.
El sereno volvió a la garita con esa frase girándole en la cabeza. Pensó en los muebles hinchados, en los colchones sacados a la vereda, en las fotos pegadas por el agua. Había visto inundaciones en otros pueblos, pero no recordaba haber visto ese silencio posterior, esa manera de hablar del pasado como si fuera una zona con perros sueltos.
Esa noche, a las dos y trece, la figura volvió a aparecer. Esta vez el sereno notó algo distinto: la postura era nítida aun dentro del grano digital. No parecía que esperara un tren. Se obligó a no salir. Contó los segundos. La imagen duró veintidós segundos. Luego se disolvió en interferencia. Al llegar al segundo veintitrés, las barreras bajaron solas.
El timbre del cruce sonó con una insistencia de juguete viejo.
No había tren.
El sereno apagó el monitor y salió a la noche. Caminó hasta la vía y puso la mano sobre el riel. Estaba frío, pero vibraba, apenas, como si el metal guardara una corriente mínima. Regresó con la sensación absurda de que el cruce intentaba decirle algo.
Durante el día siguiente pidió ver los registros de instalación en la municipalidad. Le dijeron que sí, pero con una demora que se estiraba en excusas.
—Es burocracia —le dijo el presidente de la comisión de ayuda cuando lo encontró en el pasillo. Era un hombre de traje gastado, olor a colonia fuerte y sonrisa blanca de oficina.
—Sólo quiero saber cuándo empezaron las fallas.
—No son fallas —corrigió, con una suavidad firme—. Más bien ajustes. Usted sabe cómo es: se instala algo nuevo y hay que calibrarlo.
El sereno lo miró fijo.
—¿Y antes de las cámaras? El hombre sostuvo la sonrisa un poco más de lo necesario.
—Antes de las cámaras no había nada que grabar —dijo.
Fue una noche de lluvia tenue cuando vio lo de las flores. Lo vio en el monitor. La farmacéutica apareció en el ángulo más abierto, caminando rápido, con un piloto claro y una bolsa en la mano. Miró a ambos lados y se agachó junto a la banquina, cerca del poste inclinado. Dejó algo en el suelo. No fue un ramo; fueron flores sueltas, distintas, como arrancadas de varios jardines. Se quedó unos segundos con las manos vacías y luego se fue.
El sereno amplió la imagen. La figura, esa noche, no estaba. El cruce seguía igual; la vía, vacía. A las dos y trece no hubo interferencia. Sólo se veía lluvia y el reflejo húmedo de las luces. Sintió una calma extraña, parecida a cuando uno descubre que algo inevitable ya ocurrió y, por lo tanto, deja de temerlo.
Al día siguiente pasó por la farmacia. La mujer lo atendió como siempre hasta que, sin mirarlo, dijo:
—Usted no es de acá. Por eso ve cosas. Los de acá… ya no miran.
El sereno esperó. La mujer suspiró.
—Después del agua, la plata llegó. Bastante. No para todo, pero llegó. Y algunos la administraron. Y otros firmaron. Y otros hicieron que no veían. Porque estaba todo roto, ¿me entiende? La gente no quería sumar otro problema.
—¿Y él?
Ella tardó en responder.
—Él llevaba los papeles —dijo—. Hacía números. Preguntó. Insistió.
—¿Y qué hicieron?
La mujer lo miró por primera vez de frente. Tenía ojos cansados, pero firmes.
—Nada —dijo—. Eso es lo que hicimos.
Cuando salió, el viento olía a tierra mojada. En la esquina del almacén, el tendero descargaba cajones. Al verlo, levantó la mano.
—¿Ya se acostumbró? —preguntó. El sereno dudó un segundo.
—Estoy aprendiendo. El tendero asintió con una sombra de vergüenza.
—Ese día… —empezó, pero se limitó a acomodar un cajón con cuidado excesivo—. Después del agua todos estábamos muy cansados.
Esa noche, cerca del cruce, el sereno encontró las flores. La lluvia las había aplastado contra la tierra. No las tocó. Más tarde, en el monitor, vio acercarse al vecino de mal carácter. Se detuvo junto al poste inclinado y su cuerpo ya no pareció agresivo. Se quedó un rato de pie, como si le doliera el orgullo. Luego se agachó, enderezó una flor sin arrancarla, y se fue.
Al día siguiente el poste del cartel apareció enderezado. Nadie lo comentó. El tendero barría la vereda con obsesiva paciencia. El ex alcalde pasó por el cruce cuando el sereno estaba afuera.
Se detuvo unos segundos, miró la vía y dijo:
—Hubo una vez que creímos que reconstruir era apurar todo. Y era eso: apurarnos.
Se fue sin más. Esa noche el sereno revisó la grabación por costumbre, como quien toca una cicatriz. A las dos y trece no hubo nada. Ni silueta, ni barreras bajando. El cruce fue solamente un cruce.
Apagó el monitor y no lo volvió a encender. Salió con el mate y una silla plegable. La apoyó al costado de la vía, donde la grava se volvía barro. Se sentó. No en el riel, sino al lado. El viento traía olor a madera mojada. El pueblo dormía y él sintió, por primera vez, que no estaba vigilando nada. Estaba acompañando.
No supo cuánto tiempo pasó. La noche se aflojó como un nudo. En algún momento escuchó, muy lejos, un ruido de metal. Tal vez un tren de carga. Tal vez un recuerdo del hierro. No se levantó para comprobarlo. Se quedó sentado hasta que el cielo empezó a aclarar. Cuando la madrugada se volvió día, el sereno entendió que la serenidad no era ausencia de fantasmas.
Era aprender a mirar sin apartar la vista.
Patricio Carlos Villarejo (Argentina, 1968) es escritor y músico. Su obra se interesa por los desplazamientos de la memoria, la fragilidad de lo real y las fisuras de la vida cotidiana. Alterna la creación literaria con proyectos musicales y culturales. Trabaja en un libro de relatos.
