La paradoja del investigador y las 7 anomalías del modelo estándar de la ciencia
Duvier Suárez Fontanella
7/24/20269 min read
"Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate."
Dante Alighieri
Tras terminar un doctorado, uno descubre que la ciencia no solo estudia paradojas, también las produce. Una de las más curiosas es que una comunidad formada por personas altamente cualificadas, entrenadas para detectar errores, sesgos y contradicciones, haya aceptado durante décadas un sistema laboral basado en la precariedad, el trabajo gratuito, la movilidad forzosa y la obligación ocasional de pagar para que otros puedan leer aquello que uno produjo sin cobrar. Este artículo intenta entender cómo llegamos hasta aquí, sin perder del todo el sentido del humor.
La paradoja
Después de terminar el doctorado, uno espera sentir que ha cruzado una frontera. Durante años te explican que estás formándote, que todo forma parte del aprendizaje, que la precariedad es temporal y que al otro lado del túnel te espera una vida profesional razonablemente estable. Entonces llegas al otro lado y descubres que el túnel era, en realidad, una cinta transportadora.
El mundo de la ciencia tiene algo profundamente desconcertante. Está formado por personas seleccionadas durante años por su capacidad de resolver problemas difíciles, tolerar la frustración, aprender con rapidez y detectar inconsistencias. Personas, en general, inteligentes, aun cuando alguna que otra interacción te genere una duda razonable. Sin embargo, esa misma comunidad ha construido, o al menos tolerado, un sistema laboral que, visto desde fuera, parece diseñado por sus enemigos. A esta contradicción la llamo la paradoja del científico: cuanto mayor es la capacidad individual para analizar problemas complejos, menor parece ser la capacidad colectiva para evitar que el propio sistema profesional se convierta en uno de ellos.
Primera anomalía: trabajar mucho para empezar a trabajar
En la mayoría de las profesiones, la formación conduce progresivamente a mejores condiciones laborales. En ciencia, la formación puede prolongarse hasta bien entrada la treintena mientras se sigue hablando de ti como de alguien que todavía está “empezando”. Primero viene la carrera. Después, el máster. Luego, el doctorado. Más tarde, uno o varios contratos posdoctorales. En ocasiones, estancias en distintos países, mudanzas sucesivas, visados, alquileres temporales, relaciones a distancia y una colección de tarjetas sanitarias internacionales. Todo ello bajo la promesa de que la siguiente etapa será la definitiva.
La palabra temporal posee en el mundo académico una elasticidad casi cosmológica. Un contrato de uno o dos años es temporal. Cinco contratos seguidos también. Una década enlazando posiciones en ciudades distintas sigue considerándose una fase transitoria.
El sistema tiene la elegante capacidad de convertir la juventud profesional en un recurso renovable. Siempre eres demasiado joven para tener estabilidad, pero suficientemente adulto para asumir responsabilidades, supervisar estudiantes, impartir clases, organizar congresos, escribir proyectos y producir resultados publicables. Podríamos referimos a esta como la superposición cuántica del científico, eres estudiante y profesor simultáneamente, solo que adquiriendo las peores partes de ambas.
Segunda anomalía: producir gratis, revisar gratis y pagar por publicar
Imaginemos el siguiente modelo de negocio: Una persona dedica meses o años a desarrollar una investigación. Su salario, cuando existe, suele proceder de una universidad, un centro público o una beca financiada con dinero público. Después escribe un artículo con sus resultados, prepara las figuras, corrige el formato y lo envía a una revista. La revista solicita a otros científicos que revisen el manuscrito. Normalmente lo hacen gratis, durante su tiempo de trabajo o durante ese tiempo nocturno que el mundo académico denomina, con delicadeza, “compromiso con la comunidad”. El editor científico también puede trabajar sin una remuneración proporcional al valor que genera. Finalmente, si el artículo es aceptado, la revista puede pedir miles de euros para publicarlo en acceso abierto. ¡Miles, sí, leíste bien!
Es decir, la comunidad científica produce el contenido, realiza buena parte del control de calidad, aporta el prestigio de las firmas y, en algunos casos, paga la factura final. A cambio, recibe un PDF.
No hay que ser especialista en teoría de juegos para sospechar que una de las partes ha negociado mejor que la otra. La ironía alcanza su forma más pura cuando el artículo, financiado con fondos públicos y escrito por trabajadores públicos, termina detrás de una barrera de pago a la que ni siquiera todas las instituciones pueden acceder. La sociedad paga por la investigación, paga los salarios, paga las suscripciones y, a veces, paga también por abrir el artículo. Es una especie de suscripción premium al conocimiento que uno mismo financió.
Tercera anomalía: la moneda oficial es el prestigio
El sistema académico no remunera únicamente con dinero. También utiliza una divisa más volátil: el prestigio. Esto si fuera una gran criptodivisa, imagínate invirtiendo todo tu capital en prestigius; así va toda la comunidad científica. Se acepta organizar un seminario porque “da visibilidad”. Se revisa un artículo porque “es bueno para el currículum”. Se participa en un proyecto sin contrato porque “puede abrir puertas”. Se imparte una charla sin cobrar porque “es una oportunidad”. Se supervisan estudiantes porque “ayuda a consolidar el perfil”.
El prestigio tiene propiedades extraordinarias. No paga el alquiler, no cotiza para la jubilación y no sirve para comprar alimentos, pero puede circular durante años como si fuera una compensación perfectamente válida. La ciencia funciona, en parte, gracias a una reserva inmensa de trabajo invisible: correcciones, revisiones, reuniones, cartas de recomendación, comités, bases de datos, mantenimiento de código, organización de actividades y ayuda informal a colegas y estudiantes. Mucho de ese trabajo es imprescindible, pero poco aparece en las métricas decisivas. La paradoja es que una comunidad obsesionada con medirlo todo ha desarrollado sistemas de evaluación incapaces de medir, o remunerar, una parte considerable del trabajo que la mantiene viva.
Cuarta anomalía: publicar o desaparecer
La expresión publish or perish parece una exageración hasta que uno comprueba que describe bastante bien el mecanismo. No basta con investigar bien. Hay que producir resultados con una frecuencia compatible con convocatorias, contratos y evaluaciones. Un proyecto de cinco años puede tener que comportarse como si generara entregables trimestrales. Una idea profunda debe aprender a presentarse en unidades bibliométricas discretas. El sistema no pregunta únicamente si un trabajo es verdadero, útil o interesante. También pregunta dónde fue publicado, cuántas citas tiene, cuál es el índice de impacto de la revista, en qué cuartil se encuentra y si la firma aparece en una posición suficientemente visible. Como consecuencia, la publicación deja de ser solo el medio mediante el cual se comunica un descubrimiento. Se convierte en la unidad contable de la supervivencia laboral.
Cuando una métrica se transforma en objetivo, deja de ser una buena métrica. Los científicos conocen esta idea. La enseñan. La citan. Y después regresan a rellenar una solicitud de fondos donde deben condensar diez años de trabajo en una tabla de indicadores.
Quinta anomalía: competir por colaborar
La ciencia moderna exige colaboración. Los problemas importantes suelen requerir equipos, infraestructuras, datos, códigos y conocimientos que ninguna persona domina por completo, pero el sistema de contratación y evaluación obliga a demostrar, al mismo tiempo, que uno es excepcionalmente independiente.
Debes colaborar, pero también distinguir con precisión qué parte fue exclusivamente tuya. Debes formar equipos, pero competir con tus compañeros por los mismos contratos. Debes compartir ideas, pero no tan pronto como para que alguien publique antes. Debes contribuir al éxito colectivo, aunque tu continuidad dependa de que tu contribución individual sea cuantificable. El resultado es una estructura que pide cooperación en la superficie y fomenta competencia en los cimientos.
No es raro que grupos enteros trabajen en condiciones de incertidumbre mientras preparan proyectos sobre sostenibilidad, resiliencia y planificación a largo plazo.
Sexta anomalía: movilidad internacional o nomadismo obligatorio
Viajar puede enriquecer una carrera científica. Conocer otros grupos, aprender técnicas nuevas y participar en redes internacionales tiene un valor indudable. El problema aparece cuando la movilidad deja de ser una oportunidad y se convierte en una prueba moral. La disposición a mudarse de país cada pocos años se interpreta como evidencia de compromiso. Tener pareja, hijos, familiares dependientes o simplemente el deseo de construir una vida estable puede parecer una falta de flexibilidad.
Así, la academia termina confundiendo movilidad con excelencia. Una persona puede ser extraordinaria en su trabajo y no querer reiniciar su vida doméstica cada veinticuatro meses. Sin embargo, muchas trayectorias están diseñadas como si el buen científico debiera comportarse como una partícula libre: sin vínculos, sin fricción y disponible para desplazarse ante cualquier gradiente de financiamiento.
Séptima anomalía: investigar la incertidumbre bajo contratos inciertos
La ciencia trabaja con lo desconocido. Investigar implica aceptar que un resultado puede no aparecer, que una hipótesis puede ser falsa o que un método puede fracasar. En teoría, esto exige tiempo, estabilidad y libertad intelectual. En la práctica, muchas personas investigan preguntas inciertas desde contratos que vencen en pocos meses, con proyectos que exigen resultados previsibles y cronogramas donde hasta el descubrimiento debe llegar puntualmente.
Se pide creatividad, pero se penaliza el riesgo. Se celebra la innovación, pero se financia con mayor facilidad aquello que ya parece suficientemente seguro. Se exige pensamiento a largo plazo a trabajadores que no saben en qué ciudad vivirán el próximo año. La institución quiere ideas revolucionarias, preferiblemente entregadas antes del cierre administrativo del trimestre.
¿Cómo fue posible?
La explicación fácil sería concluir que los científicos somos menos inteligentes de lo que creemos. Pero eso sería injusto y, sobre todo, poco interesante. La verdadera explicación es estructural.
La ciencia atrae a personas muy motivadas por el contenido de su trabajo. Investigar puede ser apasionante, y esa pasión reduce la capacidad de negociación colectiva. Cuando alguien está dispuesto a aceptar malas condiciones con tal de seguir haciendo aquello que ama, el sistema aprende rápidamente a convertir la vocación en descuento salarial.
Además, la carrera científica tiene forma de torneo. En cada etapa hay menos posiciones que candidatos. Muchos aceptan sacrificios porque creen que serán temporales y porque siempre existe la posibilidad de convertirse en una de las excepciones que sí alcanza la estabilidad. Cada generación observa las dificultades de la anterior y piensa que podrá optimizar mejor la trayectoria; publicar más, elegir mejor el tema, construir una red más amplia, establecerse más rápido, dormir menos. La precariedad se convierte así en un problema individual de estrategia, no en un problema colectivo de diseño.
También existe una fragmentación profunda. Los científicos trabajan en disciplinas, países e instituciones distintas. Sus contratos dependen de convocatorias diferentes. Sus incentivos no siempre coinciden. Organizar una respuesta común resulta difícil, mientras que aceptar la siguiente oportunidad es urgente.
Por último, el sistema se legitima mediante la selección. Como algunos consiguen sobrevivir, se interpreta que el mecanismo identifica a los mejores. Pero un proceso competitivo no selecciona necesariamente talento científico puro. También selecciona tolerancia a la incertidumbre, disponibilidad geográfica, apoyo familiar, resistencia económica y capacidad para permanecer durante años en una carrera de eliminación. A veces no gana quien investiga mejor, sino quien puede permitirse seguir intentándolo durante más tiempo.
La inteligencia individual no produce automáticamente instituciones inteligentes
Esta puede ser la lección central de la paradoja. Un grupo formado por personas inteligentes no genera, por simple agregación, un sistema inteligente. Las instituciones responden a incentivos, dependencias y relaciones de poder. Un científico puede comprender perfectamente que el modelo es irracional y, aun así, no tener margen para rechazarlo. Puede saber que revisar gratuitamente sostiene un negocio extraño, pero necesitar mantener una buena relación con la revista. Puede considerar absurdo pagar por publicar, pero necesitar ese artículo para competir por una plaza. Puede rechazar la precariedad en abstracto y aceptar el siguiente contrato temporal porque la alternativa inmediata es abandonar la investigación.
No estamos ante una contradicción psicológica, estamos ante una trampa de coordinación. Todos saben que el sistema funciona mal, pero cada individuo tiene incentivos para adaptarse a él y cuanto mejor se adapta cada persona, más difícil resulta cambiarlo.
Después del doctorado
Terminar el doctorado produce una mezcla extraña de orgullo y sospecha. Por un lado, está la satisfacción real de haber completado un trabajo difícil, haber aprendido a investigar y haber contribuido, aunque sea modestamente, al conocimiento. Por otro, aparece una pregunta incómoda: ¿por qué un proceso destinado a formar investigadores exige con tanta frecuencia normalizar la ansiedad, la incertidumbre y la falta de perspectivas?
Quizá el mayor aprendizaje del doctorado no consista únicamente en dominar un tema. Tal vez consista en comprender cómo funciona el ecosistema que rodea al conocimiento; quién lo financia, quién lo evalúa, quién se beneficia y quién absorbe el riesgo.
La paradoja del científico no es que personas inteligentes hagan cosas absurdas. Es que un sistema puede utilizar precisamente su inteligencia, su vocación y su capacidad de sacrificio para perpetuar condiciones que esas mismas personas jamás recomendarían al analizar cualquier otra organización.
Un científico puede estudiar durante años la estabilidad de una estrella, la eficiencia de un algoritmo o la evolución de una población, pero cuando se trata de su propia carrera, a menudo trabaja dentro de un modelo cuya solución estable parece ser seguir buscando otro contrato.
Epílogo: una propuesta modestamente radical
Quizá no haga falta reformar la ciencia desde cero. Bastaría con aplicar a su organización algunos de los estándares que la propia ciencia exige a cualquier teoría respetable. Que las hipótesis sean explícitas. Que los costes no se oculten. Que los resultados puedan reproducirse. Que las métricas midan aquello que dicen medir. Que los incentivos no contradigan los objetivos. Que un modelo incapaz de explicar la evidencia sea reemplazado. Y, sobre todo, que cuando un sistema produce de manera repetida precariedad, abandono y agotamiento, dejemos de interpretar esos resultados como fallos individuales. En cualquier artículo científico serio, una anomalía persistente obliga a revisar el modelo, en la carrera científica, por alguna razón, solemos pedirle a la anomalía que actualice su currículum.
En fin, aquí lo dejo, porque la lucidez tampoco paga la renta y ahora debo convencer a ese mismo sistema de que mi sueño es aceptar otro contrato temporal.a


