La luz que dejamos encendida

GANADORES VOCES DEL INSOMNIO 2026

Manuel Moguer Foncubierta

5/9/20267 min read

Mención Concurso Literario Voces del Insomnio 2026

La luz que dejamos encendida A veces, cuando cae la tarde y el sol se esconde detrás de los tejados como un niño que juega al escondite, la ciudad parece contener la respiración. Las calles se vuelven más lentas, los portales más hondos, y los pasos de la gente suenan como si caminaran sobre un recuerdo. En esos momentos, Clara siempre pensaba que el mundo tenía algo que decirle, pero que aún no había encontrado las palabras.

Clara vivía en un tercero sin ascensor, en un edificio antiguo que olía a madera vieja y a ropa tendida. Tenía treinta y cuatro años, un trabajo que no le disgustaba, pero tampoco le entusiasmaba, y una costumbre que arrastraba desde niña: dejar una luz encendida por las noches. No era miedo a la oscuridad, decía, sino respeto. “La oscuridad también necesita compañía”, solía bromear. Pero en el fondo, había algo más. Algo que nunca había contado del todo.

Cada noche, antes de dormir, encendía la lámpara pequeña del salón. Era una lámpara sencilla, con una pantalla de tela beige y una base de cerámica que había comprado en un mercadillo. La luz que emitía era cálida, casi tímida, como si no quisiera molestar. Clara la encendía y luego se iba a la cama con la sensación de que no estaba sola del todo.

La historia empieza un jueves de noviembre, cuando el viento soplaba con esa insistencia que parece querer arrancar secretos de las ventanas. Clara volvía del trabajo, cansada, con el abrigo empapado por una lluvia fina que llevaba horas cayendo. Subió las escaleras del edificio contando los peldaños, como hacía siempre, y al llegar al tercero se detuvo. Había algo distinto.

La puerta de su piso estaba entreabierta.

El corazón le dio un vuelco. No recordaba haberla dejado así. De hecho, estaba segura de haberla cerrado con llave por la mañana. Se quedó quieta, escuchando. No se oía nada. Ni pasos, ni voces, ni el ruido de alguien moviéndose dentro. Solo el viento colándose por la escalera.

Empujó la puerta con cuidado.

El salón estaba tal y como lo había dejado, salvo por un detalle: la lámpara estaba encendida.

Clara sintió un escalofrío. Ella nunca dejaba la lámpara encendida durante el día. Era un ritual nocturno, casi un pacto silencioso. Y, sin embargo, allí estaba, iluminando la habitación con su luz suave, como si alguien la hubiera encendido a propósito.

—¿Hola? —dijo, con una voz que no parecía la suya.

Nadie respondió.

Revisó el piso entero. No faltaba nada. No había señales de que alguien hubiera entrado. Todo estaba en su sitio. Solo la lámpara, encendida sin explicación.

Clara la apagó, respiró hondo y trató de convencerse de que quizá, por primera vez en años, había olvidado algo tan simple como pulsar un interruptor. Pero la sensación de que algo no encajaba se quedó con ella, como una sombra pegada a los talones.

Esa noche, mientras intentaba dormir, escuchó un ruido en el salón. Un crujido leve, como el de alguien apoyando el peso sobre una tabla del suelo. Clara se incorporó en la cama, con el corazón latiendo rápido. No era la primera vez que la casa hacía ruidos, pero ese sonido tenía algo distinto. Era demasiado preciso, demasiado humano.

Se levantó despacio y caminó hacia el salón. La lámpara estaba encendida otra vez.

Clara se quedó inmóvil. No recordaba haberla encendido. Estaba segura de que la había apagado antes de acostarse. Muy segura.

—¿Quién está ahí? —susurró.

El silencio respondió.

Se acercó a la lámpara y la apagó. Luego volvió a la cama, pero tardó horas en conciliar el sueño. Cuando por fin lo logró, soñó con una figura sentada en el sofá, iluminada por la luz tenue, mirándola con una expresión que no sabía si era tristeza o alivio.

A la mañana siguiente, Clara decidió que necesitaba aire. Se tomó el día libre en el trabajo y salió a caminar por la ciudad. El cielo seguía gris, pero la lluvia había dado una tregua. Caminó sin rumbo, dejando que los pasos la llevaran. Acabó en un café pequeño, de esos que huelen a pan recién hecho y a conversaciones que no quieren terminar.

Pidió un té y se sentó junto a la ventana. Mientras esperaba, sacó su cuaderno. Clara escribía desde niña, aunque nunca había mostrado sus textos a nadie. Eran su refugio, su manera de ordenar el mundo. Pero aquella mañana, cuando abrió el cuaderno, no supo qué escribir. Tenía la mente llena de preguntas que no sabía cómo formular.

—¿Puedo sentarme? —preguntó una voz.

Clara levantó la vista. Era un hombre de unos cuarenta años, con barba de varios días y una bufanda azul. Tenía una sonrisa amable, de esas que parecen pedir permiso incluso cuando ya están ahí.

—Claro —respondió ella, aunque no sabía por qué.

El hombre se sentó y dejó su taza sobre la mesa.

—Te he visto entrar —dijo—. Parecías… no sé, preocupada.

Clara frunció el ceño.

—¿Nos conocemos?

—No. Pero a veces se nota cuando alguien lleva algo en la cabeza.

Ella dudó. No era de contar sus cosas a desconocidos. Pero había algo en la forma en que él hablaba, en su tono tranquilo, que la desarmaba.

—Es una tontería —dijo al fin—. Creo que alguien entra en mi casa.

El hombre arqueó una ceja.

—¿Y por qué lo crees?

Clara respiró hondo. Le contó lo de la puerta entreabierta, lo de la lámpara encendida, lo del ruido en mitad de la noche. Él escuchó sin interrumpirla, con una atención que la sorprendió.

—¿Y no falta nada? —preguntó cuando terminó.

—Nada.

—Entonces quizá no buscan llevarse algo.

—¿Y qué buscan?

El hombre se encogió de hombros.

—A veces, lo que vuelve no es una persona.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Cómo dices?

—Quiero decir… —rectificó él, sonriendo— que a veces lo que nos inquieta no es algo externo, sino algo nuestro. Algo que dejamos sin resolver.

Ella no respondió. No sabía si le molestaba o le aliviaba lo que acababa de oír.

—Perdona —dijo él—. No quería incomodarte. Me llamo Mateo.

—Clara.

—Encantado, Clara.

Hablaron un rato más, de cosas sin importancia. Cuando se despidieron, Clara sintió que algo en ella se había movido, como si una puerta interna se hubiera entreabierto.

Esa noche, Clara decidió hacer algo distinto. Dejó la lámpara apagada y se sentó en el sofá, a oscuras, esperando. No sabía qué esperaba exactamente, pero sentía que necesitaba enfrentarse a lo que fuera que estaba ocurriendo.

Pasaron minutos largos, silenciosos. El viento golpeaba las ventanas. El reloj del pasillo marcaba el paso del tiempo con un tic-tac que parecía más fuerte de lo habitual.

Y entonces, la lámpara se encendió.

Clara dio un respingo. No había tocado el interruptor. Nadie más estaba en la casa. La lámpara simplemente… se encendió.

—¿Quién eres? —preguntó, con la voz temblorosa.

La luz no respondió, pero algo cambió en el ambiente. El aire se volvió más denso, como si alguien hubiera entrado en la habitación sin hacer ruido.

Clara sintió una presencia. No una figura visible, sino una sensación. Como cuando alguien se sienta a tu lado en un banco y, aunque no lo mires, sabes que está ahí.

Y entonces lo entendió.

—Eres tú —susurró—. Mamá.

La palabra salió sola, como si hubiera estado esperando años para ser pronunciada.

Clara cerró los ojos. Recordó la última vez que había visto a su madre, en una habitación de hospital, con la luz tenue encendida porque ella lo había pedido. “No me gusta la oscuridad”, había dicho su madre. “Déjame una luz, aunque sea pequeña”.

Clara había cumplido su deseo. Y desde entonces, cada noche, encendía una luz por ella. Para que no se sintiera sola. Para que encontrara el camino, si es que había un camino que encontrar.

La lámpara parpadeó, como si respondiera.

Clara sintió que algo en su pecho se aflojaba. Una tensión antigua, un nudo que llevaba años apretando. Lloró en silencio, sin intentar contenerse. Lloró por lo que perdió, por lo que no dijo, por lo que aún dolía.

Cuando abrió los ojos, la lámpara seguía encendida, pero la presencia se había suavizado. Ya no era inquietante. Era… familiar.

—Está bien —dijo Clara—. Puedes irte.

La luz parpadeó una vez más y se apagó.

Los días siguientes fueron extraños, pero en un sentido distinto. Clara se sentía más ligera, como si hubiera dejado algo atrás. La lámpara no volvió a encenderse sola. La puerta no volvió a aparecer entreabierta. La casa recuperó su silencio habitual.

Un sábado por la mañana, Clara decidió ordenar un cajón que llevaba años sin tocar. Encontró fotos antiguas, cartas, un pañuelo bordado que su madre usaba siempre. Y al fondo, un sobre cerrado con su nombre.

Lo abrió con manos temblorosas.

Dentro había una carta escrita con la letra de su madre. Decía:

“Clara, hija. Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy. No quiero que tengas miedo. La luz que dejas encendida cada noche no es para mí, sino para ti. Para que recuerdes que incluso en la oscuridad hay algo que te acompaña. No te quedes atrapada en lo que perdiste. Vive. Y cuando necesites hablar conmigo, enciende una luz. Yo sabré escucharte.”

Clara apoyó la carta sobre su pecho y cerró los ojos. No lloró. Esta vez, sonrió.

Un mes después, Clara volvió al café donde había conocido a Mateo. No sabía si lo encontraría, pero algo le decía que debía intentarlo. Y allí estaba él, sentado junto a la ventana, leyendo un libro.

—Hola —dijo ella. Mateo levantó la vista y sonrió.

—Hola, Clara. Ella se sentó frente a él.

—Tenías razón —dijo—. A veces lo que vuelve no es una persona.

Mateo asintió, como si lo supiera desde el principio.

—¿Y ahora?

Clara miró por la ventana. El sol brillaba con una luz suave, como la de su lámpara, pero más viva.

—Ahora —dijo— quiero encender luces nuevas.

Mateo sonrió. Y Clara sintió que, por primera vez en mucho tiempo, la oscuridad ya no necesitaba compañía. Ella sí. Esa noche, Clara no encendió la lámpara del salón. No porque hubiera dejado de creer en lo que significaba, sino porque ya no la necesitaba para sentirse acompañada. Se acostó en la cama, cerró los ojos y respiró hondo.

La casa estaba en silencio.

Y por primera vez, ese silencio no le pesaba.

Era un silencio lleno de luz.

Manuel Moguer Foncubierta (España, 1960). Poeta y ensayista. Licenciado en Humanidades, Educador Social y Animador Sociocultural. Ha participado en talleres, revistas y certámenes literarios. Autor de libros en colaboración y ponente en Congresos de Historia Contemporánea. Compagina la escritura con su actividad profesional y con la difusión cultural.