3er Lugar Concurso Literario Voces del Insomnio 2026
La casita donde vivíamos mi hermana mayor y yo en Caibarién era de madera, con listones separados por el tiempo, y los cimientos se afincaban en lo más alto de un promontorio que miraba al mar. Por las mañanas, el Sol nos despertaba acariciando nuestros cuerpos con sus alargados dedos lumínicos que, sin pedir permiso, se deslizaban por las hendiduras de las tablas.
Me llamó mucho la atención porque no era habitual en ella. Se detuvo justo detrás de mí y observó con detenimiento el boceto de un puente roto al estilo impresionista que yo trataba de plasmar en un lienzo. Después volvió a ser ella: de un lado a otro de la casa a velocidades que hacía que nuestra vieja perra Piscis, medio ciega, se enredara con frecuencia entre sus pies y se recogiera debajo del aparador de madera oscura de la salita hasta que la llamaran a comer o a dar un pequeño paseo por los arrecifes.
Se detuvo otra vez en su veloz ir y venir y me miró dulcemente con sus ojos claros. Era la misma forma de mirar de cuando nuestra madre se marchó del país y nos quedamos solas aquí, a nuestro buen entender. Al principio, no supe cómo enfrentar esa situación con mis 12 años. Ella con 20, había madurado en un solo día; y solía observarme como ahora, con esa mirada mezcla de comprensión sana y optimismo: se percata de la inutilidad de mi esfuerzo, y a su mirada sabia le añade una pícara sonrisa. Sé que me quiere decir que aún no estoy preparada para el impresionismo. No terminé el boceto. Furiosa, lo emborroné con grafito y lo lancé por una ventana.
De la escuelita de arte de Caibarién tengo siempre buenos recuerdos, excepto de mí misma, porque logro comprender todo menos la técnica de los pintores impresionistas. Casi no puedo aceptar su filosofía, su modo de ver las cosas como si todo el mundo existiera dentro de un saco de niebla; como si la visión se fuera perdiendo en un horizonte de tonos breves o como si se fueran empañando los ojos. Apenas puedo dibujar nada con semejante filosofía. Prefiero los colores vivos del expresionismo, y las formas alargadas –que parecen desmayadas en el espacio- del surrealismo.
Salgo a caminar al promontorio. El aire bate fuerte mis cabellos y las gotas de salitre impactan mi cuerpo como perdigones. Los que no pueden, siguen su camino más allá hasta su próximo blanco. Siento que los dedos callosos de mi hermana se aferran a mi mano, la aprietan un poco y me hace sentar allí, algo más abajo, donde los arrecifes hacen una pequeña ensenada y un árbol desprovisto de hojas sirve de faro a los peces que deciden morir en la orilla.
Perdí la cuenta del tiempo y el número de olas que compitieron por conquistar suavemente nuestras rodillas. Aunque evitábamos el tema, ambas sabíamos que mañana era el cumpleaños de mamá. Cada año veníamos a la ensenada y le brindábamos el mismo homenaje: un prolongado silencio que finalizaba, invariablemente en un abrazo infinito. El de este año me pareció – no entendí entonces el por qué – más apretado, cálido y tierno que en otras ocasiones.
Tomó su sempiterno parasol carmelita y se dirigió a la casa. Yo me quedé castigando al mar con pequeñas piedras que, al arrojarlas, le producían heridas de espuma en su viaje al fondo, o arañaban sus olas mientras viajaban como platillos por la superficie.
Al día siguiente, me levantó de la cama el gemir sostenido de Piscis que se mezclaba, a intervalos, con aullidos temblorosos. El Sol apenas comenzaba a empujar la noche hacia otro hemisferio, y la casa aún se encontraba en penumbras. La perra se calló de pronto; entonces se hicieron sentir los ruidos propios de la casa: el ligero tic tac del reloj de péndulo de la sala; el goteo armónico de la llave del agua de la cocina; afuera, el lejano tropezar de las olas contra los tozudos arrecifes. Me llamó sobremanera la atención no sentir en el inmóvil silencio el ir y venir de Betty por la casa, que ya a esa hora preparaba el desayuno. Caminé hasta la cocina. Allí no estaba. Fui hasta su cuarto donde un primer rayo de sol – lleno de polvo -, había descubierto una hendija y se deslizaba por la habitación. Tampoco estaba allá. La perra comenzó a aullar de nuevo junto a la puerta de la casa. Mientras abría el carcomido portón, comencé a percibir los latidos de mi corazón. Algunos pájaros mañaneros intercambiaron trinos de un pino al otro, y el amanecer se completó cuando las estrellas fueron borradas del firmamento por la luz diurna.
Una gaviota desfallecida voló con dificultad por sobre mi cabeza. Seguí con la vista sus giros lentos. El batir angustioso de sus alas cansadas la llevaron a la ensenada. El bote desvencijado era apenas un punto que se destacaba en el saco de niebla que aspiraba a desprenderse del horizonte. El parasol carmelita de Betty emergió del vapor matutino como una medusa muerta del fondo del mar. Bajé lentamente a lo profundo del recodo del litoral hasta detenerme encima de una piedra plana. La visión de mi hermana al encuentro de nuestra madre – algo que yo sabía que sucedería algún día -, se fue perdiendo en la lejanía de tonos breves.
Solo logré llorar cuando tomé el atril y plasmé en el lienzo éste, el último adiós a Betty. Mis ojos hacían que los pinceles atraparan aquel momento, pero en un mundo de impresiones borrosas por las lágrimas.
Mis compañeros de la escuelita de arte quedaron sorprendidos cuando les mostré por vez primera el cuadro que reflejaba la instantánea de un doloroso adiós. La reacción de mi profesor de dibujo fue más directa: “Acabas de descubrir qué es la técnica impresionista”.
(Lo que continúa siendo un misterio para mí, fue el sonido de pasos apresurados que percibí en la salita justo un año después. Asustada, me asomé desde el dormitorio. No había nadie, salvo mi perra mirando fijamente hacia un punto indefinido. Entonces me acerqué con lentitud a la ventana que da a la ensenada, allí donde tengo colgado mi cuadro impresionista. En el fondo del lienzo se destacaba ahora un puente roto, donde una gaviota me observaba con esos ojos dulces llenos de comprensión y optimismo que tanto añoro).
