Homo promedius
GANADORES VOCES DEL INSOMNIO 2026
Enrique Urban
5/9/202610 min read
3er Lugar Concurso Literario Voces del Insomnio
"...los tíos nos medimos la polla, aunque sea en silencio, aunque sea con neutralidad científica de investigador de campo, y hacemos nuestras cábalas conyugales y nuestros cálculos sociológicos."
Carlos Marzal
Enrique Urban (Cádiz, España, 1979). Sureño que irrumpe a partes iguales entre el istmo perezgaldosiano, las marismas de la Isla Mínima y el Valle del Guadalquivir.
Si hay algo propio del género masculino de lo que se habla poco, la medición que uno mismo se hace de su fistro supone un ejercicio que aúna a un mismo tiempo temor, patetismo y rigor. Temor por cuanto en el primer cálculo no sabes si vas a quedar en fuera de juego, dentro de la media o por encima de la misma. Patetismo en el sentido de que, en sí, la maniobra y la postura que has de acometer resultan ridículas incluso en el absurdo de tu soledad. Y rigor cuasi científico para que la medida del falo se ajuste a los parámetros y a las técnicas internacionales, sabiendo ubicar el aparato medidor en la base del monolito, así como solucionar los tramos con curvaturas. ¿Quién es el referente en el campo de la ciencia aquí? ¿Qué publicación es la más actualizada?
Con 18 años, en primero de carrera, una profesora acreditada, explicando los genitales masculinos, soltó de repente un promedio de centímetros en lo que al pene se refería: de 12 a 18 centímetros. Recuerdo enseguida cómo, estando previamente la clase en respetuoso silencio, se hizo un silencio aún más abrupto; fue un silencio impactando en otro silencio, una especie de agujero negro del universo no sonoro. Se sucedieron miradas de soslayo algo apuradas entre los hombres que estábamos ahí, pues quizá, por lo menos en mi caso, muchos desconocíamos nuestras medidas. Mentalmente, me convoqué a mí mismo para la tarde. Había que esmerarse en dicha tarea; en esos momentos pasó a ser lo primordial en mi escala de valores, como si de deberes científicos se tratara. Pasé el resto de la jornada matutina preocupado por si no estaba en la media. (Temor). Me parece recordar a mis compañeros de clase también con un punto de distracción esa mañana. Eso sí, ninguno sacó el tema. Somos ceporros por naturaleza. Me recordó al asunto de los complejos que algunas compañeras tenían por entonces con el tamaño de sus senos, siendo el pecho algo más notorio en el día a día, aunque no lo muestres, y comentado por todos y por todas. No ocurre lo mismo con los penes.
Nunca me había planteado formularme ese interrogante: ¿mi pene da la talla? El fistro nunca fue generador de problemas o de preocupaciones en mis pocos años de vida. Es cierto que estamos clasificados y jerarquizados de manera tácita en muchas cuestiones: estatura, fuerza, inteligencia, destreza, belleza, habilidades deportivas... La propia existencia va introduciendo en cada uno de forma espontánea esos roles y esas clasificaciones que el discurrir de la vida en sociedad conlleva implícitamente; asumimos poco a poco las cartas que nos han ido tocando, y empezamos a jugar instintivamente esta partida que supone vivir, aunque no quieras o estés desubicado. Precisamente ese no querer o esa desubicación forman parte de tu baraja.
En esos momentos, en el primer año de universidad, me estaba organizando en la incipiente edad adulta, en los albores de la vida responsable; ya me habían tallado para la mili, había podido estudiar lo pretendido de inicio y jugaba al fútbol; poco más en mi rutina, la verdad. Mi pene no era el problema hasta que la señora profesora dijo lo que dijo. Así, por la tarde, ya en mi hogar, me preguntaba dónde encontrar una regla para mi estudio inminente que me llevara a salir de dudas de una vez. Tras dar bandazos por aquí y por allá encontré una regla infantil, descolorida y rayada, a la que le iba a caber el honor de colocarse junto a mi Gorki para dar fe de su estatura. Cuando conseguí quedarme solo en un cuarto con pestillo —en una casa de seis personas puede llegar a ser un anhelo imposible—, caí en la cuenta de que mi miembro debería estar estimulado, suponía yo. No quería ni imaginar que ese promedio dado por la docente se refiriera al estado flácido. Una vez animado el elemento en cuestión con la energía vigorosa y la facilidad de los 18 años, me pregunté si el aparato medidor debía ir a lo largo de lo conocido como el dorso peneano (lo que yo diviso estando de pie), o la zona anterior del pene, es decir, su reverso. Intuí que debía apoyar la regla en toda la base del falo desde mi perspectiva visual más natural, topando sutilmente con la primera estructura ósea subyacente para ajustarme al auténtico cimiento fálico. (Rigor). Me miré en ese momento al espejo, y la imagen reflejada conformaba una estampa irrisoria: de pie, el pito alargado, con una regla infantil sobre su recorrido, y mi cara de capullo. Dos capullos, por tanto. (Patetismo). Resoplé. Intenté colocar a Gorki lo más vertical que pude, pues tiende a curvarse hacia delante, y divisé hasta qué dígito de la regla llegaba su cabezón. En la media de ese promedio. Justo en la media de la media. Suspiré aliviado, y recuerdo que, tras el alivio, me pregunté a mí mismo si había anclado bien el medidor, y si había conseguido una feroz erección, con la ilusión de arañar unos milímetros o centímetros más. Es decir, tras la satisfacción de no ser un pichacorta, quedaba la lucha por intentar superar la media estimulando aún más al pene e intentando recolocar una y otra vez la regla. Pero no. No hubo por dónde conseguir más altura.
Me despreocupé de inmediato de los centímetros peneanos. Desapareció de entre mis inquietudes y ni siquiera saqué el tema con los compañeros al día siguiente, sabiendo con la certeza que te da el cromosoma Y que todos habíamos hecho lo mismo esa tarde, histórica al menos para mi persona, pues se trató del primer registro del tamaño de Gorki. Como iba diciendo, una vez me encontré en la media de la media, olvidé el tema sin más. Todos estos años que conforman mi pasado, el comportamiento del pirulo había sido ejemplar; ha sido, de hecho, un gran amigo, fiel y cumplidor. No volví a preocuparme por el asunto en mi vida… hasta que acudí a un cumpleaños este último sábado, bastantes años después de la primera medición.
En dicho cumpleaños, nos reuníamos varios y varias en torno al protagonista. Yo conocía a algunos y a otros no, pues resultábamos un conjunto muy heterogéneo en lo que a la génesis de la amistad con este tipo se refiere. Incorporándome a un grupo que mantenía una conversación, observé que había un hombre al que acorralaban a preguntas mientras él contemplaba, risueño, su teléfono y lo mostraba al respetable. Resulta que Juan, así era como se llamaba, llevaba separado 7 meses y se había zambullido en las excitantes aguas de Tinder, relatando cómo no paraba de conocer mujeres que estaban dispuestas a tener relaciones sexuales, y a continuación, si te he visto no me acuerdo. Juan se regodeaba de que, en cualquier momento, por ejemplo, ahora, como él decía, enviaba una frase a alguna chica de Tinder, y si ambos accedían, esa noche follaba. Así de fácil, seguía presumiendo tan pancho, enseñándonos la pantalla de su móvil, donde efectivamente aparecían chicas atractivas a las que abordaba con frases amistosas.
Un catedrático de historia, que oía las aventuras de Juan con cara de sorpresa, le preguntó por su pene, si respondía adecuadamente a las nuevas exigencias físicas de su vida de separado, pues desde sus conocimientos de antropología, empezó a decir en tono algo pedante, el pene puede verse reducido de tamaño y de fuerza con la edad. Dijo antropología, pero yo aún no sé qué tiene que ver la antropología con el declive peneano. Además, prosiguió el profesor, a mujeres como las que conoces ahora, que prácticamente solo quieren follar, como tú, les interesa mucho el tamaño del pene. Y a continuación se dirigió a los demás, para formular esta inquietante pregunta: ¿no habéis notado la polla más chiquitita, caballeros? Joder con el catedrático.
Evidentemente, merced al alcohol y a las ganas de juerga, la respuesta mayoritaria, prácticamente al unísono, fue la de pitorrearnos del catedrático; más concretamente, de la polla del catedrático. Pero yo, tan tendente a lo obsesivo, recordé mi episodio universitario, cuando debido al comentario preciso de una acreditada profesora —también catedrática, lo que son las casualidades—, me medí el miembro. Y me pregunté por si con el paso del tiempo, la media de la media había sido modificada hacia el percentil más bajo de la media, o incluso, por debajo de la media. Estuve pensando en meterme en el cuarto de baño del local, y a través de alguna aplicación de móvil medirme el pito. Lo vi imposible. Lo vi más difícil que en una casa de seis personas. Esta noche, me dije. Lo que sí hice fue buscar en internet el procedimiento más estandarizado para tal cuestión, y como era de esperar, abrumaba la abundancia de información, abandonando hastiado.
Y en efecto, lo primero que realicé en mi domicilio una vez me duché y me relajé, fue, como si reviviera mi medición universitaria en una especie de flash back neuro- narcisista, buscar una regla con la que llevar a cabo mi misión. Encontré una cinta métrica flexible, de estas que se usan en la costura, y me dediqué a estimular a un Gorki algo distraído en dicho menester. Me costó bastante, la verdad, por la hora, por el alcohol, y por qué no decirlo, por la edad. Incluso tuve que recurrir al móvil. Muy lamentable.
Una vez mi pito estaba eufórico, procedí con el mismo temor de antaño —¿habrá llegado la decadencia?—, sintiéndome igual de patético o más que con 18 años —la autoconciencia de una labor y una imagen formidablemente ridículas azotaba mi sentido común—; creí aplicar un mayor rigor científico sobre el tema tras varias lecturas en internet —¿dónde está el Maestro del Tallaje Peneano, me seguía preguntando?—. Realicé una primera medida tal como lo había hecho en mi época universitaria, es decir, utilizando esa misma técnica. Todo en orden. En la media del promedio de la catedrática. En la media de la media. Suspiré aliviado. Me fijé, no obstante, en que la cinta métrica flexible permitía una mayor versatilidad en cuanto al ajuste, pues recorría perfectamente la curvatura de mi pene, con lo cual percibí que, de esta manera, sacaba un par de centímetros más. Madre mía, mi ego in crescendo. Y ya recreándome, ajusté la cinta por la otra cara peneana, la que no divisamos los hombres cuando orinamos de pie, y al fijar la base del falo más atrás, conseguí aún más centímetros, tres concretamente. ¡¿Qué coño pasa aquí?! Cuando ya me aburrí de medir, repasé alguna lectura seudocientífica que había llegado a mí esa tarde, y me parece que estas dos últimas mediciones no estarían validadas en una competición fistral. Me descalificarían, me temo, aunque me queda la duda de no saber realmente cuál es la técnica científicamente más válida. No problem, me quedo nuevamente en la media del promedio. No pasa nada. Me mantengo. Nos mantenemos, Gorki.
Ya entrada la noche, mientras contemplaba una serie con auténtico desinterés, me invadieron pensamientos y reflexiones desde esa media entre las medias en el sentido de caer en la cuenta de que soy un hombre promedio. Homo Promedius. ¿Es eso bueno o malo? Desde los centímetros de mi pene me trasladé a otras facetas mías, otros aspectos, otras características, algunas menos mensurables que otras, y resulta que siempre he estado en la media. Me di cuenta con cierto sopor, de que no he sobresalido por encima de la media en nada. Mis ítems se han acomodado en los abundantes intervalos de la medianía. Soy el reflejo de la talla de mi pene. Ni en mis aficiones ni en mis labores he escalado a valores superiores a la media… Cuando jugaba al fútbol recuerdo que muchos me decían “es que eres un jugador muy típico”, como algo negativo. Más claro, agua. Ni tocando la guitarra, ni cantando… Y por supuesto, ni escribiendo. Nunca me he escapado de los valores estándar. Soy uno más repartido de manera anodina en un amplio espacio común, luchando por entender algo de lo que va aconteciendo en este suceder trepidante de lunas y soles.
Quise racionalizar el asunto a través de los logros que he ido obteniendo, comprobando que, afortunadamente, todo me ha ido bien. Pero no he sido ni el más alto, ni el más fuerte, ni el más listo… Ni el del pene más grande. He estado ahí, que no es poco… ¿O sí? ¿Es un argumento conformista? Es decir, podría ser peor, podría estar bajo la media, o en los escalones inferiores de esa media...Y no, suelo estar en la burguesa zona media de la media; soy un ciudadano gris al que deslumbran los colores de la cotidianidad, no digamos ya la excepcionalidad.
Me sigue causando sorpresa el fluir de mis pensamientos hacia polos negativos y melancólicos tras episodios aparentemente pueriles e insignificantes, como el del tamaño del pene con 18 años, y ahora. Me quedo pasmado al comprobar la aparición de dos hechos puntuales en mi existencia, separados por muchos años, como son los dos días de mi vida destinados a tallar mi falo, y cómo a través de intrahistorias y vivencias propias y ajenas, se interconectan entre sí para terminar concluyendo en la realidad de mi vulgaridad. ¿Cuál es mi legado? ¿Qué he aportado yo a la humanidad? Homo promedius. Homo vulgaris. Cierro el círculo una vez finaliza esta segunda medición, a estas alturas de mi biografía, realizando una estimación de quién he sido y soy en este mundo. Y es una estimación que rezuma una trivialidad palpable, por momentos insoportable. No puedo creer que desde el conocimiento del tamaño de mi pene acabe desarrollando sensaciones agridulces proyectadas a mi vida y a mis posibilidades y habilidades. Impresionante.
Odio a los catedráticos. No habrá más mediciones.
