El pasto más verde

GANADORES VOCES DEL INSOMNIO 2026

Viviana Hernández Alfoso

5/9/20263 min read

Mención Concurso Literario Voces del insomnio 2026

En el vagón de segunda clase, Leonardo García cierra el diario, lo dobla y lo deja en el asiento vacío a su lado. Siente un hormigueo por todo el cuerpo al pensar que ya no leerá los clasificados en busca de trabajo, que no se preocupará por encontrar un lugar chiquito para vivir entre el futón, un escritorio minúsculo y un microondas, preferentemente cerca de su trabajo para ir y volver caminando. Ahora ha dejado todo eso atrás y debe regresar a casa, a la casa de sus padres. Dice “debe” porque lo persigue un fracaso augurado, y tendrá que olvidarse de ser Uno porque hay muchos Unos igual a él, luchando por lo mismo, y eso mismo que buscan es un bien escaso que sólo se abrió para Uno que no fue él. Fracasar no es ningún delito, se dice. Al menos lo intentó hasta que se cansó de mendigar trabajos, comida, un lugar donde dormir hasta que las cosas se solucionaran, pero nunca se solucionaban e iba boyando de un lado al otro, dentro de una ciudad cerrada y comprimida en sí misma. Una ciudad demoledora para gente como él, que venían del campo, sin noción de lo feroz, de lo verdaderamente feroz que pueden ser los propios congéneres.

Leonardo mira por la ventanilla y ve un muchacho de cabellos negros sobre un caballo, viendo pasar el tren, posiblemente para cruzar las vías cuando la máquina deje de escindir el verde. El chico monta a pelo, aferrado a las crines, con sólo una remera y unos pantalones cortos, descalzo. Leonardo lo observa hasta que lo pierde. Cierra los ojos y evoca la imagen estática del chico y del caballo, centauro, piensa y sonríe, sabiendo que en su pueblo, en la quinta de su padre, nadie sabe lo que es aquel animal mitológico. Y la sonrisa se le transforma en una lágrima por esa libertad que sabe que el muchacho posee, por esa posibilidad de tomar las decisiones correctas en el futuro.

En el vagón comedor, Isidora Schmidt revuelve el té con leche mientras mastica con lenta parsimonia de rumiante un pedazo de bizcocho de pan. La pequeña mesa adosada a la pared del vagón le parece infinita. Falta otra taza, otra cucharita, otras manos desgranando el segundo bizcocho y los lentes de lectura y el diario a un lado. Falta Isaac y la tos que lo acompañó los últimos tres años. Falta el subrepticio olor a cigarrillo que él se esmeraba en ocultar con las pastillas de menta. Faltan las discusiones sobre el cigarrillo y el enfisema y los pulmones y el tiempo. Sí, el tiempo que a él no le alcanzó para conocer a su segundo nieto, ese que nació ayer, ochomesino, apurado por salir al mundo y al que le pusieron Ignacio, porque Isaac ya no se usa.

Isidora mira por la ventanilla y ve un muchacho sobre un caballo negro, viendo pasar el tren, posiblemente para cruzar las vías cuando la máquina deje de escindir el verde. El chico monta a pelo, aferrado a las crines, descalzo, con sólo una remera y unos pantalones cortos. Isidora lo observa hasta que lo pierde y cierra los ojos y evoca la imagen estática del chico y del caballo, y recuerda otro muchacho y otro caballo y una mano tendida para ayudarla a subir a la grupa. Y la sonrisa se le transforma en una lágrima por esa juventud que envidia en el muchacho.

El muchacho se ha escapado de la casa y ha robado el caballo del vecino. Quiere dar una vuelta por el campo, como hacía antes cuando el cuerpo no le dolía. El caballo es manso y será un buen compañero. Sabe que debe volver a la casa, pero lo hará más tarde, después de oler la tierra arada, de hartarse de nubes y sol y viento, de ver pasar el tren de pasajeros con las caras pegadas a las ventanillas. Nunca ha viajado en tren y tal vez, nunca lo haga. Esa escapada a la rutina de los cuidados y de los medicamentos, a su madre con los ojos rojos, cansada y alterada, tratando de mostrarse alegre, pronto terminará. Aunque no se lo digan, el muchacho lo sabe. No se resigna.

El muchacho mira el tren y a sus pasajeros. Observa hasta que los pierde de vista. Cierra los ojos y no puede dejar de pensar en lo maravilloso que sería llevar a cuesta un largo pasado y la esperanza de un mañana.

Viviana Hernández Alfoso (Argentina). Ha publicado: “El creador de mitos y otros cuentos”, Kodama Cartonera (México); “Cuentos desde el fin del mundo”, Letras Cascabeleras (España); “El manzano” Novela, Bookaholic Ediciones (Argentina); “La esposa de Johan” Novela, Berezhaziku, (España); Ganadora de varios premios literarios, entre otros, Primer Premio de la 63º edición del Premio “Gabriel Miró” de la Fundación Mediterráneo.