El fin de los artesanos del pensamiento

MUNDOS PARALELOSGRETEL QUINTERO ANGULO

Gretel Quintero Angulo

9/10/20267 min read

En esta semana una noticia ha conmocionado al mundo científico: el anuncio en el que OpenAI afirma haber hallado una solución al Problema de Navier-Stokes, uno de los Problemas del Milenio (la célebre lista de los 7 problemas matemáticos más difíciles del mundo definidos en el año 2000 por el Clay Mathematics Institute, cada uno con un premio de 1 millón de dólares por su solución).

La controversia que ya de por sí trae consigo todo lo relacionado con la IA se ha visto en este caso amplificada después de que el matemático Tristan Buckmaster, de la Universidad de Nueva York, acusó a OpenAI de llegar a su resultado siguiendo una estrategia que él y su colaborador Levent Alpöge habían estado desarrollado durante meses con la ayuda de Codex, una herramienta de programación de esta compañía. OpenAI niega haber utilizado directamente los cálculos de estos dos científicos, aunque reconoce que no puede descartar que datos desidentificados procedentes de su trabajo hayan contribuido de manera indirecta a mejorar sus modelos, y yo me he quedado pensando que quizás deberíamos estar todos más atentos a aquello de que lo que compartimos en la IA pasa a ser parte de ella.


Pero además del problema del plagio, y de que la solución aportada por OpenAI esté ahora mismo bajo un intenso escrutinio científico a fin de determinar si es correcta o no, el anuncio ha reavivado también entre los científicos un miedo que aunque como humanos no nos es desconocido, se da ahora quizás por primera vez en nuestra comunidad: el temor a ser sustituidos por las máquinas. Porque si bien desde hace cientos años las máquinas son capaces de realizar labores mecánicas, no ha sido hasta la última década que pueden también enfrentarse con éxito tareas intelectuales complejas.

El temor a que las máquinas “nos quiten el trabajo” se combina con otro aún peor para los investigadores: el miedo a que “cualquiera” pueda hacerlo, como ha pasado con el problema 1196 de Erdős, un enigma matemático que luego de décadas sin solución fue resuelto a principios de 2026 por un aficionado británico de 23 años, quien “simplemente” utilizó un prompt ingenioso en GPT-5.4 Pro. En este caso, la solución aportada por la IA ya ha sido verificada y formalizada por humanos.

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Si algo ha demostrado la humanidad a lo largo de su historia es que si una cosa es “hacible”, eventualmente alguien va a hacerla; y esto va tanto en el buen como en el mal sentido. Ni la razón, ni las leyes, ni la lógica incluso en su versión más mundana como sentido común, han disuadido nunca a los seres humanos de emprender las tareas más peligrosas y descabelladas, de ejercer su poder más allá de lo seguro, lo recomendable e incluso lo ético.

En los albores del Renacimiento, tres barcos de vela españoles emprendieron un viaje al oeste basados en un cálculo mal hecho de las dimensiones de la Tierra, el conocimiento con que se contaba en la época acerca de las corrientes oceánicas y la experticia marinera de los hermanos Martín Alonso y Vicente Yáñez Pinzón, los navegantes que a la larga llevaron exitosamente hasta las costas de Las Bahamas a la expedición de Cristóbal Colón. Richard Feynmann, por su parte, solía jactarse de ser la única persona en haber visto a ojo desnudo la primera explosión nuclear de la historia durante la prueba Trinity, el 16 de julio de 1945 en Nuevo México, y la verdad es que en aquel momento los científicos implicados en el proyecto Manhattan no tenían noción de las consecuencias a largo plazo que su devastador invento estaba por causar, al punto que solo pensaban en protegerse los ojos. Si la humanidad fue capaz de desencadenar deliberadamente una explosión nuclear en cuanto tuvo la posibilidad técnica de hacerlo, ¿por qué habría de comportarse de otra manera ante una tecnología capaz de algo tan aparentemente inocuo como resolver problemas matemáticos?


Los científicos estamos viviendo ahora con la IA algo similar a lo que vivieron los trabajadores textiles en la Primera Revolución Industrial en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando la mecanización redujo drásticamente la necesidad de determinadas habilidades artesanales y trasladó buena parte de la producción desde hogares y pequeños talleres hacia las fábricas, cambiando la forma en que se había organizado tradicionalmente este trabajo. Sin embargo, los artesanos no desaparecieron, ni todas las profesiones manuales fueron sustituidas. De hecho, a día de hoy, aunque la industria textil continúa produciendo desde hilos y tejidos hasta productos acabados de forma masiva, el diseño de moda es probablemente una de las artes más elitistas y las personas que saben coser y tejer a mano son vistas como trabajadores en cierto sentido especiales, siendo que muchas veces los productos que elaboran tienen un precio mayor a sus análogos industriales gracias al valor que les añade el trabajo artesanal.

De igual forma, el desarrollo de la IA no está acabando con nuestra capacidad de pensar, sino con la necesidad de que determinadas tareas intelectuales sean realizadas exclusivamente por humanos. El problema radica, para muchas personas, en la creencia de que el trabajo intelectual es “especial” o “superior” al artesanal, entre otras razones, porque hasta ahora no existían máquinas capaces de realizarlo, cuando en realidad la máquina no es más que una extensión de nosotros mismos en ambos casos. La IA no nos supera tanto en inteligencia o creatividad como en su capacidad de procesar una cantidad de información mucho mayor que nosotros en tiempos relativamente cortos, lo que a la larga le permite hacer asociaciones entre determinadas disciplinas o conocimientos que para personas con una alta especialización serían casi imposibles, perdidos como están muchas veces los investigadores en el mar infinito de publicaciones en el que la ciencia se mueve en la actualidad. De hecho, uno de los señalamientos más comunes ante estos avances de la IA es el argumento de que si ella ha llegado a la solución de un problema específico es porque alguien ya lo había hecho y publicado antes. Y sí, tal vez la solución o sus ingredientes ya existían, solo que en otro contexto, uno tan alejado de la pregunta en cuestión que habría sido improbable que algunas de las personas que trabajaban en responderla se dieran cuenta.

Pero incluso si la IA pudiera llegar no solo a repetir o mezclar, sino a crear algo completa- o razonablemente nuevo, tampoco veo esto como una amenaza. La experiencia de la creatividad, casi siempre asociada con el arte, pero que al final tiene su espacio en toda actividad humana, es algo intrínsecamente personal. Aunque todos, en tanto seres humanos, compartimos la capacidad de crear, cada quien experimenta y expresa esa capacidad de una manera determinada por su sensibilidad, su psicología y su historia de vida. Que la IA pueda crear ilustraciones o música, escribir novelas o producir películas, no nos impide a nosotros hacerlo, como tampoco prohíbe el disfrute de todo el arte posible, ya sea producido por personas o por máquinas.

En la ciencia la cuestión es algo más complicada, pues una vez que la IA resuelva un problema, nadie más tendrá la oportunidad de cargar con la gloria de haber sido el primero en hacerlo. Pero algo similar ya pasaba antes. A fin de cuentas, es normal que, ante un problema científico, varios investigadores intenten resolverlo de manera simultánea, ya sea en colaboración o en competencia. Sin embargo, a la larga, el crédito suele recaer en quienes primero encuentran lo que se considera una solución “final” o “completa”, dejando en segundo plano a quienes realizaron aportes significativos durante el proceso, por más importantes que hayan sido estos. Lo que diferencia a la época actual es que esa colaboración o competencia incluye también a los modelos de inteligencia artificial, de los que, por demás, uno puede beneficiarse siempre que sea capaz de usarlos como la buena herramienta que son.

Con esto no quiero decir que hay que dejar de darle importancia a lo que considero es actualmente el punto central del debate alrededor de la relación entre IA y ciencia, y que a mi entender consiste en la preocupación que genera el hecho de que si las máquinas empiezan a resolver en cuestión de horas problemas que a los seres humanos les toma décadas entender, se corre el riesgo de destruir el proceso de aprendizaje, comprensión y razonamiento profundo de la ciencia. “Sería como tener máquinas que levantan las pesas por ti en el gimnasio" según la analogía popularizada por el matemático, ganador de la Medalla Fields, Terence Tao. Obviando el hecho de que este retroceso en la cultura y el pensamiento crítico parece estar ocurriendo ya a gran escala, sin tanta necesidad de intervención de la IA, quiero volver al paralelismo con la Revolución Industrial, porque, como he dicho antes, aunque nuestra habilidad de razonar no desaparezca sí va a cambiar, pero eso no significa que el cambio sea necesariamente para peor.

Quizás en lo adelante la inteligencia consista más que en un conjunto de habilidades matemáticas en crear el prompt correcto o en formular las preguntas necesarias de la manera adecuada; en saber diferenciar las situaciones en las que la IA resulta más eficiente de aquellas en las que nuestra pericia y experiencia deben liderar. Tal vez solo sea cuestión de aprender a dejarnos ayudar, porque a veces las personas podemos llegar a ser tan egocéntricas que en lugar de celebrar la aceleración que este tipo de herramientas puede traernos en cuanto a la creación de nuevos conocimientos, o de disfrutar de la posibilidad de ver resueltos definitivamente problemas que llevan cientos de años dando vueltas por la comunidad científica, vemos en la IA solo el peligro del retroceso intelectual y la suplantación.

Que la IA tiene riesgos es claro, todo en esta vida lo tiene: por más ilusión de seguridad que puedan transmitir algunas épocas, lo cierto es que la humanidad ha estado casi siempre viviendo al borde del desastre, cuando no ha debido emplear varias de sus generaciones en corregir algunos de ellos. Que hay que establecer regulaciones legales para protegernos entre otros, del plagio, por supuesto. Que la IA comete errores y requiere verificación humana, pues también. Pero llorar por las enormes puertas que nos está abriendo no tiene sentido para mí. Por qué asustarnos de los lugares a los que puede llegar, si, a fin de cuentas, por más alta que sea su potencia, la IA no deja de ser una creación humana. ¿Ustedes se han parado a pensar que si algún día, como tantos temen, tomara conciencia, la humanidad se convertiría automáticamente en Dios?

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