2do Lugar Concurso Voces del Insomnio 2026
Estoy vestida con la túnica resplandeciente, el lazo bien armado y la diadema nueva que me compró mamá. Alguien podría pensar que hay un acto en la escuela, pero no. Para todo el mundo hoy es un día común y corriente excepto para mí: a la salida mi padre viene a buscarme, luego de estar tres meses embarcado en alta mar.
Hace una semana que mamá está insoportable tratando de que todo esté a la perfección: limpió la casa, se cortó el pelo, se compró ropa, me preparó como si fuera una muñeca y me dio órdenes de todo tipo. Cada vez que mi padre regresa se pone muy nerviosa y parece otra persona.
Soy la última en salir y me pongo al final de la fila. Me da vergüenza venir tan arreglada a la escuela y que venga a buscarme, porque mi padre camina como si fuera la persona más importante del mundo y su regreso fuera una fecha patria. Cuando estamos frente a frente, hago un esfuerzo por sonreírle. Luego me toca la cara como si fuera un médico y me dice “qué grande que estás” como si fuera todo un descubrimiento.
En el viaje no hablamos una palabra. Llegamos a la casa en silencio y mira todo a su alrededor como un jefe controlando con desconfianza a sus empleados. Mamá sonríe de forma exagerada y trata de sacarle tema de conversación.
—Tengo un regalo para ti. Acompáñame hasta el auto —me dice misterioso.
De la caja del auto saca una bicicleta divina que está destinada a ser la envidia de todo el barrio. Tiene un canasto, campana, una luz y tiras de todos los colores saliendo del manillar.
—Estas dos semanas voy a enseñarte a andar en bicicleta…
—¡Qué buena idea! —dice mi madre ante mi sorpresa, porque hace semanas que aprendí a andar en bicicleta con los niños del barrio.
—Lávate las manos que vamos a merendar, y luego vas a tener tu primera clase — me dice mi padre exigente.
Mamá me pide que la ayude y en la cocina me habla en voz baja.
—Síguele la corriente a tu padre, tiene que ser él quien te enseñe. Si sabe que aprendiste sola en la calle se va a poner como loco. Hacé caso en lo que te digo.
Yo le digo que sí con la cabeza y pienso en cómo voy a hacer para fingir. Los niños del barrio no van a entender nada, aunque después de todo, ninguno se acerca cuando está mi padre cerca. A él no le gusta que juegue en la calle. Cuando está en casa, tengo que quedarme todo el día en el cuarto como si los tres estuviésemos embarcados en alta mar.
La mesa queda lista y me dan ganas de sacarle una foto. Mamá puso el mantel, hizo torta, sándwiches, café y hasta decoró la mesa con algunas flores. Mi padre nos pregunta cosas mientras lee el diario, como si fuera de vida o muerte enterarse de las noticias que se repiten todos los días.
Por fin lo apoya sobre la mesa y me entusiasmo con la posibilidad de ir a mi cuarto. Sin embargo, de un segundo para otro algo pasa y estalla furioso. Con un único movimiento tira al piso las cosas de la mesa y siento como si arrojara un cubo de pintura negra sobre el dibujo perfecto que hizo mamá en el comedor.
Logro quedarme tranquila recordando lo que hacen mis primos de Chile cuando viene un terremoto: lo más importante es mantener la calma. Cuando mi padre se enloquece lo mejor es quedarme quieta, no hablar y esconderme en el momento justo.
Mi padre señala su pantalón chorreado de café y insulta a mi madre furioso. Como pasa siempre, es toda culpa de ella, porque esta vez “el termo quedó mal cerrado”. Luego le lanza una cachetada a la cara que suaviza a último momento.
—Hoy estoy de buen humor. No me arruines el día. Limpia todo este desastre. Sin mí esta casa es un desastre. Tú prepárate que vas a aprender a andar en bicicleta — me dice enojado. Mi madre hace fuerza para no mirarme, pero sé que tiene los ojos llorosos.
Me voy a mi cuarto y me saco las cascaritas de las rodillas hasta que me sale sangre. Estoy furiosa pero no me duele nada, al menos nada que se note.
A los pocos minutos mi padre me viene a buscar. Saca la bicicleta a la vereda y los niños de la cuadra nos miran desde lejos, por un lado tienen miedo, por otro, están fascinados con mi bicicleta.
Mi padre me ayuda a sentarme. Con una mano sostiene el manillar, y con la otra, me toma del asiento para que no me caiga. Yo hago cualquier cosa con los pedales mientras me trata de explicar con la mayor paciencia posible, mezclando algún insulto, porque si algo le falta a mi padre es paciencia. A los pocos minutos se distrae pidiéndole a mi madre que nos tome una foto. Trato de no mirar a mis amigos, aunque sé que Luisa trata de leerme la mirada y que Miguel y Diego se han ido a la esquina para reírse fuera del dominio de mi padre.
Luego que “aprendo” a pedalear, me dice convencido que hay que pasar al siguiente paso. No creo que mi padre le haya enseñado a alguien a montar en bicicleta en toda su vida. Me hace recorrer toda la cuadra agarrándome del asiento con una sola mano, pero lo hace demasiado lento. Muevo el manillar para los costados tratando de hacer equilibrio e indecisa sobre lo que tengo que hacer para dejarlo satisfecho.
A los pocos metros me estrello contra el cordón de la vereda y me lastimo la misma rodilla que tengo magullada desde hace semanas. Mi padre en vez de consolarme insulta en voz alta y agarra la bicicleta. Regreso rengueando a la puerta de mi casa, y al llegar, me espera mamá con el botiquín preparado.
—Muy bien mi amor. Falta poco —me dice una y otra vez al oído mientras me cura la herida. Mi padre mientras tanto, habla con uno de los pocos vecinos con el que se lleva bien en toda la cuadra.
—¿Qué pasó? —le pregunta Martínez
—Nada. Le estoy enseñando a Carla a andar en bicicleta. Hay que aprovechar que vienen los días lindos.
—¿Pero ella no sabe?
—Carla...no, no. Que va a saber. Vaya a saber uno cuando va a aprender, creo que salió lenta como la madre — dice riendo a nuestro lado, como si fuéramos sus mascotas y no pudiéramos entenderle.
—¿Cómo estuvo el viaje?
—Estuvo bien. Aunque la empresa está haciendo unos cambios y es probable que deje de viajar para trabajar en tierra. Mejor, me va a venir bien estar más tiempo en casa.
Me quedo petrificada y miro a mi madre sin poder creerlo. Ella me sostiene la mirada por un segundo y luego finge que ajusta algo en la cámara de fotos. Me imagino a mi padre viviendo todo el tiempo con nosotros y siento que tengo que escaparme de toda esta locura lo antes posible.
Miro a mi alrededor y veo que mis amigos están en la esquina mirando en nuestra dirección. Tomo la bicicleta, me subo apoyada en el cordón de la vereda y comienzo a pedalear lo más rápido que puedo. Mi padre no llega a decirme nada. A la única que escucho es a mi madre que primero finge sorpresa y me alienta y luego, cuando todo resulta demasiado obvio, me pide tímidamente que vuelva.
Me cuesta acostumbrarme a la nueva bicicleta, la única que conozco es la de Luisa y es mucho más baja. Hace tres semanas que aprendí y todavía tengo el recuerdo de la primera caída. Estoy segura que si ahora me caigo va a ser peor, primero porque voy más rápido y segundo, porque mi orgullo quedaría todo magullado.
Me prometo pedalear lo más rápido que pueda y no detenerme pase lo que pase. Durante el segundo que me animo a mirar hacia atrás veo a mis padres transformarse en dos siluetas y me arrepiento de no poder llevar a mi madre sobre el manillar para escapar juntas a cualquier rincón del mundo. Luego pienso en una solución mejor, tal vez algún día pueda ser yo quien le enseñe a ella a andar en bicicleta.
Daniel Castelo (Uruguay, 1982). Disfrutar de la infancia de sus hijos mientras escribe y conjuga mil verbos más, define una de las etapas más lindas de su vida. Es fanático de las palabras y también de los silencios. Ha participado en talleres, publicado en revistas y antologías, y recibido premios en concursos literarios de Uruguay y del ámbito internacional.
