Mención Concurso Literario Voces del Insomnio 2026
Tengo un sueño que se repite una y otra vez como si fuera un dibujo de Escher. Y, en estas noches largas y oscuras, he decidido escribirlo.
En mi sueño yo ya no era yo. Mi nombre lo había perdido. Ninguno de nosotros tenía nombre, de hecho. Éramos los mineros, nada más. Olía a barro, a polvo, a épocas lejanas, a algo muy antiguo que no supe cómo definir. Me encontraba en un paraje árido, desértico y llevaba una túnica marrón y polvorienta atada al cuerpo, igual que otros compañeros que venían a mi lado. Su textura me recordaba a los sacos de esparto, porque me rascaba la piel. Seguíamos a una carreta vacía tirada por un par de caballos zaínos. Observé, mientras respiraba aire caliente, las largas hileras de carros de ladrillos cocidos a nuestro alrededor. Al mirar hacia arriba, entorné los ojos y mi estómago pareció darse la vuelta: a unos cuantos kilómetros se veía una línea fina que parecía balancearse en el aire ardiente como un hilo de lana colgado del cielo: la famosa torre de Creta, una de las maravillas del mundo, un coloso de barro cocido al sol. A medida que nos acercábamos, la costra oscura que rodeaba esa brizna fue definiéndose como la muralla que rodeaba la ciudad. Un río cercano estaba excavado debido a las extracciones de arcilla para moldear ladrillos. A lo lejos se vislumbraban las Cuevas de Hades, muy características por su forma de calavera.
Cuando me aproximé a las puertas de la ciudad, decoradas con pavos reales azules enmarcados en oro, mis compañeros y yo no podíamos dejar de mirar hacia arriba: la torre era mucho más enorme de lo que imaginaba y llegaba tan alto que se perdía hasta las nubes grisáceas. Era un coloso cilíndrico que ya llevaba dos siglos en construcción. El cuello comenzó a dolerme de mirarla.
—Mineros y constructores, ya sabéis que tenéis que subir para cavar. Seremos los primeros en tocar la bóveda del cielo y llegar al Olimpo —nos dijo un hombre bronceado con aretes de oro en la nariz.
¿Subir para cavar? La cabeza me daba vueltas. Contemplé a los fabricantes de ladrillos y, junto a ellos, a los hombres morenos y enjutos que transportaban las carretas. Escuché que un ladrillo tardaba en subirse hasta la cima meses, por lo que su coste era bien valioso, mucho más que la vida del minero que caía al vacío.
Atravesamos el patio colosal que rodeaba el edificio y contemplé su base cuadrangular. Parecía un templo, un zigurat antiguo que soportaba ese cilindro titánico. En torno a la torre, como serpientes, se enroscaban un par de rampas entrelazadas. Su borde exterior estaba decorado por balaustradas de columnas de barro. ¿Cuánto se tardaría en subir hasta arriba para seguir elevándola más al cielo? La obra ya estaba muy avanzada, pero seguro que aún faltaban meses.
Lo siguiente que recuerdo es que me encontraba subiendo por las rampas de la torre. Eran bastante anchas como para que pasara un minero y un carro de ladrillos al mismo tiempo. Su superficie era polvorienta y estaba marcada por los dos siglos de surcos y pisadas. Las columnas de la balaustrada hacían que el sol entrase a jirones. Sentí el frescor del viento, tan refrescante y no viciado como el aire polvoriento del desierto. Hacia abajo se veía la serpiente negra del río que nos rodeaba. También contemplé las Cuevas de Hades, que, desde allí, parecían calaveras que sonreían burlonas. La ciudad de Creta empezaba a convertirse en un hormiguero laberíntico de calles y edificios apretados a medida que subía y subía. Observé cómo uno de mis compañeros se aferró a uno de los escalones como un tejón. Tenía lágrimas en los ojos y los labios apretados. Otro minero, de pelo negro y rizado me miró y dijo:
—Hay hombres que tienen miedo a las alturas. Se aferran a la tierra y no pueden continuar subiendo. Este lo ha sentido nada más comenzar.
—¿Y tú no tienes miedo? —le pregunté.
—Claro que sí, como todos. Siento un cosquilleo en los pies y en las palmas de las manos —susurró.
—Supongo que no estamos acostumbrados a las alturas —respondí.
—Sí, y una vez en ellas, la locura puede apropiarse de nuestras mentes.
—De algún modo, nosotros siempre estaremos apegados a la tierra. Solo somos humanos, no dioses.
Un viento nos enfrió hasta los tuétanos, como si no fuéramos bienvenidos y nos quisiera derribar. Intuí que sería más fuerte a medida que ascendiéramos.
—El sol se está poniendo. Nunca lo había visto desde esta altura —dijo mi compañero. Y se sentó con las piernas colgando por la balaustrada.
Yo tenía mucho miedo, pero accedí. Las montañas ya estaban a oscuras, pero nosotros estábamos a tal elevación que seguíamos viendo el sol. Creta, que ahora ya sí semejaba un hormiguero, fue engullida por las sombras y estas comenzaron a reptar lentamente como serpientes por la torre. A medida que se acercaban, parecieron galopar como caballos hasta que nos sumimos en el crepúsculo. Me tumbé sobre el vientre y vi cómo los hilos sanguinolentos y violetas de la luz solar se deshacían por ese cielo cobre. De manera gradual, el firmamento comenzó a perder luminosidad, mientras el astro se hundía hasta sumergirse en el Hades. La noche solo era una sombra.
La siguiente imagen de mi sueño ocurre en unas terrazas que rodeaban la torre. Estaban cubiertas de tierra. Los Jardines de Urano, los llamaban. Eran pequeños oasis en un mundo vertical en el que los señores tomaban vino de dátiles y veían a los obreros trabajar. Una de las señoras, ataviada con una túnica verde jade bordada con hilo de oro, tomaba higos y miel con una niña. Esas familias nunca habían pisado la tierra. Siempre habían vivido en las alturas. ¿Cómo podían vivir en un lugar donde, al mirar para abajo casi siempre se veían campos de nubes grises? ¿No echaban en falta la tierra? El verde, el marrón… Aquí solo se veía el etéreo cian del cielo que, a medida que nos elevábamos, se aclaraba más. La bóveda del firmamento sería blanca pura.
Los astros ahora se veían mucho mayores. Echado sobre mi hamaca, observé el primero de ellos, pues ya estábamos a su misma elevación: el ojo brillante de la luna, blanco marfil enmarcado en negro humo, inundaba un cuarto de la superficie del firmamento. Contemplé sus mares grises perla durante lo que me parecieron horas. Qué ínfimo es el ser humano y qué triviales sus asuntos: motas de polvo arrojadas al espacio infinito como sus infinitas lunas de cristal, cobre y oro.
Cuando llegamos a la zona de la torre que estaba a la misma altura del sol, nos dijeron que ahí no iban a construir ninguna vivienda ni terraza para cultivar. Solo la fachada y las rampas para subir. Esta parte del sueño la recuerdo muy vívidamente: las telas que me envolvían estaban empapadas en sudor. Además, mi piel, aunque oscura, estaba quemada y reseca. No podíamos construir apenas, pues el barro se cocía solo. Uno de esos días vi cómo mi compañero se desmayó. A mí no me dejaron acercarme y lo llevaron a las dependencias interiores de la torre, pero el agua a esas alturas era escasa y los señores no iban a desperdiciarla en un operario. Cené una de las cebollas que nos dieron, salada y ya sin su compañía.
También recuerdo la parte en que construíamos encima de la altura del sol. Al mirar el paisaje sentí un pequeño mareo. Ya daba igual mirar arriba o abajo. No se veía el suelo, solo nubes tanto en la parte superior como en la inferior de la torre. La sensación de continuidad había desaparecido y el viento silbaba fuertemente. Me ordenaron que me sentara, pero al cabo de unos minutos me mandaron al trabajo de nuevo. Sentía cómo el cielo me rechazaba y la tierra me negaba lo que anhelaba por haberla abandonado. ¿Serían los primeros síntomas de la locura que atenazaba a muchos de los trabajadores? Cerré los ojos. Respiré hondo para continuar. En aquellas terrazas, las plantas crecían para abajo y algunas estrellas podían verse ya a plena luz del día. Por la noche, contemplé cómo viajaban y se movían. Me quedé extrañado: las estrellas no eran estáticas ni inmutables. También parecían rozadas por el tiempo, quien, por ende, las convertía en mortales.
En unos días llegamos hasta la bóveda del cielo. No me había equivocado: era totalmente blanca y lisa. Allí no olía a ningún aroma y el viento no soplaba. Sentía la sensación de que el mundo se había dado la vuelta. Froté mis manos sudorosas y, después, el pecho desnudo. El corazón me martilleaba. Era un techo sólido, me dije. No podía caerse si estaba conformado por los dioses. Arriba, entonces, se encontraba el Olimpo. Pero, ¿alguien podría vivir allí? ¿Algún humano podría vivir a centímetros de ese cielo sólido? ¿No caeríamos en la locura?
Me fijé en que no era el único que mostraba inquietud ante la bóveda. Además, mis compañeros tardaban bastante en subir, como si ya no quisieran llegar al deseado final. No había rostros alegres. Nuestra propia naturaleza no estaba construida para residir en el cielo. Contemplé el paisaje: el techo blanco del mundo colgaba ante nosotros y se fundía en el horizonte púrpura y lavanda.
Comenzamos a pensar cuál sería la manera de atravesar la bóveda. La toqué con mis dedos. Era lisa y fría, parecía mármol. Los mineros deliberamos que la mejor manera era construir un túnel hacia arriba. Picamos golpe a golpe, trozo a trozo, piedras blancas como nieve. Separamos, de este modo, bloques inmensos. Introducíamos cuñas de madera también para desunirlos, e incluso, comenzamos a cavar una escalera ascendente en el túnel, como si se tratara de un camino dentro de una montaña helada. Al fin escuchamos cómo, al otro lado, sonaba a hueco. Nos faltaba muy poco para llegar al Olimpo.
Al llegar a esa conclusión, escuchamos un ruido, como si mil truenos hubieran estallado y, después, un rugido creciente. Sentí cómo me estremecía de miedo. ¿El cielo se despedazaba? Contemplé cómo las rocas blancas caían sobre los cuerpos de mis compañeros. Los aplastaban. Yo me aferré a la escalera que habíamos creado y subí, subí, subí más alto que ningún hombre. Si tenía que morir, moriría lo más cerca del Olimpo. Sentí mayor vértigo que nunca. Cuando llegué hasta el final de la escalinata, no vi nada. Nada. Es imposible describir lo inefable de aquel lugar sin colores, sin luz, sin oscuridad. Es imposible imaginar la Nada, pero yo la vi con mis ojos. No sentía tampoco el tiempo. Después, lo que recuerdo es que la oscuridad me envolvió por completo. A tientas, palpé una pared húmeda y rocosa. La luz se encontraba al final y me dirigí hacia ella. Por fin llegaría al Olimpo.
Salí de unas cuevas con forma de calavera hasta un lugar árido y desértico. Olía a polvo. A lo lejos, un hilo de barro pendía del cielo y, a su alrededor, una ciudad marrón se encontraba en torno.
La bóveda del cielo se encontraba bajo la tierra.
Y yo despierto para volver a soñarlo.
Bárbara Muñumer (España, 1987). Doctora en Humanidades por la UC3M, autora de Átomos de dioses (Premio Manuel Peyrou, 2024), Los siete reflejos de Blancanieves (2025), Para comerte mejor (2026) y El jardín de las Hespérides (finalista Avant Ciudad de Ceuta). Publica en revistas y dirige el Ciclo de Leyendas y Mitología Española.
