Las mujeres embarazadas como simples incubadoras de carne, máquinas productoras de picadillo humano para una entidad mágica hambrienta sin más rostro que un océano vegetal, la selva. Esta es la premisa que nos presenta Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989) en “El cielo de la selva” (Lava Editorial, 2023), su segunda novela publicada en España. A pesar de que la obra es interesante desde múltiples perspectivas, hoy me quiero enfocar en lo que creo que es su centro temático: la relación entre los hechos de maternar y ser maternadx, desde lo corporal y desde lo espiritual, incluyendo la negativa tanto a lo primero como a lo segundo.
En mi condición de hombre y cisgénero hay una dimensión enorme del tema que no me llevo y creo que eso es inevitable. No tengo útero, no menstrúo, no produzco óvulos y mi cuerpo nunca podrá gestar un feto ni sufrirá jamás el desgaste de un embarazo. Cuanto más podría hacerme una idea de la experiencia real (y eso, teniendo en cuenta que cada experiencia es diferente) mediante apreciación de los embarazos de personas que me han rodeado o, por supuesto, a través de la investigación y la lectura. Hay quien podría decir que, en realidad, no tiene sentido que escriba esto. Yo pienso que, bien marcada la línea desde la que me asomo, se puede tratar el tema con suficiente respeto y con la sensibilidad que merece. Este es mi mejor intento. Ojalá valga la pena.
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Según el discurso clásico, aquel con el que yo crecí, el embarazo no es muy distinto de un producto comercial. Me imagino un video publicitario al más puro estilo consumista:
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Suspiro.
Mi madre había tenido dos partos, uno a los veintiséis y otro a los veintisiete, cuando quedó embarazada de su tercer hijo, a los treinta y ocho años. La gravidez no la trató con la misma bondad. Hubo muchos papeles con sangre, íntimas, trapos, de todo. No me daba asco. Tengo un primo al que la sangre le daba pánico, cada vez que se caía y se rasponaba la rodilla empezaba a gritar. Mi mamá intentaba calmarlo: “Es normal que te salga sangre; si te sale jugo de frutabomba, ahí sí preocúpate”. He de decir que era un argumento más efectivo de lo que se podría pensar, no por su lógica, sino porque dejaba a mi primo bastante confundido.
La naturalidad de la sangre para mi madre, sin embargo, no se extendía a la menstrual. Mi madre siempre se comportaba de forma muy estricta con respecto a su regla, pero a pesar de que su objetivo era lo aséptico, en ocasiones quedaban rastros. Una gotica que salpicó y dejó unas manchitas minúsculas sobre un azulejo, un tinte rojizo en el agua del inodoro... Si se lo comentaba abría mucho los ojos y la boca, soltaba lo que estaba haciendo e iba corriendo a corregir su “error”, y luego me agradecía por haberle avisado, porque a ella no le gustaba “eso”.
Con el tiempo y la decadencia de su agudeza visual, entendí que esa ansiedad súbita que le provocaba podía evitarse si yo mismo me encargaba de limpiar el rastro cuando lo detectaba. Es una política que mantengo y no está restringida a la menstruación, toda cuenta de que los cuerpos humanos son así de “creativos”: sangran, cagan, sudan, mean, vomitan, exudan grasa y en general tienen la capacidad de manchar todo con un sinfín de olores y colores. Me considero una persona limpia y para nada un héroe, tan solo pasé una cierta barrera del guácala. Peor es tener que interactuar con algo sucio que no me permitan limpiar.
Volviendo al tercer embarazo de mi madre, la sangre, la que veía y también aquella de la que solo me enteraba, me tenía preocupado. Mi cultura ginecológica con diez años se resumía a que sangramiento durante el embarazo es igual a aborto espontáneo y más de una vez pensé que hasta ahí había llegado mi hermano no nato. Mi madre tuvo que ser hospitalizada un mes antes de parir por hipertensa y fue un mes en que casi no la vimos.
Además, subió de peso durante la gestación. Pasó de ser una mujer delgadita a ser una “madre gorda clásica”. El proceso fue irreversible, aunque por años creí que eventualmente volvería a lucir como antes. Recuerdo un día en que se despertó con el rostro tan hinchado que mi hermano menor y yo, de nueve y diez años, nos asustamos de su aspecto y le negamos el beso y el abrazo matutinos. Ella luego lloró en el baño, decía que no quería verse así, que cómo ella iba a darle miedo a sus hijitos. Es una de las memorias más tristes que tengo de esa época.
Antes de ese embarazo hubo otro, uno que no se dio. Yo era aún más pequeño y no recuerdo la causa, si se tomó la decisión de interrumpirlo o si mi madre tuvo un aborto espontáneo. Lo que sí recuerdo es que habíamos escogido un nombre en caso de que fuera hembra: Carlota. Mi mamá y yo nos derretíamos de ternura con ese nombre, que venía de la araña protagonista de "La telaraña de Carlota". A veces pienso en mi posible hermana. Una vez le comenté de su corta existencia a mi hermano más pequeño, el del embarazo que narraba antes, y no supo qué decir más que “awwww”. Es lo que se dice cuando no tienes nada que agregar en el asunto, pero hay una criaturita, así sea hipotética, en el potaje: awww.
También recuerdo mi propio asombro al enterarme, años más tarde, de que yo, el primogénito, no había sido fruto del primer embarazo de mi madre, sino del tercero, y de que hubo presiones externas de por medio para llegar a mi concepción. Lo sentí mucho por mi madre, que quería estudiar inglés, ir a la universidad, montar un negocio... y en vez de eso tuvo que ocuparse de un niño y, un año con tres días después, de otro. Tuve sentimientos encontrados, por supuesto. Es complicado llegar a desearle a alguien una cosa que anularía tu propia existencia. Pero me jode, vaya, para decirlo en cubañol, que haya tenido que ser así. (Breve nota al margen: Mi madre llegó a estudiar en la universidad doce años después. Hoy en día estoy atestiguando su florecer como profesional realizada y es hermoso).
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Pienso en el verbo “maternar” y se me ocurren dos caminos semánticos fundamentales. El primero es tomarlo como el hecho de llevar a cabo el embarazo y el parto de manera exitosa, o sea, maternar “desde lo médico”. Esto es algo que, en teoría, puede, ha podido o podrá hacer aproximadamente el cincuenta por ciento de la población mundial, entiéndase, mujeres cis, hombres trans que no hayan atravesado una cirugía genital de reafirmación de género (la famosa bottom surgery) y algunas personas que se identifican fuera de lo binario; en resumen, cualquiera que tenga un útero y sea fértil.
Pero más allá de la mirada obstétrica, podríamos considerar el maternar como una actitud para con personas más jóvenes que incluye, mal y rápido, su cuidado mediante el empleo de recursos propios y el interés por apoyarles en su crecimiento. Desde este punto de vista (que, siendo sincero, es el que más me atrae), surgen otras preguntas como, por ejemplo, si lo maternal está atado a una identidad necesariamente femenina o si puede un hombre/persona no binaria maternar y cuál sería la diferencia entonces con la idea de “paternar”; si se requiere un vínculo familiar, aunque sea de tipo adoptivo, o si es posible maternar a personas fuera de la familia y cuál sería el límite entonces entre ser una figura mentora/amiga y una materna, e incluso si es posible maternar a través del abismo entre especies (hoy en día hay quienes hablan de “perrhijos”). A ninguna de estas preguntas extra se le buscará respuesta en este texto, pero podrían generar un debate interesante.
Estas dos formas mías de entender la maternidad no son excluyentes entre sí y pueden o no solaparse en el tiempo. Existen madres biológicas sin afecto por su descendencia y existen madres adoptivas a las que les sobra esa coletilla. En la novela “El cielo de la selva” hay mujeres que entregan a sus crías como sacrificio para sobrevivir. Y esto abre una pregunta: ¿Qué pasa con las personas que se ven arrastradas a la maternidad? Más aún, ¿qué pasa con aquellas que maternan, en cualquiera de sus acepciones, en una situación límite?
Una situación límite es, por antonomasia, un terreno fuera de los códigos habituales. Lo que no tenemos por moral en nuestra vida cotidiana, aquí puede serlo. Las reglas cambian, se tuercen, es el tópico de civilización contra barbarie, de hasta dónde pueden llegar los seres humanos si...
En lo que quizá no nos detenemos es en el hecho de que, hoy en día, existe mucha gente allá afuera viviendo situaciones límite. Incluso si las han normalizado y han encontrado los mecanismos para sobrevivir a un peligro que pende sobre sus cabezas de forma constante, sigue siendo un playground, cuando menos, Ileno de agujeros. Por mencionar algunas, pensemos en todas las personas que se encuentran en medio de conflictos bélicos, desastres naturales, en condiciones de pobreza extrema, de hambruna, de esclavitud, de violencias locales complejas, entre muchísimas otras.
Las mujeres de “El cielo de la selva” viven entre la pistola de los militares y la cuchilla manchada de cocaína de los narcotraficantes/proxenetas. Cuando la elección es entre morir o ser prostituta, muchas escogen lo segundo. Pero hay algunas, las menos, que intentan escapar y terminan en la selva, donde la cosa es aún peor. (No teman spoilers, no diré nada que no se pueda leer en la sinopsis de contracubierta del libro o en sus primeras páginas.)
La selva de Vilar es enigmática, pero sin dudas mágica y muy poderosa, y está hambrienta de carne de cría humana. Para el personaje plural de Ios niños, este pacto forzado es una cuenta atrás terrorífica desde que nacen hasta el día en que la selva los reclama, a sabiendas de que siempre volverá a tener hambre y, por eso, siempre tiene que haber carne disponible. En otras palabras, hay que seguir engendrando y trayendo al mundo criaturas en un bucle eterno de embarazo-parto-embarazo...
El personaje de Santa es la escogida como fábrica de carne para el apetito inacabable del dios vegetal, una responsabilidad heredada de su madre, el personaje denominado como la vieja o la abuela. Pero Santa no es capaz de maternar desde lo afectivo, su cuerpo y espíritu están bloqueados, están marchitos después de llevar una vida entera pariendo ofrendas que tragan, lloran y, a veces, se enferman y mueren, malogrando nueve meses de desgaste salvaje de su cuerpo-incubadora. Por otro Iado, su hermana Ananda se niega a servir a la selva y, como no podría ser diferente, es castigada y se convierte en una paria a los ojos de su familia, enloquece o, más bien, comienza a ser tratada como una Ioca.
Como complemento está la niña Ifigenia, signada con el hado de su homónima griega, quien es también una muestra de las consecuencias de una maternidad forzada, o más bien, de la renuncia a continuar con el proceso. Ifigenia es una desmaternada y lo asume como blasón, no conoce el amor porque nunca lo ha recibido y es incapaz de darlo, su meta fundamental es la supervivencia y para lograrla ha aprendido de las mujeres de su familia que todo es válido, incluso matar a su sangre. Forzar a (des)maternar(se) puede tener consecuencias impredecibles.
Si bien se trata de una obra de ficción, tal vez Santa y la vieja representan la condensación de tantos embarazos que son vividos de forma obligatoria o por presiones externas, sin que la voluntad de la persona gestante sea el factor decisivo. Santa no solo no siente amor por las crías que pare, sino que tampoco se lamenta por ello. Pienso en los más de 120 países en que el aborto es ilegal o restringido, pero no inaccesible, porque se recurre a métodos clandestinos de alta peligrosidad. Pienso en la trata sexual, en las personas que se dedican a la prostitución, en aquellas que no tienen acceso a un sistema de salud, a métodos anticonceptivos o a la educación sexual. Todas estas dificultades pueden ser catalizadores de situaciones límite alrededor de la salud obstétrica y el devenir de una persona con la maternidad, y todos los días nacen niñxs en medio de ellas. Pienso en las personas huérfanas y en el discurso de víctima que se les cose en el pecho, lo cual muchas veces malogra su rematernización al convertir su pasado en un rencor que cargan toda la vida sin saber por qué, como si no se pudiera ser nunca nada más que una criatura abandonada, y esto lo he visto de cerca.
Mi bisabuela biológica por el Iado de mi madre, una mujer que nunca conocí y cuyo rostro solo existe en mi imaginación, fue casada a los trece años con un español de veintiuno al que le comenzó a parir por allá por 1940. De su entraña sacó seis niñas y niños, y aun así fue en vida, y sigue siendo en muerte, vilipendiada por haber huido de su marido y abandonar a sus criaturas.
¿Cómo podría yo criticar a mi bisabuela, una mujer de niebla, una niña truncada por el vientre, cuando trato de ponerme en sus zapatos y no tengo ni idea de qué haría yo? Ella no maternó a todas sus crías, a algunas las regaló, entre ellas a mi abuela, quien tuvo la suerte de llegar a los brazos de una madre y un padre adoptivos que la amaron. Mi abuela (des)maternada por su progenitora y (re)maternada por la mujer que hoy en día ocupa en mi árbol genealógico oficial el nicho de bisabuela, mientras que la otra fue borrada, olvidada, enterrada por el pecado de negarse a maternar, por luchar contra un mundo que se le opuso siempre y escribió para ella un camino de fatigas y odios desde que abrió los ojos.
Yolanda y Digna, son los nombres de las dos mujeres que comparten la hebra bifurcada del hilo generacional que asciende desde mi nombre y enhebra a todas las madres. Yolanda, la niña tributo, convertida en la vieja o en Santa y devenida luego en la perra. Yolanda la degenerada, la que dejó a los hijos e hijas que nunca quiso parirle a la selva del mundo.
Digna, decidida a no encajar en ningún molde matrimonial. Digna, la luchadora clandestina, la amante de su jefe a quien convirtió en el padre en papeles de su hija. Digna, que no tuvo la gracia de ver su nombre real, Hilda, plasmado en su inscripción de nacimiento y, sin embargo, rebautizó a la niña que la selva le regaló.
“(…) Cuando nombras a una criatura, sea humana o gallina, puerca o yegua, le confieres una identidad, una dignidad, un espacio en el mundo: junto al nombre se regala un tiempo y un derecho a elegir sobre el propio cuerpo (…)” (fragmento de “El cielo de la selva”).
Pero la selva de Vilar al menos retribuía los sacrificios con un par de gallinas, un jabalí, un cachorro de jíbaro. La selva de este mundo encontró un Iugar bueno para la hija de Yolanda, pero a la paridora solo le reservó patadas.
De Santas, viejas, Anandas e Ifigenias está Ileno el mundo. Incluso quienes no viven en situaciones límite existen dentro de un laberinto en el cual el hilo de Ariadna que se ofrece hilvana la estación de la maternidad. Se espera que una persona que nace con útero lo utilice para procrear, da igual si es ese su deseo; lo único que es contemplado como lógico es la entrega de un cuerpo nuevo, carne fresca, una cría más para alimentar la maquinaria brutal de nuestras sociedades.
Mi abuela menciona el nombre de Yolanda y le es ácido en la boca. Sé que la palabra le quema los labios, aunque no recuerda nada de su vida antes de ser dada en adopción, ya que tenía un año cuando ocurrió. Pero Yolanda en su mente significa rechazo, un rechazo que no pudo o no quiso comprender nunca y cuya raíz Ileva clavada en el pecho, debajo de los senos con que dio de lactar a su hijo y a sus dos hijas. Irónicamente, años después, siendo todavía un niño, mi tío, su primogénito, escogió vivir con su abuelo y abuela paternos, escogió ser maternado por alguien más. Mi abuela se echó a una hija en cada hombro, se dejó un trozo del corazón en la casa de sus suegros, se tragó el desaire y se fue a vivir a La Habana.
Hay quien dice que los seres humanos sufrimos un poco menos cuando se nos revela la causa de nuestro dolor. Si existe un “más allá”, si Yolanda y Digna están en él, espero que se lleven bien, que sean como amigas, hermanas, que se hayan tomado de la mano y hayan contemplado a mi abuela envejecer y la hayan visto reír y cocinar el mejor potaje de chícharos del mundo. Y, sobre todo, deseo que el día en que mi abuela ponga un pie allí, el día que entre al cielo (de la selva), pueda abrazarlas a ambas sin rencores y con el corazón limpio. Mientras tanto, aquí abajo, el estómago del mundo ruge su hambre. Nos corresponde, pues, resignarnos a entregarle vidas en cuerpo y espíritu o cerrarle la boca.
A la selva, machete. Aunque sea una mala hierba a la vez.
