Café, óleo y charanga: herencias francesas en la cultura cubana

ISLA PERDIDACUBA MULTICOLORGRETEL QUINTERO ANGULO

Gretel Quintero Angulo

10/22/202619 min read

La Marsellesa

Estrofa I
¡Vamos, hijos de la Patria,
el día de gloria ha llegado!
Contra nosotros de la tiranía,
el sangriento estandarte se ha levantado. (bis)
¿Escuchan en los campos
mugir a esos feroces soldados?
¡Vienen hasta vuestros propios brazos
a degollar a vuestros hijos y a vuestras compañeras!

Estribillo
¡A las armas, ciudadanos!
¡Formen vuestros batallones!
¡Marchen, marchen!
¡Que una sangre impura
sature nuestros surcos!

Estrofa II
¿Qué quiere esta horda de esclavos,
de traidores, de reyes conjurados?
¿Para quién estas innobles cadenas,
estos grilletes preparados desde hace tiempo? (bis)
¡Franceses, para nosotros, ah, qué ultraje!
¡Qué emociones debe provocar!
¡A nosotros se atreven a intentar
regresarnos a la antigua esclavitud!

Estrofa III
¡Cómo! ¡Cohortes extranjeras
dictarían la ley en nuestros hogares!
¡Cómo! ¡Esas falanges mercenarias
derrotarían a nuestros orgullosos guerreros! (bis)
¡Gran Dios! Bajo el yugo republicano
nuestras frentes inclinadas se doblarían,
¡y viles déspotas se convertirían
en los dueños de nuestros destinos!

Estrofa IV
¡Tiemblen, tiranos, y vosotros, pérfidos,
oprobio de todos los partidos!
¡Tiemblen! ¡Vuestros proyectos parricidas
van por fin a recibir su castigo! (bis)
Todos son soldados para combatiros,
si caen nuestros jóvenes héroes,
la tierra produce otros nuevos,
¡listos para luchar contra vosotros!

Estrofa V
Franceses, como guerreros magnánimos,
¡dad o retened vuestros golpes!
Perdonad a esas tristes víctimas
que a su pesar se arman contra nosotros. (bis)
¡Pero no a esos déspotas sanguinarios,
pero no a los cómplices de Bouillé,
todos esos tigres que, sin piedad,
desgarran el seno de su propia madre!

Estrofa VI
Amor sagrado de la Patria,
conduce, sostiene nuestros brazos vengadores.
¡Libertad, Libertad querida,
combate con tus defensores! (bis)
¡Que bajo nuestras banderas la victoria
acuda a tus varoniles acentos,
que tus enemigos moribundos
vean tu triunfo y nuestra gloria!

Estrofa VII (Estrofa de los niños)
Entraremos en la carrera (la vida)
cuando nuestros mayores ya no estén,
allí encontraremos sus cenizas
y el ejemplo de sus virtudes. (bis)
Mucho menos ansiosos de sobrevivirles
que de compartir su tumba,
tendremos el sublime orgullo
de vengarlos o de seguirlos.

Arte, música, literatura; la fundación de ciudades e industrias, las ideas republicanas e independentistas, la inspiración del himno y la simbología nacional... parte de todo esto y aún algunas cosas más le debemos los cubanos a los franceses. Y eso, a pesar de que probablemente los primeros galos que tomaron contacto con la Isla fueron bucaneros o piratas. Uno de estos contactos quedó, de hecho, reflejado en “Espejo de paciencia”, la primera obra literaria escrita en Cuba de la que se tiene noticia. Este poema épico narra el rapto, en 1608, del obispo de Bayamo por el capitán francés Gilberto Girón y su posterior rescate por los bayameses.

De acuerdo con Silvestre de Balboa, autor del poema, Girón era un malvado pirata que raptó al obispo para pedir un rescate. En cambio, según varios historiadores modernos, el obispo y otros bayameses que usaban el contrabando como vía de subsistencia y enriquecimiento, tenían con Girón algunas deudas pendientes, y el objetivo del rapto era presionarlos para que le pagaran. Esta versión se apoya en testimonios y documentos de la época, ya que, si bien los piratas eran ladrones y saqueadores, los bucaneros, en cambio, eran más bien comerciantes —ilegales, pero comerciantes —, quienes a través del contrabando de productos como carne, maíz, casabe, cueros, sebo y miel, suplían las necesidades básicas de muchas poblaciones cubanas que el gobierno español mantenía casi excluidas del comercio formal con la península al estar alejadas de los principales puertos y rutas de navegación entre el nuevo y el viejo mundo.

Pero ya desde medio siglo antes de estos sucesos, las costas cubanas habían sido azotadas por piratas franceses, siendo tristemente memorables los ataques contra ellas del corsario Jacques de Sores, quien en 1554 saqueó Santiago de Cuba, dejándola casi destruida, y en 1555 quemó La Habana luego de haberla tomado y no recibir el rescate que esperaba. Este último hecho impulsó el comienzo de la fortificación de esta villa con la construcción, entre 1558 y 1577, del Castillo de la Fuerza, Patrimonio de la Humanidad desde 1982 y que en la actualidad alberga un museo dedicado a la historia de la navegación y la construcción naval en Cuba. Asimismo, la quema de La Habana por de Sores conllevó a la decisión de dejar de construir en ella con madera, lo que condujo al levantamiento de las primeras edificaciones en piedra que dan su forma a La Habana Vieja de hoy.

La llegada pacífica y masiva de inmigrantes franceses a la Isla, no comenzó hasta finales del siglo XVIII, a través de varias oleadas migratorias que casi siempre coincidían con los grandes movimientos políticos de Francia —la Revolución Haitiana, la caída de Napoleón, la primavera de los pueblos en 1848, la Comuna de París, la primera y segunda Guerras Mundiales —, o de Cuba, pues la revolución cubana de 1959 atrajo también a muchos franceses deseosos de ver y vivir lo que este proceso podía ofrecer. Las huellas de su presencia en Cuba pueden trazarse aún hoy a través del considerable grupo de cubanos con apellidos franceses que es común encontrar, sobre todo, en el oriente de la Isla (Laurent, Leclerc, Villére, Lajonchere, Bacot, La Tardie, La Vallet, Ebusselau, Gaunaurd, Tolón, Verrier, Vaillant, etc.). Algunas fuentes divulgativas indican que alrededor de un millón y un millón y medio de los cubanos actuales podrían tener al menos un ancestro francés, aunque lamentablemente no me fue posible localizar ningún artículo científico que ratifique esta cifra o explique cómo se llegó a ella. No obstante, y como veremos en lo que sigue del texto, la influencia francesa en la cultura y modo de vivir cubanos es algo que va mucho más allá de cualquier dato demográfico.

La llegada de los franceses a la Isla

La primera de las olas migratorias galas ocurrió a raíz de la Revolución de Haití en 1791 y tuvo su pico de máxima afluencia entre 1800 y 1809, cuando, dada la cercanía de este país con el oriente cubano, numerosos colonos franceses, acompañados de sus familias y de cientos de esclavos, fueron asentándose progresivamente en Santiago de Cuba, en las montañas de la Sierra Maestra y de Guantánamo, y aún más al occidente, llegando a ocupar incluso territorios en la Sierra del Rosario. Si bien no se conoce una cifra exacta, se estima que el número de estos inmigrantes superó los 60 000, lo cual vendría a representar en ese momento ceca del 10% de la población de la Isla.

Parte de estos colonos habían nacido en Haití, mientras que otros procedían originalmente de regiones de la Francia continental como Normandía, Bearne, Bretaña, Picardía y Anjou. Como ya se dijo, se asentaron mayormente en las cercanías de Santiago de Cuba, que en ese momento más que una ciudad era tan solo una aldea, y que rápidamente comenzó a desarrollarse gracias al empuje de sus nuevos habitantes, aumentando la actividad comercial de su puerto y mejorando en general su infraestructura.

El caos y destrucción desatados por la revolución haitiana dio a Cuba la posibilidad de ocupar su lugar en la producción de mercancías muy cotizadas en el mercado europeo como el azúcar, el café, el cacao y el tabaco. Demanda esta que se pudo cubrir en parte gracias a la experiencia de los inmigrantes franceses en esos rubros. Sobre todo en lo que concierne al café, eran los cultivadores de Haití quienes más conocimiento y resultados tenían en su cultivo e industria hasta ese momento, y fueron ellos quienes desarrollaron su producción en Cuba. En 1804 más de tres mil hombres se dedicaban al cultivo del café en el oriente cubano, y para 1807 el café era nuestro primer producto de exportación.

El inicio de la guerra que entre 1807 y 1814 enfrentó a España contra el Imperio Napoleónico, condujo a la expulsión de la Isla de los residentes franceses, la mayoría de los cuales se trasladaron a Luisiana, quedando solo aquellos que se habían nacionalizado españoles. No obstante, muchos regresaron a Cuba una vez finalizado el conflicto. A ellos se unirían otros provenientes del viejo continente, especialmente entre 1818 y 1835, intervalo en el que se produjo una nueva oleada migratoria, esta vez, promovida por el gobierno de la Isla con el objetivo de incrementar la proporción de personas blancas en Cuba.

Aunque con altibajos en su número, los franceses se mantuvieron llegando y asentándose en Cuba durante el resto del siglo XIX y principios del XX. Si bien se ocupaban principalmente en la agricultura, su actividad económica y profesional no se limitó al cultivo del café, sino que se expandió a otros productos, como el azúcar y el ron, y a otras ramas, como la minería, la ingeniería, la arquitectura, las ciencias naturales y el arte. Pero vayamos con calma, pues el legado francés en cada una de estas áreas tiene su propia historia y merece un espacio aparte.

La cultura del café

Aunque las primeras semillas de café llegaron a Cuba en 1748 y fueron plantadas en una finca propiedad de don José Gelabert, en las cercanías del pueblo del Wajay, en la provincia de La Habana, ya se mencionó que fueron los emigrantes franceses quienes consolidaron su producción en la Isla. Pero el impacto del establecimiento de la industria cafetalera cubana no fue solo económico. Con el arribo de los colonos franceses, las montañas orientales comenzaron a llenarse de cafetales que no eran simples plantaciones, sino que incluían la casa del dueño y su familia, decenas de personas esclavizadas, y toda la estructura necesaria para el proceso de producción y la vida de quienes trabajaban en él. Los emigrantes galos más acomodados, además de su experiencia en la agricultura y sus tecnologías más modernas, traían sus ropas y joyas de Francia y, en general, todo lo necesario para amueblar sus casas, incluyendo lujos y exquisiteces que hasta entonces no eran habituales en la Isla. Trajeron también sus libros y su espíritu ilustrado, y con ellos muchas de las ideas que circulaban y se discutían por aquella época en Europa.

El éxito de los cafetaleros franceses les brindó un prestigio y relevancia social, que se sumaba al halo de sofisticación y modernidad que, a los ojos del mundo y de los cubanos, ya envolvía a su modo de vida. No es de extrañar entonces que, primero entre las familias acomodadas criollas, luego entre la población en general, se adoptaran varias de sus costumbres. En relación con el café, todo parece indicar que hubo tres que configuraron la forma en que hoy los cubanos nos relacionamos con esta bebida.

En la época de la primera ola migratoria gala, los criollos cubanos seguían la tradición española de desayunar chocolate espeso. Sin embargo, ver a la élite francesa consumir café en las mañanas —solían tomarlo cargado y puro para activar el cuerpo antes de supervisar las faenas agrícolas de las plantaciones —, convirtió a este hábito en un símbolo de estatus y modernidad que los cubanos comenzaron a imitar.

Por otra parte, inspirados en los famosos cafés de París, los franceses habían convertido el acto de beber café en un agasajo social de sobremesa. Se servía en vajillas de porcelana fina traídas de Europa tras las cenas, acompañado de licores, y funcionaba como el dinamizador de debates sobre literatura, política y filosofía, lo que funcionó como refuerzo del vínculo entre el café y la distinción social, una asociación de esta bebida a la actividad intelectual y el estatus que, por cierto, persiste hoy en casi todo el mundo.

Además, a diferencia de la costumbre de hervir el grano directamente en el agua (estilo turco), los franceses ya usaban filtros de tela o lienzo para colar el polvo fino. Esto permitía obtener una bebida limpia, translúcida y mucho más aromática.

El colador de tela francés se transformó en la clásica "manga" de tela cubana colgada de un armazón de alambre o madera; un utensilio rústico pero efectivo que democratizó la bebida en cada hogar de la Isla. Y así, lo que empezó en los lujosos salones de los inmigrantes franceses se extendió a los barracones de esclavos y a las cocinas de los criollos e inmigrantes de las clases populares. El café francés, concebido para la tertulia refinada, se transformó en la bebida matutina imprescindible para arrancar el día, en el pretexto obligado para una buena sobremesa y, fundamentalmente, en el acto de bienvenida para cualquier visitante que llegue a una casa, una tradición que se mantiene todavía. Eso sí, nada de solo o amargo: profusamente endulzado con el azúcar cuya producción los inmigrantes franceses también ayudaron a aumentar.

La música

Pero si importantes fueron los franceses en la popularización del consumo de café en Cuba, trascendental fue también su influencia para nuestra música. En el siglo XVIII, el trío francés —compuesto por violín, flauta y arpa— arribó a la Isla para amenizar las reuniones sociales de los colonos ricos. Integrados en un inicio por músicos del continente, sus patrones no tardaron en notar la gran sensibilidad musical de muchos esclavos, quienes aprendían con facilidad a tocar estos complejos instrumentos y cuya manutención resultaba mucho más barata. Estoy segura de que los esclavistas de la época nunca imaginaron que, al delegar en sus esclavos la labor de producir la música de sus fiestas, les estaban abriendo un camino hacia el empoderamiento, al poner en sus manos, literalmente, parte de las herramientas y los espacios de expresión que darían comienzo a una de las tradiciones musicales más ricas e influyentes de los últimos dos siglos.

La evolución de estas agrupaciones y su fusión con otras variantes de la música europea y africana daría con el tiempo lo que se conoció como "charanga francesa", haciendo el adjetivo referencia no a algo llegado desde el continente, sino surgido a partir de la presencia de los criollos haitianos que trajeron consigo la contradanza, género bailable que se interpretaba con este formato. La configuración de la charanga buscaba lograr un equilibrio entre la melodía (guiada por la flauta y los violines) y el ritmo (marcado por los timbales y las congas). Dicha estructura constituye el origen de la orquesta clásica cubana del danzón, la cual continuaría dialogando con las tradiciones musicales que se fueron encontrando en la Isla, hasta derivar, décadas más tarde, en decenas de ritmos surgidos de las combinaciones más inesperadas entre las tradiciones musicales africanas y europeas: el chachachá, el mambo, el jazz latino, la timba, y un largo y melodioso etcétera.

Particular importancia tuvo en este proceso la llamada Tumba Francesa. Mientras la aristocracia criolla intentaba importar la música europea a sus salones, en los cafetales del oriente de la Isla, los esclavos de origen dahomeyano y arará que llegaron con los colonos franceses desde Haití, comenzaron a combinar su tradición percusionista con una imitación satírica de los bailes de salón, creando así esta expresión artística. Organizados en sociedades de socorro mutuo como La Caridad de Oriente en Santiago de Cuba y la Pompadour en Guantánamo, los practicantes de la Tumba Francesa recreaban de forma irónica las asambleas aristocráticas, vistiendo trajes de época con encajes, sedas y pañuelos, guiados por la figura del "Gobernador" o la "Mayorala".

La Tumba Francesa sobrevivió al tiempo como un símbolo indomable de resistencia cultural y sincretismo, lo que le valió ser declarada por la UNESCO en 2003 como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Los tres tambores principales que componen su formato (el premier o manma, el bulá y el segón), tallados directamente en troncos de madera y tocados con las manos, son los antepasados directos de las congas (tumbadoras) modernas. De hecho, el tambor premier cumple exactamente la misma función de improvisación y guía que ejecuta el "quinto" en la rumba y en las congas santiagueras contemporáneas. Asimismo, el repique del catá —un madero ahuecado que se golpea con dos palos— introdujo la célula rítmica que sirvió de base para estructurar la clave del son cubano. Hoy en día, el vigor y los patrones de sus toques siguen siendo una fuente constante de inspiración para los arreglos de percusión menor en las orquestas de jazz afrocubano, de salsa y de timba contemporáneas.

Las bellas artes y la ingeniería civil

Tras el impacto demográfico inicial en los campos orientales, los migrantes franceses comenzaron a modificar el paisaje urbano de Cuba mediante el establecimiento de asentamientos planificados. El 5 de mayo de 1803, por ejemplo, fundaron la comunidad de Madruga en el territorio de La Habana. Años más tarde, el 8 de marzo de 1828, nació San Juan de Dios de Cárdenas en Matanzas. Sin embargo, el caso más emblemático ocurrió el 20 de abril de 1819 con la creación de la Fernandina de Jagua, la actual ciudad de Cienfuegos. Diseñada bajo la dirección de Don Luis De Clouet y Favrot, Cienfuegos rompió de forma radical con la fisonomía orgánica e irregular de las urbes españolas anteriores. Hay en su trazado regular un reflejo del racionalismo ilustrado: una cuadrícula perfecta, con amplias avenidas y manzanas rectilíneas que expresan de manera física el concepto de orden, simetría y elegancia de la cultura francesa.

Esta visión de progreso relacionada con la arquitectura y la ingeniería se expandió por toda la Isla a través de la obra de profesionales franceses que contribuyeron a transformar su infraestructura, mejorando los caminos y las rutas comerciales, e introduciendo el estilo neoclásico en edificios privados y públicos. A Jules Sagebien (1796-1867) se atribuye la primera construcción de gran envergadura de este tipo en Cuba, el edificio de la Aduana de Matanzas, erigido en 1818, y también a él se deben el levantamiento del icónico puente sobre el Yumurí, también es esta ciudad, y de la línea férrea que unió, en 1844, a Santiago de Cuba y el Cobre sorteando la accidentada topografía de la Sierra Maestra.

La consolidación de la estética neoclásica y la transición del espacio arquitectónico hacia el lienzo tuvo su máxima expresión en El Templete de La Habana, un monumento neoclásico construido para conmemorar la fundación de la villa, que resguarda en su interior tres pinturas —La primera misa, El primer cabildo y la escena de la inauguración del propio monumento— del pintor francés Jean-Baptiste Vermay (1786-1833).

Vermay, quien fuera discípulo en París del célebre pintor neoclásico de la Revolución Francesa, Jacques-Louis David, llegó a Cuba con un dominio técnico riguroso de la luz y la perspectiva académica. Este pintor no solo plasmó los mitos fundacionales de la ciudad con una solemnidad teatral y una composición impecable, sino que retrató fielmente a los personajes de la época, desde las máximas autoridades coloniales hasta los criollos locales, convirtiendo estas tres obras en una especie de actas de nacimiento visuales de la identidad habanera. Pero su influencia artística no se limitó a las obras que guarda El Templete, en 1818 Vermay se convirtió en el primer director de la que años más tarde sería rebautizada como Academia de San Alejandro, la primera —y hasta hoy la más importante — academia de bellas artes de Cuba, modelando la formación de las futuras generaciones de pintores cubanos.

Junto a Vermay otros pintores franceses, como Frédéric Mialhe (1810—1881) y Édouard Laplante (1818—1860) , fueron quienes enseñaron a Cuba a mirarse, a recordarse y a plasmarse a través del óleo y el dibujo. Si Vermay pintó la solemnidad histórica y la academia, Mialhe se centró en la cotidianidad, convirtiéndose, a través de sus series de litografías, en el cronista visual de la Cuba del siglo XIX. En sus obras plasmó paisajes tanto rurales como urbanos, y especialmente, la forma en que la vida y sus actores se desenvolvían en ellos. Sus dibujos no solo definieron el imaginario visual de Cuba, sino que sentaron las pautas de representación gráfica que se utilizaron a nivel internacional para ilustrar la vida cotidiana del siglo XIX en toda América Latina.

Édouard Laplante, por su parte, prestó especial atención a las plantaciones azucareras y a los espacios donde se articulaba la economía colonial. A través de sus series de litografías, como Isla de Cuba Pintoresca (1856) y Los ingenios de la Isla de Cuba (1857), plasmó panorámicas de ciudades, puertos, campos y complejos azucareros con un notable rigor en el detalle y la perspectiva. Sus imágenes no solo documentaron la geografía y la arquitectura cubanas, sino también las estructuras sociales y productivas de su tiempo, incluida la realidad de la esclavitud. De este modo, su obra constituye un testimonio visual fundamental para comprender la Cuba del siglo XIX y la manera en que el paisaje insular quedó representado y difundido más allá de sus fronteras.

La Ilustración en el caribe: filosofía, literatura e idioma francés

Durante el siglo XVIII, el contrabando y las bibliotecas privadas facilitaron la lectura clandestina de los enciclopedistas franceses en la Isla. Hacia los inicios de la centuria decimonónica, las ideas de Jean-Jacques Rousseau (particularmente su concepto del pacto social) y de Montesquieu (y la división de poderes) se convirtieron en las bases filosóficas fundamentales para que los padres de la intelectualidad cubana comenzaran a concebir una nación moderna. Más tarde, a mediados del siglo XIX, la llegada del positivismo del filósofo Auguste Comte moldearía de manera determinante los métodos de enseñanza y el rigor científico en las aulas insulares.

Esta asimilación filosófica estuvo acompañada por un fenómeno lingüístico y literario que se ha mantenido vivo a lo largo del tiempo. Históricamente, el dominio del idioma francés en los colegios particulares y a través de tutores a domicilio se transformó en un indiscutible símbolo de distinción y refinamiento social. Lejos de quedar en el pasado, el interés por la lengua de Víctor Hugo sigue siendo inmensamente popular en la Cuba de hoy. En épocas más recientes, este idioma se ha estudiado con gran fuerza a través de las distintas sedes de la Alianza Francesa en Cuba —una institución de enorme prestigio en el panorama cultural del país—, así como en diversas escuelas públicas de idiomas. Este lazo idiomático se complementa con una profunda fascinación por la literatura y el cine francés, cuyas muestras, festivales y proyecciones periódicas en los cines cubanos consolidó una complicidad artística que desafía el paso de los siglos.

Pero volviendo al siglo XIX, no podemos olvidar que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad emanados de la Revolución Francesa dotaron a los independentistas cubanos de un ropaje verbal y romántico que dignificaba el honor de defender a la patria en el campo de batalla frente al gobierno colonial. Este lazo con el imaginario republicano francés quedó grabado a perpetuidad en los propios símbolos patrios de la nación cubana. Por ejemplo, en el gorro frigio de color rojo de nuestro escudo nacional, en el triángulo equilátero y en los colores de la bandera y, de forma bastante literal, en el himno de Cuba.

En agosto de 1867, durante una reunión clandestina en la ciudad de Bayamo para organizar el levantamiento armado contra el Imperio español, los líderes Francisco Vicente Aguilera y Francisco Maceo Osorio le encomendaron al abogado y músico Pedro "Perucho" Figueredo la composición de una marcha guerrera. La orden fue explícita y directa: necesitaban una obra que «fuese como La Marsellesa de los revolucionarios cubanos». Figueredo compuso esa misma noche la música de La Bayamesa, una marcha militar claramente inspirada en el modelo francés, cuya interpretación durante la toma de Bayamo por tropas insurrectas el 20 de octubre de 1868 consagró como himno nacional de Cuba. Pero no solo su música recuerda al himno galo, su letra, aparentemente compuesta por Isabel Vázquez, esposa de Figueredo, en marzo de 1868, es una exhortación a los cubanos a honrar a su patria en el campo de batalla. Al final del artículo he puesto las letras de ambos himnos (hacer hipervínculo aquí), La Marsellesa con su traducción; La Bayamesa con sus seis estrofas originales, las dos que cantamos aún y las cuatro eliminadas por hacer referencia directa al conflicto cubano-español. Abro aquí la invitación a leerlas y apreciar sus similitudes poéticas e ideológicas de primera mano.

Cuba y Francia, un viaje de ida y vuelta

Más allá de las costumbres traídas a la isla por los inmigrantes franceses y sus escalvos, la fascinación entre ambas culturas, la cubana y la gala, ha generado puentes entre las dos tierras en ambas direcciones. Muchos han sido los cubanos relevantes que se educaron, vivieron, o desarrollaron parte de su carrera en Francia (entre ellos el médico Carlos J. Finlay, el pintor Wilfredo Lam, los dos Heredia poetas y su primo Severiano, mulato habanero que hizo historia al ser elegido presidente del Consejo Municipal de París el 1 de junio de 1879 , siendo la primera persona de ascendecia afroamericana en ocupar este puesto). Asímismo, muchos franceses ilustres han pasado por la isla dejando en ella su impronta y sus leyendas, entre ellos el duque Luis Felipe de Orleans en 1798, quien décadas más tarde se convertiría en rey, y Francisco Antommarchi, último médico de cabecera de Napoleón Bonaparte, quien vivió y ejerció la medicina en Santiago de Cuba hasta su fallecimiento en 1838.

Pero la lista es larga y he preferido centrarme en la contribución colectiva y muchas veces anónima de esas personas que, sin aparecer en titulares ni crónicas, modificaron nuestras costumbres y contribuyeron con su presencia a la conformación de Cuba. La inmigración francesa no creó la cultura cubana, por supuesto, pero contribuyó a transformarla profundamente mediante su interacción con las tradiciones española, africana e indoamericana (link a los tres artículos) que ya existían en la Isla. Y si alguna conclusión se puede sacar de lo que he escrito, y de lo que he aprendido mientras lo hacía, es que quizás los cubanos tenemos más de los galos de lo que solemos pensar, lo que pasa, al igual que con nuestra herencia asiática (link aquí al otro artículo) es que la tenemos ya tan integrada que nos centramos más en vivirla y disfrutarla, que en pararnos a pensar de dónde viene.

La Bayamesa

Estrofa I
¡Al combate corred, bayameses,
que la patria os contempla orgullosa;
no temáis una muerte gloriosa,
que morir por la patria es vivir!

Estrofa II
En cadenas vivir es vivir
en afrenta y oprobio sumido.
Del clarín escuchad el sonido;
¡a las armas, valientes, corred!

Estrofa III (eliminada)
No temáis; los feroces íberos
son cobardes cual todo tirano
no resisten al bravo cubano;
para siempre su imperio cayó.

Estrofa IV (eliminada)
¡Cuba libre! Ya España murió,
su poder y su orgullo ¿do es ido?
¡Del clarín escuchad el sonido
¡¡a las armas!!, valientes, corred!

Estrofa V (eliminada)
Contemplad nuestras huestes triunfantes
contempladlos a ellos caídos,
por cobardes huyeron vencidos:
¡por valientes, sabemos triunfar!

Estrofa VI (eliminada)
¡Cuba libre! podemos gritar
del cañón al terrible estampido.
¡Del clarín escuchad el sonido,
¡¡a las armas!!, valientes, corred!

La Marseillaise

Couplet I
Allons enfants de la Patrie,
Le jour de gloire est arrivé !
Contre nous de la tyrannie,
L'étendard sanglant est levé, (bis)
Entendez-vous dans les campagnes
Mugir ces féroces soldats ?
Ils viennent jusque dans vos bras
Égorger vos fils, vos compagnes !

Refrain
Aux armes, citoyens,
Formez vos bataillons,
Marchez, marchez !
Qu'un sang impur
Abreuve nos sillons !

Couplet II
Que veut cette horde d'esclaves,
De traîtres, de rois conjurés ?
Pour qui ces ignobles entraves,
Ces fers dès longtemps préparés ? (bis)
Français, pour nous, ah ! quel outrage !
Quels transports il doit exciter !
C'est nous qu'on ose méditer
De rendre à l'antique esclavage !

Couplet III
Quoi ! des cohortes étrangères
Feraient la loi dans nos foyers !
Quoi ! ces phalanges mercenaires
Terrasseraient nos fiers guerriers ! (bis)
Grand Dieu ! d'un joug républicain
Nos fronts courbés se ploieraient,
De vils despotes deviendraient
Les maîtres de nos destinées !

Couplet IV
Tremblez, tyrans et vous perfides
L'opprobre de tous les partis,
Tremblez ! vos projets parricides
Vont enfin recevoir leurs prix ! (bis)
Tout est soldat pour vous combattre,
S'ils tombent, nos jeunes héros,
La terre en produit de nouveaux,
Contre vous tout prêts à se battre !

Couplet V
Français, en guerriers magnanimes,
Portez ou retenez vos coups !
Épargnez ces tristes victimes,
À regret s'armant contre nous. (bis)
Mais ces despotes sanguinaires,
Mais les complices de Bouillé,
Tous ces tigres qui, sans pitié,
Déchirent le sein de leur mère !

Couplet VI
Amour sacré de la Patrie,
Conduis, soutiens nos bras vengeurs
Liberté, Liberté chérie,
Combats avec tes défenseurs ! (bis)
Sous nos drapeaux que la victoire
Accoure à tes mâles accents,
Que tes ennemis expirants
Voient ton triomphe et notre gloire !

Couplet VII (Couplet des enfants)
Nous entrerons dans la carrière
Quand nos aînés n'y seront plus,
Nous y trouverons leur poussière
Et l'exemple de leurs vertus (bis)
Bien moins jaloux de leur survivre
Que de partager leur cercueil,
Nous aurons le sublime orgueil
De les venger ou de les suivre.

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